Teresa, biógrafa

Pedro Paricio Aucejo

Desde tiempos remotos, la narración biográfica ha sido usada para exaltar a personas que desarrollaron un papel importante en la época que les tocó vivir, ya por los sucesos acaecidos en su existencia, ya por las aportaciones, actitudes, experiencias e ideas que evidenciaron el modo como la habían afrontado. Santa Teresa de Jesús no fue una excepción en la práctica de este ejercicio literario, de manera que dedicó varios capítulos de su Libro de la Vida a reseñar aspectos biográficos –los primeros desde una perspectiva cronológica– de su coetáneo Juan de Garavito y Vilela de Sanabria (1499-1562), que, con el paso de los años, llegaría a ser san Pedro de Alcántara.

La amplia referencia personal al fraile franciscano español en la obra de la carmelita castellana –cuya pretensión fue que esta resultara lo más anónima posible– evidencia su indiscutible prestigio espiritual, siendo uno de los escasos personajes contemporáneos citados por ella en dicho texto¹. Algunos de los epítetos (‘santo hombre’, ‘bendito’ y ‘de gran espíritu’) que Teresa de Ahumada dedica al religioso extremeño en el retrato literario acerca de los hitos fundamentales de su vida –mortificación, pobreza, oración, descanso, comida, vestido…– declaran la ejemplaridad de la conducta del santo y, a la vez, la alta estima con que le distinguió la monja abulense.

Su vida contemplativa no fue obstáculo para hacer largos viajes –con frecuencia a pie, sobre todo por Extremadura y Portugal– y relacionarse epistolarmente con muchas personas. Conocido por su áspera penitencia y por los prodigios que ocurrían en torno a su persona, dejaba su rastro de santidad allá por donde iba. Fue consejero de nuestra mística universal, con quien se encontró por primera vez en agosto de 1560, en Ávila, en casa de doña Guiomar de Ulloa.

Este encuentro marcó profundamente la vida de la santa, si bien ambos se prestaron mutua ayuda en el camino del espíritu y la renovación de la vida religiosa. En aquel momento, el fraile tenía 61 años, aunque Teresa dirá de él que ‘era muy viejo cuando le vine a conocer, y tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles. Con toda [su] santidad era muy afable, aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle. En estas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento’.

Teresa conectó enseguida con él (‘vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester’), que la tranquilizó y aseguró su espíritu: le confirmó el carácter divino de sus experiencias interiores (‘dejóme con grandísimo consuelo y contento’). Igualmente la orientó (me dio luz en todo) y, como reformador franciscano que fue, le dio el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación –en pobreza absoluta– del convento de San José de Ávila. Del mismo modo, este fraile fue su referente en materia de oración, no solo por su asesoramiento oral sino a través de sus escritos, en particular gracias a su Tratado de la oración y meditación, versión popular del Libro de la oración y Meditación de Fray Luis de Granada, reducido por el santo.

Por su parte, también Pedro de Alcántara abrió su corazón a la futura doctora de la Iglesia, hecho que fue reflejado por esta en los siguientes términos: ‘Él se consolaba mucho conmigo y hacíame todo favor y merced, y siempre después tuvo mucha cuenta conmigo y daba parte de sus cosas y negocios…. Y como me veía con los deseos que él ya poseía por obra y me veía con tanto ánimo, holgábase de tratar conmigo’.

De esta forma, surgió una profunda amistad espiritual entre ambos, que tendría su último contacto terrenal en agosto de 1562, momento en que –a pesar del recrudecimiento en esa fecha de la enfermedad que arrastraba desde hacía algunos añosel franciscano pudo ver y bendecir el convento teresiano de San José, a la espera de su próxima inauguración. Los últimos instantes de su existencia fueron recogidos así en la autobiografía de la autora: ‘Fue su fin como la vida, predicando y amonestando a sus frailes. Como vio ya se acababa, dijo el salmo de Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi, e, hincado de rodillas, murió’. Su fallecimiento se produjo el 18 de octubre de aquel mismo año.

Por último, después de este hecho, santa Teresa de Jesús declaró en su libro haberle ‘visto muchas veces con grandísima gloria’, precisando además algunos detalles de la primera aparición del santo después de fallecido: ´entre otras cosas, diciéndome lo mucho que gozaba, que dichosa penitencia había sido la que había hecho, que tanto premio había alcanzado’.

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¹ Cf. Centro de Estudios dedicado a Pedro de Alcántara; Me dio luz en todo’. Teresa de Jesús y fray Pedro de Alcántara; Pedro de Alcántara escribe a la Madre Teresa [Consulta: 30 de agosto de 2018].

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