La Virgen del Carmen: Estrella del mar

                     Daniel de Pablo Maroto, ocd

  “La Santa” (Ávila)

Stella Maris es una evocación para los que visitan Tierra Santa. En la cumbre del monte Carmelo que se asoma a la bahía de la ciudad de Haifa, frente por frente de San Juan de Acre, ciudad de los cruzados, se levanta un monasterio de carmelitas descalzos conocido con el nombre de Estrella del mar, hermoso título para los que surcan los océanos, especialmente cuando la navegación era un peligro, además de un oficio o una afición. María, para los navegantes cristianos, era una “estrella”, un faro que iluminaba los caminos oscuros y borrosos del mar. Y también, tierras adentro, tiene altares “en todo confín”, como rezaba una vieja canción. Para vivir con gozo la fiesta de la Virgen del Carmen (el día 16 de julio) ofrezco a toda la familia espiritual un recuerdo no solo histórico, sino emocional.

El monte Carmelo es el lugar de origen de la orden del Carmen en el Wadi ‘Ain Es-Siah, un pequeño valle con espléndidas vistas al Mediterráneo, no lejos del promontorio de Stella Maris. Allí, un grupo de caballeros cruzados cambiaron sus armas de guerra por la paz vivida en el silencio, la soledad, la vida ascética y fraternal al amparo de una regla de vida que les dio el patriarca latino de Jerusalén Alberto en torno al año 1210. El ermitaño carmelita debía “vivir en obsequio de Jesucristo”, consagrar su vida a su servicio como al Señor de la Tierra Santa, a la manera de los vasallos al señor feudal, no con armas, sino con la vida.

Lo curioso es que un grupo de laicos al servicio del Señor Jesucristo, descubrieron que debía también servir a su madre, la Virgen María, dos personas unidas inseparablemente en la historia y en el culto, porque la tierra de Jesús era la tierra de María. Pronto los piadosos cruzados se sintieron amparados por la protección de María y fueron reconocidos con el pomposo título de Hermanos de la Virgen María del Monte Carmelo. La rudimentaria capilla dedicada a la Virgen María significaba que la aceptaban como patrona, protectora y Señora del lugar y se consagraban a su servicio en señal de vasallaje feudal.

Pasado el tiempo, la primitiva capilla se convirtió en una sencilla iglesia gótica, grandiosa para aquel inhóspito lugar, dedicada a la Virgen del Carmen. Junto a ella se edificó el convento para los ermitaños en torno al 1263 a la que acudían los peregrinos de Tierra Santa. Por desgracia, duró poco la alegría, porque tuvieron que abandonar todo el complejo en 1291 ante el avance de los sarracenos que ocuparon Tierra Santa.

Este fue el triste final de la orden del Carmen en Tierra Santa, pero fue la ocasión providencial para completar la emigración a Occidente, que había comenzado ya en la tercera década del siglo XIII, fundando conventos en Inglaterra, Francia, Italia y en España a partir de 1277. La orden del Carmen dejaba de ser estrictamente eremítica para asimilarse a otras órdenes “mendicantes” que estaban floreciendo en Occidente (franciscanos, dominicos, etc.).

Santa Teresa de Jesús perteneció a esta orden del Carmen, profesando en el convento de La Encarnación de Ávila en 1537 y allí vivió hasta el 1562, cuando inició una reforma de la orden en el convento de San José en 1562, en la familia femenina de las Carmelitas descalzas; y en 1568, en Duruelo, la masculina de los Carmelitas descalzos. El ideal que imprimió en su Reforma es un mestizaje entre el viejo paradigma eremítico, ascético y contemplativo de los orígenes y la mirada a las necesidades de la Iglesia y la sociedad de su tiempo, tanto de Europa como de América, mediante el “apostolado” para “salvar almas”. Las monjas en sus conventos (que no piensen solo en “salvar” su alma), y los frailes en el apostolado activo múltiple en sus iglesias, con sus escritos y en las cátedras universitarias. Y, de fondo, una profunda impregnación “mariana”, ella que profesó siempre a María un apasionado enamoramiento. En su Reforma la aceptó como Madre, Señora y Patrona y vistió con enorme gozo el hábito de la Virgen.

Para mejor ambientar la existencia de la orden del Carmen en sus orígenes y su dimensión mariana, hagamos un poco de historia. Es sabido por los historiadores de la teología y la espiritualidad que la Iglesia, para luchar con la herejía de Arrio que prácticamente negaba la divinidad de Cristo o identidad de la naturaleza con el Padre, potenció en el arte (mosaicos, esculturas) la imagen de Cristo como Pantokrator (El Todopoderoso) quedando oscurecida su Humanidad como mediación entre el hombre y Dios. A María se la veía también alejada de su maternidad espiritual. Así la vemos en el arte románico, representada como un trono reposando sobre sus rodillas su Hijo. Con el arte gótico, el tiempo de las cruzadas y la peregrinación a Tierra Santa, la predicación y doctrina de san Bernardo y los cistercienses y, finalmente, san Francisco y los frailes mendicantes, renace la devoción a Cristo en su Humanidad; María es la madre de Cristo-Dios, pero también de los hombres y lleva en sus brazos al Hijo como queriéndole entregar a sus devotos entre una piadosa sonrisa.

A esta nueva espiritualidad se incorporó en Occidente la orden del Carmen como orden de María, difundiendo la devoción al Escapulario, cuyo uso prometía protección en la vida, ayuda en la hora de la muerte y la salvación eterna después de la muerte.

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