Muerte y glorificación de santa Teresa

Daniel de Pablo Maroto, ocd

“La Santa” (Ávila)

El día 15 de octubre no hacemos memoria del “cumpleaños” de santa Teresa (28-III-1515), sino del día de su muerte en Alba de Tormes, el “dies natalis” o nacimiento para el cielo. Sucedió en la tarde-noche del día 4 de octubre de 1582. Al día siguiente pasó a ser día 15 por el cambio del calendario “juliano” (en uso desde el imperio romano) por el “gregoriano”, del papa Gregorio XIII.

Ofrezco a los lectores el marco histórico de aquel acontecimiento, final de un camino de pasión y subida al Calvario e inicio de su glorificación que ha ido en un crescendo todavía en aumento. Venía de la fundación de Burgos (1582) camino de su conventito de San José en Ávila, donde era priora desde el 10 de septiembre de 1581. En Medina del Campo, el vicario provincial, P. Antonio de Jesús, posiblemente obedeciendo órdenes del Provincial, P. Jerónimo Gracián, entonces por tierras de Andalucía, le ordenó que fuese primero a Alba y después a Ávila. Y así lo hizo en la carroza de la Duquesa acompañada del P. Antonio, su querida enfermera Ana de San Bartolomé y su sobrina Teresita, hija de su hermano Lorenzo, ya difunto.

Llegó a Alba el día 20 de septiembre de 1582 medio muerta, “con un quebrantamiento de cuerpo que luego la desahuciaron los médicos”, dice Ana de San Bartolomé, aunque estuvo activa hasta el día 29 cuando tuvo “un flujo de sangre de lo cual se entiende que murió”. El flujo de sangre era causado -según el parecer más autorizado de los médicos- por un cáncer de útero, aunque los testigos son menos explícitos y dicen piadosamente que murió de un “ímpetu de amor”. Y el final llegó el día 4 de octubre, día de silencio de la moribunda; y murió abrazada a un crucifijo y a su enfermera Ana de San Bartolomé. Era jueves, día de san Francisco de Asís, entre las 9 y 10 de la noche.

Lejos quedaban los sueños de volver a su amado conventito de San José y de fundar en Madrid; olvidó para siempre a su querido Padre Gracián y a tantos amigos y amigas, colaboradores de su obra fundacional y directores de su alma; los líos familiares de sus deudos; los hilos sin atar de algunas de sus fundaciones más problemáticas; dejaba llorosas a las monjas de sus conventos, de manera especial a su sobrina Teresita y a su amada y tristísima enfermera Ana de San Bartolomé. Todo quedaba iluminado por la luz de la eternidad y desaparecía toda pesadumbre en el momento de la despedida.

Se nos han transmitido las palabras pronunciadas por la enferma y la moribunda, suponemos que dichas en el lecho del dolor y de la muerte los últimos días. Dijo al P. Antonio “ya yo, padre, no soy menester”, cuando él le rogaba que no se muriese porque todavía le quedaban muchas cosas por hacer. Era la “hora deseaba” de estar definitivamente con su amado Cristo, quizás haciendo memoria de su deseo de “ver a Dios” que manifestó en su infancia. Estaba contenta de morir “hija de la Iglesia”, que tanto le había dado, a quien tanto había entregado y, a veces, por quien tanto había sufrido. No se olvidó de recordar a sus monjas, ella tan carismática y divinal, pero siempre adherida al realismo de la vida: “Tengan gran cuenta con la guarda de su Reglas y Constituciones”.

Presentía que había llegado el “tiempo de caminar” por senderos menos ásperos y dolorosos que los de la tierra, por entre nimbos de luz. En aquel supremo momento de la verdad, no se acordaba de sus “méritos”, sino que confiaba en los de Cristo y a la misericordia de Dios se acogía. Ni siquiera quiso retener en propiedad un poco de tierra donde enterrar su cuerpo, en supremo despojo de posesiones terrenales, si nos atenemos a las confesiones de las monjas presentes, interesadas, como la fundadora Teresa Layz, en que su cuerpo quedara bien custodiado en Alba bajo muchos cascotes, agua y cal. Desde la mañana del día 4, dicen las testigos, dejó de hablar hasta el momento de su muerte.

La glorificación de una Santa. La “glorificación” comenzó en el momento mismo de su muerte, una vez conocida la triste noticia, como consta de las confesiones de los testigos, las monjas que la amortajaron, los sacerdotes que celebraron la Eucaristía a la que asistieron las autoridades civiles, las órdenes religiosas, la nobleza, el pueblo que quisieron dar el último adiós a la madre Teresa. Fue enterrada “en el arco del coro bajo, pegado a la capilla mayor”, de la primitiva iglesia. Hubo debate sobre cómo enterrarla y el P. Antonio, con anuencia de todos, decidió hacerlo no “en depósito”, temiendo un traslado al convento de San José en Ávila, que tenía todo el derecho de sepultura por varias razones.

Pero se diría que Teresa necesitaba cabalgar de nuevo después de muerta. Los superiores de los descalzos, entre los que se encontraba san Juan de la Cruz, ordenaron el traslado al convento de San José de Ávila y así se cumplió la orden con nocturnidad entre los días 24-25 de noviembre de 1585. Los protagonistas del traslado dejaron una crónica que nos causa admiración o hilaridad: envuelto el cuerpo en una sábana y una manta de sayal, lo cargaron “en un macho entre dos costales de paja” y así se lo entregaron a las monjas de San José de Ávila.

Y la historia no acabó ahí. El poderoso Duque, señor de la villa, logró que fuese devuelto el cuerpo a Alba, después de un largo proceso judicial resuelto en favor no de la villa, sino del convento de las descalzas donde murió. Y de nuevo cabalga el cuerpo muerto e incorrupto la noche el 23 de agosto de 1586 hacia Alba “para evitar alborotos en Ávila”, como dice el cronista de turno en una prosa que causa de nuevo admiración a los lectores de nuestro tiempo: “Puso el cuerpo de la Santa como estaba, vestido, sin ataúd, tendido a lo largo sobre una mula, cubierto todo lo más disimuladamente que se pudo. Y […] cuando lo fueron a quitar, hallaron que todas las ancas de la mula venían desolladas de haber golpeado con los calcañales que venían cimbreándole”. La crónica negra se dulcifica al saber la alegría de la villa de Alba que “pusieron guardas para que no le sacasen” más.

Todo intento de un nuevo traslado por parte de las autoridades de Ávila, fracasó. Y la profecía de Ana de San Bartolomé, fundada en una supuesta revelación de la madre Teresa, quedó sin cumplirse, aunque aseguraba que también “Dios lo quería”. Y en Alba siguen el cuerpo y otras reliquias insignes de la madre Teresa (brazo y corazón) para regocijo de sus habitantes y la resignación forzada de los abulenses. Todos se alegraron cuando comenzaron los procesos de beatificación y canonización a partir del año 1591.

El milagro de la incorrupción de su cuerpo. Forma parte de su “glorificación” este gran milagro que precipitó su canonización constatada durante decenios. Por primera vez fue abierto el sepulcro el día 4 de julio de 1583 (había muerto el 4 de octubre de 1582) y vieron que “estaba todo el cuerpo entero sin falta de cosa alguna, y tan grueso como si acabara de expirar”, dice el P. Ribera. Sigue el milagro. Cuando se trasladó el cuerpo a Ávila, el 24 de noviembre de 1585, tres años después, los protagonistas del traslado comentaron que seguía “tan entero como se enterró […] tan lleno de carne todo él […] como si allí no hubiese cosa corruptible”. Y así se puede seguir la incorrupción después de muchos años y los mismos médicos que la examinaron se admiraban de que la sangre del cadáver estuviese fresca como en un cuerpo vivo cuando suele coagularse pronto.

Un momento de la gran verdad de la incorrupción fue cuando le extrajeron el corazón en 1591 antes de comenzar los Procesos de beatificación y canonización, operación hecha por dos cirujanos de Salamanca y ante el obispo, Don Jerónimo Manrique, “médicos muy famosos”. Una testigo del hecho, monja del convento de descalzas, dejó este testimonio: “Abrieron el dicho santo cuerpo por un lado -escribe- […] y le sacaron el corazón que, al presente está en este convento en un viril de plata”. Y lo más curioso es que se lo entregó a una monja y “sintió que la mano derecha en que le tenía le daba pulsadas”.

No obstante este hecho prodigioso, pienso que la gran reliquia de la madre Teresa son sus obras y, sobre todo, sus autógrafos tan abundantes. Allí sigue latiendo su alma, su espíritu que no perece.

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