No es ingenio de hombre el que oigo

Pedro Paricio Aucejo

En 1556 el rey Carlos I de España, después de su larga entrega a la acción de gobierno, decidió retirarse al monasterio de Yuste para hacer vida conventual. Estableció su residencia en aquel rincón de Extremadura, cercano a la población de Cuacos, en la comarca cacereña de La Vera, donde se alojó durante sus dos últimos años de existencia. Cuando hace dos décadas visité este recinto, antes de entrar en los aposentos privados del monarca, me llamó la atención una inscripción situada en la galería de acceso, en la que se recogía la ejemplar sencillez y la fuerza expresiva de unos clásicos versos de tono horaciano: “¡Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruïdo,/ y sigue la escondida/ senda, por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido…”.

Lo que estaba leyendo en ese momento era la estrofa inicial de la Oda a la vida retirada de fray Luis de León (1527-1591), en la que este destacado humanista cristiano cantó el apartamiento del mundo como ideal del anhelo de plenitud que prefigura la vida celestial, siendo quizá la más célebre de las veintitrés composiciones poéticas que de él se conservan. A ellas debió su fama literaria, por la que es considerado máximo exponente de la literatura ascética del Renacimiento y una de las principales figuras de la poesía religiosa del Siglo de Oro. Muy buen conocedor de los clásicos latinos –fue un prestigioso hebraísta y traductor–, escribió en castellano y latín.

Dentro de su obra en prosa (en la que destacan De los nombres de Cristo y La perfecta casada), fray Luis comenzó a escribir una biografía de Teresa de Ahumada, titulada De la vida, muerte, virtudes y milagros de la Santa Madre Teresa de Jesús. Este texto le fue encargado por la emperatriz María de Austria, hermana del rey Felipe II, pero, al sobrevenir la muerte a su autor, quedó inacabado.

En medio del cometido de su vida académica y de gestión (además de sus actividades literarias, fue catedrático universitario de filosofía y teología y vicario-general y provincial de la orden de los agustinos), tuvo ocasión de contactar con la madre Ana de Jesús, sucesora de santa Teresa al frente de las carmelitas descalzas. Ella le encargó a fray Luis que pusiera orden en los papeles de la fundadora y los preparara para la imprenta. Como experto en la materia, llevó a cabo esa labor de editor y crítico textual, que culminó en Salamanca, en 1588, con la edición –por primera vez– de las obras de la mística universal (en concreto, de Vida, Camino, Moradas y Exclamaciones).

Como no conoció personalmente a la religiosa reformadora, el sabio renacentista –que admiraba su labor– consultó con personas que habían convivido con Teresa de Ahumada, conviniendo todas en las valiosas y abundantes cualidades de su ser: bondad, sencillez, discreción, buenos modales, transparencia, veracidad, alegría… Estas virtudes naturales, “como la piedra imán con el hierro”, atrajeron ya desde niña a cuantos la trataron, haciendo de ella “tierra fértil y sazonada, [en la que] prendió luego con firmes y hondas raíces la gracia que recibió en el bautismo”, según expresiones del monje agustino.

Esa inmejorable consideración hacia su personalidad es de nuevo reiterada, como editor, respecto de la bondad de sus escritos y la conveniencia de su publicación. Así, en la carta-prólogo que fray Luis de León elaboró para la citada edición príncipe de las obras teresianas, comenta que en ellas “sin ninguna duda quiso el Espíritu Santo que la madre Teresa fuese un ejemplo rarísimo: porque en la alteza de las cosas que trata, y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se  iguale. Y así, siempre que los leo, me admiro de nuevo; y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que le regía la pluma y la mano, que así lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras, y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee. Que dejados aparte otros muchos y grandes provechos que hallan los que leen estos libros, dos son, a mi parecer, los que con más eficacia hacen. Uno facilitar en el ánimo de los lectores el camino de la virtud. Y otro encenderlos en el amor de ella y de Dios”.

Estas elogiosas palabras de quien fue el primer editor de las obras de santa Teresa de Jesús –valiosas por sí mismas– adquieren mayor relieve todavía si se tiene en cuenta que provienen de un escritor tan eminente y respetado ya en su época como lo fue fray Luis de León. No pudo encontrarse mejor editor. ¡A tal señora, tal honor!

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