Una noche en una mala posada

Pedro Paricio Aucejo

(Publicado el 13 de octubre de 2018 en el diario Las Provincias de Valencia)

En los escritos de santa Teresa de Jesús –consagrados históricamente como inequívocos monumentos de la espiritualidad cristiana–, junto a elementos autobiográficos, místicos, fundacionales y de gobierno y costumbres de su Orden, aparecen abundantes referencias a viajes. Movida por el incesante trajín de la fundación de sus conventos, la religiosa abulense recorrió en muchas ocasiones los caminos de Castilla y Andalucía, con cuya descripción literaria contribuyó a una mejor comprensión del ambiente social de la segunda mitad del siglo XVI.

Si las jornadas normales que solía hacer en compañía de su séquito eran de cinco leguas o treinta kilómetros –algunas de las cuales terminaban al anochecer– y se llevaban a cabo en distintas estaciones del año, con trayectos de hasta seis semanas de duración, es fácil imaginar la variedad de ingredientes que componían sus desplazamientos. Especialmente en Las Fundaciones y en sus Cartas se evocan las diferentes tramas paisajísticas de sus itinerarios urbanos y rurales, en los que, junto a la dispar climatología, adquirían protagonismo cielos, ríos, castillos, caminos, carros y posadas.

Estas últimas aparecían como el engañoso paréntesis de descanso tras la dureza del viaje. Las penosas condiciones materiales de esos alojamientos,  el afán de lucro de sus propietarios, las burlas y matracas con que se recibía a los forasteros, los frecuentes hurtos en sus estancias o los desagradables asaltos eran –entre otros–  el colofón que remataba una marcha diaria sometida a la inclemencia de las malas comunicaciones, los accidentes naturales y el peligro de los caminos de la época.

La descripción que la Condesa D´Aulnoy (1651-1705) hizo de estos establecimientos en su Relación del viaje por España puede dar buena cuenta de lo que allí sucedía. Según la escritora francesa, cuando se llega a las posadas españolas, “ni se halla puchero en la lumbre, ni un plato fre­gado. Se entra por el patio, lleno de mulas y arrieros que hacen servir las albardas de mesa por el día y de almohada por la noche. Comen y duermen en amistosa compañía con las bestias, que compar­ten con ellos el trabajo. El huésped es guiado a un aposento cuyas camas [tienen] las sábanas del tama­ño de una toalla; las toallas, poco mayores que un pañuelo de sonar; y es preciso alojarse en una posada importante para disponer de media docena de servilletas, pues en la mayoría no se ve una sola servilleta ni tampoco tenedores. No hay más que un vaso en toda la casa”.

Siguiendo parte del retablo visto en 1679 por Madame D´Aulnoy, “es imposible calentarse junto al fuego de las cocinas, porque, como estas no tienen chimenea, el humo ahoga. [Allí] se reúnen al amor de la lumbre una docena de hom­bres y otras tantas mujeres, todos más negros que el diablo, apestosos y sucios como cerdos, vesti­dos como pordioseros. No falta nunca uno que rasguee torpemente la guitarra y cante como un gato enronquecido. Todos son más ladrones que las urracas y solo se apresuran a servirnos para hurtarnos algo, aunque solo sea un alfiler. [Cuando] nos preguntan si queremos comer, no creáis que basta decir: ´Traedme tal o cual cosa´ para que os la sirvan. Con frecuencia no hay lo que se pide; pero si lo hay en alguna parte será preciso adelantar el dinero para que vayan a comprarlo. De manera que antes de co­mer se ha pagado ya la comida, pues no se le consiente al dueño de la posada ofrecer más que sus habitaciones. A una mujer no se le permite hospedarse más de dos días en una posada de las que se hallan en los caminos, si no expresa las razones que a más larga permanencia la obligan”.

Si lo narrado por la aristócrata gala acontecía un siglo después de que falleciera nuestra descalza universal, resulta fácil hacerse cargo de la consideración general que de aquellas posadas tendría la reformadora del Carmelo y de cómo se sirvió metafóricamente de ellas para explicar a sus hijas espirituales la desventura que supone el infierno y la necesidad de evitarlo haciendo penitencia en la vida presente.

Así, en Camino de perfección, después de darles avisos sobre algunas tentaciones y exponerles que el método seguro para librarse de ellas es andar siempre en amor y temor de Dios, les exhortó de la siguiente manera: “¡Qué temeroso lugar [el infierno]; ¡qué desventurado hospedaje! Pues para una noche una mala posada se sufre mal, si es persona regalada (que son los que más deben de ir allá), pues posada de para siempre, para sin fin, ¿qué pensáis sentirá aquella triste alma? Que no queramos regalos, hijas; bien estamos aquí; todo es una noche la mala posada. Alabemos a Dios. Esforcémonos a hacer penitencia en esta vida. Mas ¡qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha y no ha de ir al purgatorio! ¡Cómo desde acá aun podrá ser comience a gozar de la gloria! No verá en sí temor sino toda paz” (cap. 40, 9).

¡Buen camino el señalado por la santa de Ávila para no caer definitivamente en la peor de todas las malas posadas!

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