‘Jamás le hemos visto una imperfección’. Carta de septiembre de 1568

Teresa de Jesús escribe, desde Valladolid, esta carta a D. Francisco de Salcedo, el que ella llamara “caballero santo” (V 23,6; 32,18…), en Ávila, sobre el mes de septiembre de 1568.

Años atrás, este virtuoso señor y el sacerdote Gaspar Daza, habían tratado de ayudar espiritualmente a la Madre, sin demasiada fortuna, pues su veredicto sobre el origen de las experiencias místicas teresianas había sido condenatorio: “era demonio”. Más tarde, gracias a consejeros como los jesuitas Cetina o Prádanos, Teresa lograría encauzar su espíritu, con alas desplegadas, hacia una experiencia de Dios confiada y serena.

Sin embargo, siempre perduró la amistad con este buen cristiano, que durante años siguió cursos de teología en los dominicos, y que acabaría haciéndose sacerdote al enviudar, en 1570. Él, por su parte, procuró ayudar siempre a Teresa en todo lo que pudo, y su cuerpo reposa en una capilla en el convento de San José. Existía también una relación de parentesco lejano entre ellos, ya que su esposa, doña Mencía del Águila, era prima de Catalina del Águila, casada con Pedro Sánchez de Cepeda, aquel tío que le hizo leer a la joven Teresa el Tercer Abecedario.

El tema principal de esta carta es una petición a D. Francisco de Salcedo para que ayude a fray Juan de Santo Matía, futuro Juan de la Cruz, en los asuntos relacionados con la fundación de Duruelo.

Un par de meses antes de abrir el primer convento de descalzos (28 de noviembre   de 1568), fray Juan viaja desde el Carmelo de Valladolid, donde ha estado conviviendo con las monjas, casi como un novicio, para aprender “el estilo de hermandad y recreación” (F 13, 5) de la descalcez. Pero se trata de un novicio muy singular. Las palabras de la Santa en esta carta dan fe de ello.

Sobre la misiva, escribe José Vicente Rodríguez estos párrafos de la biografía de Juan de la Cruz que son muy iluminadores:

“Antes de que parta la madre le entrega una carta que él dará en mano al destinatario en Ávila, don Francisco de Salcedo. Carta de recomendación. Entiendo que el portador no sabía las cosas que se escribían sobre él en aquella misiva, pues entonces sí que habría tenido que escucharle la madre.

Esta carta viene a ser un complemento al relato con que en el Libro de las Fundaciones recuerda este noviciado teresiano de fray Juan en Valladolid. Presentando en ella a fray Juan pide al caballero santo que le favorezca en esta empresa, «que, aunque es chico, entiendo es grande en los ojos de Dios»; y aunque lleva poco tiempo en la Orden «parece le tiene el Señor de su mano, que, aunque hemos tenido aquí algunas ocasiones en negocios (y yo que soy la misma ocasión, que me he enojado con él a ratos), jamás le hemos visto una imperfección». Nos gustaría conocer más al detalle qué cuestiones eran esas en las que disentían, pero no nos lo quiso decir la madre. Siendo verdad que ya en 1567, o antes, tenía ella preparadas las Constituciones para los frailes, podemos pensar que pudieron discutir ese mismo texto. Acaso ella le iba indicando cómo tenían que hacer las cosas los frailes y él con la libertad que tenía le habrá dicho: «Muy bien, madre; usted sabe de monjas y yo de frailes; así que esto tiene que ser como yo digo…».

Los juicios de valor que emite en esta misma carta acerca de fray Juan son muy valiosos. Como quien no lo quiere, insinúa que siente que se vaya de su vera, porque «cierto él nos ha de hacer acá falta, porque es cuerdo y propio para nuestro modo, y así creo le ha llamado Nuestro Señor para esto». Y por si este elogio fuera pequeño apela a la estima que se tiene de él: «No hay fraile que no diga bien de él, porque ha sido su vida de gran penitencia». Y da fe de sus disposiciones interiores: «Ánimo lleva; mas, como es solo, ha menester lo que nuestro Señor le da para que lo tome tan a pechos». Después de detenerse en otros puntos y firmar la carta, pone la siguiente posdata: «Torno a pedir en limosna a vuestra merced me hable a este padre, y aconseje lo que le pareciere para su modo de vivir. Mucho me ha animado el espíritu que el Señor le ha dado y la virtud entre hartas ocasiones, para pensar llevamos buen principio. Tiene harta oración y buen entendimiento; llévele el Señor adelante».

[…] Poco o nada especial sabemos del encuentro de fray Juan con el caballero santo, Francisco de Salcedo; ayudas que pudo ofrecerle, consejos que acaso pudo darle, conforme a las indicaciones de la santa”[1].

Además de todo lo relacionado con fray Juan, otros asuntos de menor importancia afloran en esta carta. Una vez más, podemos apreciar cómo la Madre utiliza la correspondencia epistolar para mantener y estrechar sus relaciones de amistad. Son constantes en sus cartas, por ejemplo, las expresiones de gratitud por los bienes o beneficios recibidos del destinatario: “aloja y obleas, rábanos, lechugas, que tiene un huerto y se es él el mozo para traer manzanas”. Halaga ‘al caballero santo’ cuando se lamenta de no tenerlo cerca para recibir sus obsequios: “La dicha aloja diz que la hay aquí muy buena, mas, como no tengo a Francisco de Salcedo, no sabemos a qué sabe ni lleva arte de saberlo”. La Santa hace también referencia al deseo de ambos de volver a verse (un deseo que había sido cuantificado jocosamente en dinero —seis ducados—por parte de don Francisco). Teresa le seguirá el juego en su respuesta.

Entre las personas mencionadas en la carta a las que Teresa envía sus saludos, destaca la famosa Maridíaz, beata abulense, amiga de doña Guiomar de Ulloa, en cuyo palacio tuvo la Madre ocasión de tratarla con frecuencia. También se nombra a una viuda, futura descalza, Ana de Wasteels, la “Flamenca” y a su hija mayor, María de Ávila.

Por último, no podemos dejar de reseñar la alusión a la princesa de Éboli. Cuando la Santa escribe las Fundaciones, relata que, al acabar la de Toledo (1569), doña Ana de Mendoza mandó a buscarla para que fuera a su villa a fundar un convento de descalzas. Y añade: “había mucho que estaba tratado entre ella y mí de fundar un monasterio en Pastrana”. La carta presente nos confirma ese dato, la “prisa” de la princesa por fundar en su señorío: un convento que, pocos años después de fundado,  habría de abandonarse, precisamente, por las intolerables injerencias de la dama.


[1] RODRÍGUEZ, José Vicente, San Juan de la Cruz. La biografía, Ed. San Pablo, Madrid, 2012.

Puedes leer la carta en este enlace

 

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