Teresa de los Andes y la familia

María del Puerto Alonso,
ocd Puçol

Juanita fue una joven que amaba mucho a su familia. Tuvo una gran experiencia de amor en su seno, y cuando hablaba de ella lo hacía con cariño y alegría. En su diario ella misma nos describió a su familia:

«Nací en l900, el día 13 de julio. Mi mamá se llama Lucía Solar de Fernández y mi papá Miguel Fernández Jara. Vivíamos con mi abuelito, anciano ya. Se llamaba Eulogio Solar. Se puede decir que era un santo, pues todo el día se le veía pasando las cuentas de su rosario.

Jesús no quiso que naciese como Él, pobre. Y nací en medio de las riquezas, regalona de todos. Yo era la cuarta. La primera se llamaba Lucía, que tenía siete años, Miguel el segundo, seis años y Lucho, el tercero, tenía tres años… Poco después nació la Rebeca; con año y ocho meses de diferencia conmigo. Era yo, aunque tan regalona, muy tímida. La Rebeca era lo contrario. Las dos éramos muy regalonas. Hacíamos con mi abuelito lo que queríamos y le engañábamos con besos y caricias».

Su experiencia fue similar a la de Sta. Teresa y Sta. Teresita en sentirse la más querida de todos, la preferida.

Al haber sentido desde niña la vocación para ser carmelita, cuando sus padres deciden internarla en el colegio, ella quiere vivirlo como una preparación a lo que será la separación de los suyos cuando entre al convento. Sus disposiciones son buenas, pero, una vez dentro, ella se lamenta: «Jueves, 2 de septiembre 1915. Hoy hace un mes dos días que nos dijeron que entraríamos de internas. Yo creo que jamás me acostumbraré a vivir lejos de mi familia: mi padre, mi madre, esos seres que quiero tanto. ¡Ah, si supieran cómo sufro, se compadecerían! Sin embargo, me debo consolar. ¿Acaso viviré toda la vida sin separarme de ellos? Así lo quisiera yo: pagarles con mis cuidados lo que ellos han hecho por mí. Pero la voz de Dios manda más y yo debo seguir a Jesús al fin del mundo, si Él lo quiere. En Él encuentro todo. Él solo ocupa mi pensamiento. Y todo lo demás, fuera de Él, es sombra, aflicción, y vanidad. Por Él lo dejaré todo para irme a ocultar tras las rejas del Carmen, si es Su Voluntad, y vivir solo para Él. ¡Qué dicha, qué placer! Es el Cielo en la tierra».

Al año siguiente, escribe a su hermana Rebeca confiándole su “secreto”: sus deseos de ser carmelita y cómo no se podrán cumplir sus proyectos de la infancia de vivir siempre unidas. La carta dice: «15 abril 1916. Hasta hoy nos [ha] alumbrado la misma estrella. Pero mañana no estaremos quizás juntas bajo su sombra protectora. Esta estrella es el hogar, es la familia…».

Puede dar la impresión, por lo dicho hasta ahora, que la familia de Juanita era una familia idílica, como la de Sta. Teresita. Pero la realidad está muy lejos de ser así. Su padre era un buen hombre, pero que no sabía administrar las riquezas familiares, con lo que la familia fue perdiendo, poco a poco, tierras y posesiones, yendo “a menos” económicamente. Trataban de aparentar y de llevar el mismo nivel de vida, pero las circunstancias económicas hicieron que se retrasase la boda de Lucía, por ejemplo, o que no tuvieran donde ir a veranear. La madre vivía con amargura esta situación y su relación con su esposo era cada vez más fría y distante. Juanita era bien consciente de eso y le dolía enormemente. Sabía del sufrimiento de su padre por su mala gestión y trababa de consolar y unir a sus padres. Su hermano Lucho ya no vivía la fe, y Miguel era un poeta bohemio, solo Juanita le comprendía. Además, su hermano el pequeño tenía problemas de salud. Su buena relación con su hermana Rebeca hizo que le costara más poder seguir su vocación.

Cuando Juanita fue a salir de su colegio, la Madre Vicaria le dio consejos “muy bonitos y sabios”, entre ellos: “Que fuera el ángel tutelar de la familia”, y ciertamente se empeñó en ello. Cuando, tras la boda de su hermana mayor, ha de dejar el colegio, ella, que en tiempos anteriores había escrito que quisiera poder hacer cenizas el internado, sintió dejar su vida de colegiala y tener que entrar en la “vida de sociedad”. Decidió ofrecerle a Jesús no llorar al dejar el cole (lo que no fue bien interpretado por alguna de las monjas) y escribió: «Por otro lado, sentía el atractivo del hogar, de la vida de familia que abandoné cuando era tan niña; de volver al seno de los míos para hacer el bien, para sacrificarme por cada uno de ellos a cada instante. Mas también dejaba a la Rebeca. Era la primera vez que nos íbamos a separar. Era el preludio de nuestra separación aquí en la tierra; mas en ello veo la mano cariñosa de mi buen Jesús, que así prepara nuestros corazones para hacer el sacrificio».

Cuando nos conoció a las carmelitas, una de las cosas que más le impresiona del Carmelo es nuestra alegría y familiaridad en el trato. Cuando, poco después, escribe a la madre priora, le pide que tanto ella como la comunidad recen por su familia. Sabe lo que va a suponer la separación para todos.

Mientras tanto, ejerce de “ángel de consuelo” entre ellos. Escribe a su padre cartas llenas de ternura que tratan de aliviar la frialdad de su madre para con él: «Yo quiero que Ud. cuente para todo conmigo. No tengo otro deseo que darle gusto en todo, acompañarlo y consolarlo, pues sé que, en la vida de trabajo que Ud. lleva por nosotros, encuentra muy a menudo sufrimientos que, aunque trate de ocultarlos por el mismo cariño que nos tiene, es imposible no comprenderlo».

Cuando sufre dudas sobre si su vocación es de carmelita o de religiosa del Sagrado Corazón, escribe a un sacerdote: «Lo que me encanta es que la Carmelita se sacrifica en el silencio, sin que vea los frutos de su oración y sacrificio. Además la vida de familia y la sencillez en sus costumbres y la alegría que debe reinar siempre en su corazón, me gustan mucho y se avienen a mi carácter».

Llega el momento de pedirle el permiso a su padre y comunicarle la noticia al resto de la familia (su hermana Rebeca y su madre conocían su “secreto”). Todos recibieron la novedad como un jarro de agua fría en pleno invierno. Su padre le dio el permiso, pero fue tanta la pena que tuvo que no quiso despedirse de ella ni acompañarla cuando entró en el convento. Sus hermanos estaban entre rebeldes y consternados. Ella lo tiene claro: no va a dejar de ser el “ángel de la familia”. Así se lo dice a su padre en una carta: «Seré toda para Dios y Él será todo para mí. No habrá separación posible entre Ud. y su hija. Los seres que se aman jamás se separan. Por eso, cuando Ud., papacito, se entregue al trabajo rudo del campo; cuando, cansado de tanto sacrificio, se sienta fatigado y solo, sin tener en quien descansar se sienta desfallecido, entonces le bastará trasladarse al pie del altar. Allá encontrará a su hija, que también sola, ante el Divino Prisionero, alza suplicante su voz para pedirle acepte el sacrificio suyo y también el de ella, y que, en retorno, le dé ánimo, valor en los trabajos y consuelo en su dolor. ¿Cómo podrá hacerse sordo a la súplica de aquella que todo lo ha abandonado y que no tiene en su pobreza otro ser a quien recurrir? No, papacito. Dios es generoso, sobre todo que la constancia de mi oración no interrumpida ha de moverle a coronar sus sacrificios. Mi mamá y mis hermanos tendrán un ser que constantemente eleve por ellos ardientes súplicas, un ser que los ama entrañablemente y que perpetuamente se inmola y sacrifica por los intereses de sus almas y de sus cuerpos. Sí. Yo quisiera ser desde el convento el ángel tutelar de la familia. Aunque sé lo indigna que soy, lo espero ser, pues siempre estaré junto al Todopoderoso».

Una vez dentro del convento, descubre una nueva familia: la Comunidad. Escribe: «¿Crees por eso que reina tristeza en nuestro conventito? No te imaginas mi sorpresa sobre esto; pues creía que eran alegres, pero esto no es nada para lo que son, pues [en] las recreaciones somos como chiquillas de colegio. Existe una unión y confianza tan grandes, que somos todas como si perteneciéramos a la misma familia. Con Ntra. Madrecita existe una confianza como es la que tiene una con su madre. Nada se obra por temor, sino que todo es cariño y confianza nacida de la santidad que reina en las almas de mis hermanitas. Te aseguro que no me canso de agradecerle a N. Señor el haberme traído a este cielito».

Teresa de los Andes, murió muy joven, pocos meses después de su entrada al convento. Pero siguió siendo el ángel tutelar de su familia: Sus padres vivieron en mayor armonía, su hermano Miguel reencauzó su vida, su hermana Rebeca sintió la llamada al Carmelo y entró a cubrir el puesto de su hermana viviendo y muriendo también santamente. ¿Y Lucho? Ya anciano, recobró la fe, considerándolo él mismo un milagro de su hermana.

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