La integridad de un afecto epistolar

Pedro Paricio Aucejo

Desde una perspectiva antropológica, la correspondencia postal encuentra su fundamento último en la necesidad natural de comunicación que experimenta el ser humano y en el intento de poner remedio al aislamiento y a la soledad. Sin menoscabo de que el propósito moderno de la carta –sobre todo a partir del siglo XVIII– sea eminentemente utilitarista, gracias a este valioso invento, la humanidad no solo ha podido sortear los inconvenientes del alejamiento físico, sino, en algunos casos –como es el de santa Teresa de Jesús–, hacer de esta forma de relación un bello género literario.

A este respecto, incluso el epistolario teresiano ha sido considerado como un factor determinante a la hora de adscribir académicamente la obra escrita de la monja abulense. Así, el profesor Cristóbal Cuevas (1932-2013) ha señalado con fuerza las implicaciones epistolares de su estilo, hasta el punto de afirmar¹: “Para mí, Teresa de Jesús se configura en lo literario, ante todo, como escritora de cartas”. Dada la idiosincrasia de su temperamento, de su formación, de los lectores a los que iban dirigidos sus textos, así como la actitud de su época respecto a las mujeres y los espirituales, “era en las cartas, con su carácter familiar, su falta de pretensiones intelectuales y lo reducido del círculo de sus destinatarios, donde se ofrecía un camino expedito a su magisterio. Y esta realidad explica que, incluso cuando se pone a escribir obras de envergadura, salgan de su pluma ‘libros’ que se configuran como extensas cartas, dirigidas unas veces a sus religiosas y otras a sus confesores“.

Para la santa castellana, las cartas fueron una prolongación en el espacio y en el tiempo de su propio yo, con el fin de neutralizar los efectos de la ausencia, consolidar el nexo entre los corresponsales, evaluar o revisar sentimientos y situaciones ligados a dicho vínculo, propiciar algunas referencias a la propia espiritualidad, orientar personas y situaciones e intervenir en la resolución de problemas institucionales allá donde no alcanzaba a estar físicamente. Esta variedad de contenidos quedó todavía más enriquecida por la sensibilidad e intimidad vertidas en las 62 cartas conservadas que la religiosa de Ávila dirigió a María de San José (Salazar Torres), una de sus más queridas hijas espirituales.

Esta destinataria privilegiada –que participó en la fundación de Beas de Segura, fue priora del monasterio de Sevilla a los 27 años y fundó el Carmelo femenino de Lisboa– compartió con Teresa difíciles momentos institucionales en el casi año y medio que vivieron juntas. Después que la Santa salió de la capital andaluza, ya nunca volvieron a verse, manteniendo su relación solo a través de las cartas que se intercambiaron. La primera misiva fue escrita por Teresa a los pocos días de salir de Sevilla, donde permaneció hasta el asentamiento de la comunidad, siendo la última carta conservada del 15 de julio de 1582, tres meses antes de su muerte.

En esta correspondencia epistolar se configura el complejo perfil de nuestra mística universal, pleno de matices caracterológicos, afectivos y espirituales. Para la carmelita descalza Mª José Pérez González², el rasgo más llamativo de dichas cartas es su elevado índice de expresiones con valor afectivo, que la Santa manifiesta a veces en forma de intimidad espiritual con su interlocutora, de inquietud por su salud, de amables reprensiones, de irónicos elogios, de tenues lamentaciones, de autocríticas…, y, en la mayor parte de las ocasiones, bajo la clara hechura del cariño más rotundo (“yo me espanto de lo que la quiero… Me dan deseos de verla y abrazarla mucho”).

Teresa hace notar a María que su estima hacia ella es de auténtica predilección: “hallo pocas tan a mi gusto Vuestra reverencia lo dice tan bien todo que, si mi parecer se hubiera de tomar, después de muerta la eligieran por fundadora, y aun en vida muy de buena gana, que harto más sabe que yo y es mejor”. Cada carta reaviva el gozo de la reformadora, le descansa, le consuela y le recrea y, cuando se retrasa la respuesta de su hija, su ánimo se altera (“tarda tanto que me da mohína”). Por ello, Teresa pide reciprocidad en el afecto: “yo le digo que, si me quiere bien, que se lo pago y gusto de que me lo diga. ¡Cuán cierto es de nuestro natural querer ser pagadas! Esto no debe ser malo, pues también quiere serlo nuestro Señor, aunque no tiene comparación lo que le debemos y merece Su Majestad ser querido; mas parezcámonos a Él, sea en que quiera”.

Una vez más –como sucede en otros ámbitos de la vida y la obra de la Santa– es este cruce tornasolado entre lo personal y lo religioso el que articula la especificidad de su seducción espiritual, manifestada en este caso en forma de epistolar integridad afectiva: Teresa de Ahumada en estado puro.


¹Cf. “Los criptónimos en el epistolario teresiano”, en Actas del Congreso Internacional Teresiano, II, pp. 557-580.

²Cf. «’Yo me espanto de lo que la quiero’: Cartas a María de S. José», en Epistolario y Escritos Breves de santa Teresa de Jesús [Actas del V Congreso Internacional Teresiano], Burgos, ed. Monte Carmelo y Universidad de la Mística, 2015, pp. 139-163.


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