‘Él es cabal en mis ojos’: carta de 12 mayo 1575

Teresa de Jesús se escribía asiduamente con las prioras de sus monasterios. Era un modo de mantener los vínculos con todas las comunidades que iba fundando, establecer criterios comunes, solventar dificultades… En esta ocasión, presentamos una carta dirigida a Isabel de Santo Domingo, priora del Carmelo de Segovia. Es la única que se ha conservado de las muchas que, seguramente, le escribió. A quienes este nombre no les resulte familiar, quizá baste recordarles que fue la priora que tuvo que lidiar con la princesa de Éboli, cuando, al enviudar, en un arrebato de locura, decidió meterse monja en el Carmelo que ella había patrocinado en sus dominios de Pastrana. A Isabel de Santo Domingo se debe aquella célebre frase: «¿La princesa monja? Yo doy la casa por deshecha». Como así sucedió. Precisamente el Carmelo de Segovia se fundaría para albergar a las monjas “huidas” de Pastrana. Isabel, nombrada priora “la propia tarde que llegó”—en palabras de Lanuza, su biógrafo— un lunes santo de 1574, estaría al frente de la comunidad segoviana hasta el año 1588, en que salió para fundar el Carmelo de Zaragoza.

Teresa de Jesús escribe la carta desde Beas de Segura (Jaén), donde, el 24 de febrero de 1575 ha fundado su décimo palomar bajo el nombre de San José del Salvador.

Lo primero que percibimos, tras el saludo inicial, es algo muy común en las cartas dirigidas a sus amigas más cercanas: la afirmación de lo importante que es para la Madre que le escriban, y que la carta sea extensa. Con frecuencia, Teresa se sentirá agobiada por el cúmulo de correspondencia (a la que califica como “tormento” o “barahúnda”), pero, si el remitente era una persona amiga, se complace en recibir largas misivas. La Santa sabe pulsar muy bien la cuerda del afecto, cuando le dice para agradarla: «han llegado acá cartas suyas, que no las deseaba poco, y en esto veo que la quiero más que a otras muy parientas; y siempre me parece escribe corto».

Enseguida, encontramos, entre expresiones de alegría, la figura de Jerónimo Gracián: «Ha estado aquí más de veinte días el padre nuestro Gracián». Isabel de Santo Domingo lo conocía bien, incluso jugó un papel importante en la vocación del joven carmelita. Sucedió que, yendo Gracián al convento de Pastrana a pedir el hábito para una joven, fue recibido por la priora, Isabel, quien, al conocerlo, «diole grandísima gana de que entrase en la Orden, y díjolo a las hermanas, que mirasen lo que les importaba, porque entonces había muy pocos o casi ninguno semejante, y que todas pidiesen a nuestro Señor que no le dejase ir, sino que tomase el hábito» (F 23,7).

Sus oraciones, a las que se unieron también las de Teresa, consiguieron vencer las dudas y resistencias de Gracián que, finalmente, entraría en el noviciado de Pastrana. De nuevo, Isabel sería para él un gran apoyo en sus primeros pasos, y se establecería entre ambos una relación de gran hermandad. Así lo expresa él mismo en la Peregrinación de Anastasio:

«Dióme Dios por consuelo a la madre Isabel de Santo Domingo. que entonces era priora de las Carmelitas Descalzas de allí, y después fundadora de las de Segovia y Zaragoza, que en hablándola y contando mis tentaciones y pensamientos, aunque no me dijese nada más que oírme, huían luego los nublados de mi corazón y se serenaba el cielo de mi espíritu, y salía el sol y la luz de alegría acostumbrada»[1].

Teresa de Jesús, antes de llegar a Beas, conocía a Jerónimo Gracián únicamente por referencias y por diversas cartas que se habían intercambiado para comunicarse asuntos de la Orden.

La fundación de Beas fue una ocasión propicia para el encuentro personal entre Teresa y Gracián, que venía de Sevilla, camino de Madrid. La Santa comparte con Isabel de Santo Domingo el impacto producido en ella: «¡Oh madre mía, ¡cómo la he deseado conmigo estos días! Sepa que a mi parecer han sido los mejores de mi vida, sin encarecimiento». Y, al mismo tiempo, expresa el gran impacto que Gracián produjo en ella: «Yo le digo que, con cuanto le trato, no he entendido el valor de este hombre. Él es cabal en mis ojos, y para nosotras mejor que lo supiéramos pedir a Dios. Lo que ahora ha de hacer vuestra reverencia y todas es pedir a Su Majestad que nos le dé por prelado. Con esto puedo descansar del gobierno de estas casas, que perfección con tanta suavidad yo no la he visto. Dios le tenga de su mano y le guarde, que por ninguna cosa quisiera dejar de haberle visto y tratado tanto».

Si Teresa quedó prendada del joven carmelita, también él quedará admirado por los valores que descubre en la Madre. Él mismo lo reconoce así: «Dióme cuenta de toda su vida, espíritu e intentos. Quedéle tan rendido, que desde entonces ninguna cosa hice grave sin su consejo»[2].

Cuando Teresa va a fundar en Beas, desconocía que esta villa, para asuntos religiosos, pertenecía a Andalucía (Cf. F 24, 4). Gracián, a quien el visitador de Andalucía, Francisco Vargas, había traspasado sus poderes, y que también ignoraba este dato, explica de qué modo se enteraron:

«Estando en esta perplejidad de lo que haríamos […], dijome acaso un compañero mío, fraile lego, natural de Sevilla, que había venido a Beas otra vez siendo seglar con un Provincial de S. Francisco del Andalucía a visitar un convento que allí hay de Franciscos. Reparé y preguntéle si era aquella provincia del Andalucía o de Castilla. Dijo que de Andalucía. Hice juntar los letrados del pueblo y acudí a los frailes Franciscos para que se averiguase este punto. Averiguóse que en cuanto a los pleitos seglares de las Cancillerías era distrito de Castilla, mas que en cuanto a las Religiones era provincia del Andalucía […] Averiguado esto, saqué mis patentes de Visitador del Andalucía, y por comisión de fr. Francisco de Vargas —que no sólo sustituyó en mí sus veces, pero aun me entregó el Breve original de Pío V que él tenía de Visitador de Andalucía— notifiqué a la Madre todas estas facultades, y diéronme la obediencia como a Visitador apostólico y, quedando mis súbditas sin pensarlo antes»[3],

Teresa de Jesús, al encontraste en territorio andaluz, entiende que ha quedado bajo la obediencia de Gracián: «como el padre maestro Gracián es provincial de ella [Andalucía], heme hallado su súbdita sin entenderlo, y como a tal me ha podido mandar». De ahí viene el cambio de planes, y la Madre, que tenía pensado ir a fundar a Madrid, cuenta a Isabel de Santo Domingo que la semana siguiente ponía rumbo a Sevilla, por mandato de Gracián.

Analizando este detalle jurídico, el P. Hipólito comenta que se trata, en realidad, de un malentendido:

«Habiendo encontrado [Gracián] casualmente a la Santa en Beas, lugar sometido a su jurisdicción de Visitador Apostólico, creyó poder disponer de ella libremente.

Semejante razonamiento no es admisible en derecho. Los religiosos que se encuentran de paso en una Provincia ajena, no dejan de pertenecer plenamente a la suya propia, con todas las obligaciones particulares que allí tenían. En la Provincia ajena solo son peregrinos (peregrini). Como peregrinos están sujetos a la autoridad del territorio en lo que toca a la disciplina común, como si dijéramos, al orden público; pero esta autoridad del territorio no puede de ninguna manera eximir al peregrino de su dependencia de los Superiores de su propia Provincia. El lazo que une a un religioso con su Provincia es efecto de una ley personal, que, por consiguiente, no cesa por el simple hecho de salir de sus fronteras. Además, los religiosos, como los eclesiásticos, no tienen libertad para dejar su provincia a su antojo (como lo haría un seglar), con el solo consentimiento del Superior de la Provincia a la que quisieran pasar; necesitan, sobre todo, el consentimiento del Superior de la Provincia a qua, que es su verdadero superior hasta que el paso se realice legítimamente; a menos que cuenten con el consentimiento de un Superior que tenga el poder sobre ambas Provincias, como hubiera sido en este caso el General, el Nuncio o la Santa Sede»[4].

En cualquier caso, Teresa está convencida de que Gracián tiene jurisdicción sobre ella y obra en consecuencia, aceptando la misión de viajar a Sevilla, mientras él marcha a Madrid a encontrarse con el Nuncio.

La Santa, ya antes de ponerse en camino, prevé que no será fácil, empezando por el clima: «¡Cuán mejor verano tuviera con vuestra reverencia que en el fuego de Sevilla!».  Con todo, sabe que la capital andaluza es un importante nudo de comunicaciones, y ello le permitirá escribir con frecuencia y seguridad a la priora de Segovia.

Antes de concluir, la Madre saluda a Isabel de Santo Domingo de parte de Isabel de San Jerónimo, profesa de Medina del Campo (1569). Ambas Isabeles habían estado juntas en Pastrana y luego en Segovia. Ahora, esta última partirá en la expedición a Sevilla. Teresa había llevado a Beas dos grupos de monjas: uno para formar esa comunidad, y otro para fundar en Caravaca. Como la fundación se retrasó por problemas con las licencias, aprovechó para destinar a Sevilla a las monjas que, inicialmente, iban a ir a la fundación murciana.  Encomia la Santa al grupo («de harto buenos talentos»), especialmente a la que va como priora, María de San José, una de las hermanas más apreciadas por ella. Las otras son, además de la mencionada Isabel de San Jerónimo: Ana de San Alberto, María del Espíritu Santo, Isabel de San Francisco y Leonor de San Gabriel. En el libro de las Fundaciones, llega a decir de este plantel: «me atreviera a ir con ellas a tierra de turcos» (F 24,6).

Teresa halaga a Isabel de Santo Domingo confesándole cuánto le hubiera gustado llevarla consigo también a Sevilla, pero el hecho de ser priora de una comunidad tan recientemente fundada como era la de Segovia, lo desaconsejaba: «Harto me consolara llevarla conmigo; mas veo es perderse esa casa dejarla ahora, con otros inconvenientes».

La carta acaba con una postdata en la que, como solía hacer, la Madre aconseja a la priora de Segovia sobre una de las candidatas, Juana Bautista, pidiendo prudencia: es mejor no darle la profesión sin tener claras sus aptitudes. Finalmente, la joven será considerada apta y profesará al mes siguiente.


[1] Silverio de Santa Teresa (Ed.), Obras de fray Jerónimo Gracián, (Burgos: Monte Carmelo, 1933, t. III) 157.
[2] Juan Luis Astigarraga, ‘Escolias’ del P. Jerónimo Gracián a la ‘Vida’ de Santa Teresa compuesta por el P. Ribera, en Ephemerides Carmeliticae  32, 2 (1981), .391.
[3] Ibid. 391-392.
[4] Hipólito de la Sagrada Familia, Jerónimo de la Madre de Dios Gracián, Coadjutor de santa Teresa. Estudio histórico-jurídico. (Vitoria: Ediciones El Carmen, 2016), 42.

 

Puede  leerse la carta en este enlace:

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