‘Este pobre hombre’: Cartas de 10 y 15 abril de 1580

«Pues creedme que lo que, como he dicho, más se apega […] son los deudos y más malo de desapegar» (C 9, 5). Teresa advertía así a sus hermanas carmelitas sobre lo difícil que resulta evitar que los familiares interfieran en la vida de las monjas. Ella lo experimentó en primera persona. Sus parientes siempre buscaron en ella ayuda de todo tipo. Echaron mano de la monja abulense como guía espiritual o como conciliadora familiar. También la requirieron para medrar económicamente, al amparo de sus muchas influencias. Y no pocas veces, le encomendaron que resolviera problemas prácticos, esos que tanto abundaron en el seno de la familia Cepeda-Ahumada a lo largo de los años.

El 10 de abril de 1580, desde Toledo, escribe Teresa de Jesús a su hermano Lorenzo de Cepeda. Hasta el convento, ha llegado otro de los hermanos (Pedro de Ahumada), que se ha presentado huyendo de Lorenzo. Está trastornado, “loco”, dice ella.

Lorenzo, Pedro y otro de los hermanos: Jerónimo de Cepeda, habían partido juntos a América en septiembre de 1540, bajo las órdenes de Cristóbal Vaca de Castro. No tuvieron los tres la misma fortuna. Lorenzo fue quien consiguió mejor posición, convirtiéndose en un rico encomendero. Los tres emprenderán también juntos su regreso a España en 1575, aunque Jerónimo moriría durante el trayecto, en Panamá. Pedro, que había enviudado en las Indias, queda a la sombra de su hermano Lorenzo, que se encarga de mantenerlo y velar por él. Su salud psíquica está muy resentida: «Terrible cosa es este humor, que hace mal a sí y a todos».

Pedro se convierte en una dura carga para Lorenzo. A veces, en una pesadilla. Vive con él, pero le ocasiona innumerables problemas. Finalmente, Pedro se escapa y se refugia en Toledo, buscando la protección de su hermana Teresa.

Este es el contexto de las cartas que comentamos. Su hermano Pedro se ha presentado en el Carmelo de Toledo con la idea peregrina de marcharse por su cuenta a Sevilla y, quién sabe si, desde allí, regresar a las Indias. Su hermana, embargada por la pena y la preocupación, lo califica de “cuitado”, “pobre hombre”. Lleva tiempo inquieta por él, consciente de que su enfermedad podría llevarle a cometer alguna locura («he traído harto temor de algún desmán»). Según Teresa, el trastorno de Pedro parece que le lleva a una especial fijación por su hermano Lorenzo, algo que ella ha consultado con personas entendidas y sabe que es posible que se dé: «cuanto en este punto de estar con vuestra merced, él está loco, aunque no lo esté en otras cosas, que yo sé de letrados que puede esto muy bien ser».

Ante todo, le pide que no lo tenga consigo: «suplico a vuestra merced, por amor de nuestro Señor, me la haga a mí de no tornarle más a su casa, por ruego que haya y necesidad en que se vea, para que yo esté con sosiego». Se trataría de que viviera con algún pariente, aunque sea Lorenzo el que le pase una cantidad anual para mantenerse.

Pedro vivía con su hermano en la finca que este había adquirido cerca de Ávila. Dos años antes, Teresa la describía así a la priora de Sevilla, María de San José: «Mi hermano ha comprado a La Serna, que es un término redondo que está cerca de Ávila, muy buena cosa, de hierba y pan de renta y monte» (Toledo, 13 octubre 1576).

Resulta curioso cómo Teresa se involucra incluso en temas del funcionamiento de esta finca, aconsejando a su hermano no solo su compra inicial, sino cómo organizar mejor la vivienda:

«Me parece mucha baraúnda estar en casa los mozos del arada. Si hiciese vuestra merced alguna casilla adonde se estuviesen, sería quitar gran ruido de casa. Mas ¿cómo no atajó la cocina como concertamos?¡Qué parlar hago! Ya veo que sabe cada uno más en su casa…».

A Pedro, sin embargo, parece que no le sienta bien el campo, y el ambiente solitario agrava su neurastenia. Con todo, Teresa cree que no ha huido solo por eso, ni por hacerse insostenible la convivencia con su hermano. La razón es el carácter inestable y depresivo de Pedro: «Y ni tiene culpa La Serna (que antes que hubiese memoria de ir a ella quería hacer lo mismo)». Teresa tiembla ante lo absurdo del viaje que proyecta: «un día del sol del camino le matará —y ya venía con dolor de cabeza— y allá no tiene más remedio de gastar los dineros y pedir por Dios».  Ella ha procurado «hacerle esperar» hasta tener noticias de Lorenzo. Pero pasan los días, y la respuesta no llega. Así que, impaciente —porque, además, la Madre necesita viajar a Segovia en breve— vuelve a escribir cinco días más tarde, insistiendo en lo grave de la situación. Pedro le había propuesto una solución que Teresa no la acepta: que se le dé cobijo en un monasterio de descalzos. Explica el porqué de su negativa:

«Lo que vuestra merced decía de estarse en un monasterio de los nuestros, ya me lo ha él dicho; mas ningún camino lleva, porque no se hace tener seglares ni las comidas que le darán serán de sufrir. Aun ahora, como no le dan la carne manida y cocida en el mesón, no lo puede comer».

Pedro no es fácil de contentar en el tema de las comidas, un aspecto sobre el que, en los conventos, había normas estrictas. Teresa menciona la “carne manida”. Covarrubias explica, en su diccionario, en qué consiste: se trata de prepararla “de un día para otro, para que se ponga tierna”. Teresa, que está preocupada por su salud («debe estar muy afligido, según está de flaco») sufre porque, «con un pastel se pasa». El mismo Covarrubias, en la definición de “pastel”, lo presenta como comida alternativa: «es como una empanadilla hojaldrada, que tiene dentro carne picada o pistada… Es refugio de los que no pueden hacer olla y socorre muchas necesidades».

Teresa, con estas dos cartas, intenta mover interiormente a Lorenzo. Para ello, echa mano de argumentos afectivos, morales e incluso teológicos: «Créame que, a quien Dios hace las mercedes que a vuestra merced, que quiere haga por El cosas grandes, que harto es esta», «…yo le digo que, si se muere por ese camino, que no acabe vuestra merced, según su condición, de llorarlo, y aun quizá Dios de apretarlo».

Lejos estaba ella de sospechar que, dos meses más tarde, el 26 de junio, su hermano Lorenzo fallecería. En su testamento, firmado el 28 julio de 1578, había tenido bien presente la situación de su infeliz hermano y procuró dejarlo bien cubierto:

«ítem, mando que se den a Pedro de Ahumada, mi hermano, por su vida, cada año quinientos reales para su sustento; y si se casare Francisco, mi hijo, y le quisiere tener en su casa e darle de comer, no le dará más de doscientos reales para que se vista cada año. E más mando al dicho Pedro de Ahumada todas las ropas de mi vestir, excepto las dos ropas aforradas, que estas se han de vender con lo demás que se hubiere que vender; y demás de los dichos quinientos reales, se le darán seis fanegas de trigo cada año» (BMC VIII, pp. 407-408).

Pedro de Ahumada le sobreviviría nueve años.

Puedes leer las dos cartas en este enlace:

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