‘Topar tan bien’. Carta de 15 de diciembre de 1581

El destinatario de esta carta es un sobrino de Teresa —hijo de su hermano Lorenzo de Cepeda, que también lleva su mismo nombre—, y está dirigida a Quito. Esta es la segunda carta —de las dos que se conservan— escrita por Teresa a Lorencico, como a veces lo llama. El joven Lorenzo, nacido en esa ciudad en 1562, había venido a España junto a su padre y hermanos, en 1575. Al cumplir los dieciocho, en 1580, regresó, para hacerse cargo de la encomienda que allí tenía su padre, que aportaba abundantes ingresos.

Comienza Teresa haciendo referencia a la carta recibida del sobrino, en la que se mezclaban alegrías y penas. La alegría, por su reciente matrimonio con Dª. María de Hinojosa, y la pena, por enterarse de la muerte de su padre, el hermano de la Santa, algo que ella le había comunicado en carta anterior (27 diciembre 1580). La mención de su difunto hermano le lleva a referirse a las penurias económicas en que adivina se ha de ver Francisco, el hermano de Lorenzo, también recién casado con una dama de Madrid de mucha nobleza y poco dinero. Teresa ya atisba que esa situación puede ser una fuente de problemas, cuando le comenta a Lorenzo: «con las mandas que su padre (que haya gloria) hizo y con el remedio de Teresa y deudas, hale quedado tan poco que, si Dios no lo remedia, no sé cómo ha de vivir». La suegra de Francisco intentaría ganarse a Teresita para que renunciase a su parte en favor de su hermano, lo que ocasionó muchos sufrimientos a la joven y también a su tía. Finalmente, Francisco dejaría un memorial de deudas en poder de su esposa y se marcharía a América en busca de fortuna, que no consiguió, y allí fallecería en 1617.

Llaman la atención las palabras con las que la Santa se refiere a Teresita. Entre bromas y veras, se percibe una honda corriente de cariño hacia su sobrina y futura carmelita descalza, criada en el convento desde niña. Es alivio en su vejez y pondera su talento y cordura, así como su comportamiento ejemplar, «que a todas nos edifica». Intercede por la joven novicia, buscando que su hermano se vuelque afectiva y crematísticamente con ella: «No deje de escribirla, que está bien sola; y para lo que la quería su padre y los regalos que le hacía, háceme gran lástima que no haya quien se acuerde de hacerle ninguno».

Teresa, en esta carta, hace una llamada de atención a Lorenzo para que se preocupe de una hija natural que engendró antes de su partida para Quito: «no se descuide en procurar que se críe bien». La Santa lleva a cabo un alarde de diplomacia, mezclando la reconvención con la ternura: «Harta misericordia de Dios ha sido topar tan bien y haberse casado tan presto, que según de temprano ha comenzado a ser travieso, trabajo tuviéramos. En esto veo lo que le quiero, que con ser cosa para pesarme mucho por la ofensa de Dios, de que veo se parece tanto a vuestra merced esta niña, no la puedo dejar de allegar y querer mucho. Para ser tan chica, es cosa extraña lo que parece a Teresa en la paciencia».

Según parece, la niña había sido acogida en el monasterio de San José de Ávila y la casa se encontraba en apuros económicos, a falta de uno de sus importantes benefactores: «No fuera menester enviar vuestra merced nada para esto, si no es porque esta casa está ahora en gran necesidad, porque murió Francisco de Salcedo (que haya gloria) y dejó aquí una manda, que es poco para tener de comer -que aun para cenar no hay- y luego quitaron casi toda la limosna» . No nos ha llegado ninguna otra información sobre la criatura. Muerta la Santa, no quedó quien la mencionase para la posteridad. A su sobrino le dice llanamente lo que ha de hacer: «ir enviando alguna cantidad de dineros —pues Dios se los ha dado— y que se pongan a censo para los alimentos». No solo para esta niña pide Teresa. También para su sobrina Beatriz, hija de su hermana Juana, que quiere ser monja y no tiene dote. Tenía razón la Madre al recordarle que Dios le había dado fortuna. Y es que Lorenzo fue buen gestor de la encomienda que su padre había dejado en las Indias y supo acrecentar su hacienda, ayudado también por la familia de su esposa. Dejó una abundante descendencia que hoy llevan los apellidos familiares por distintos lugares de Latinoamérica.

Hacia el final de la carta, encontramos una referencia a otro hermano de la Santa, Agustín de Ahumada. Llevaba en mente regresar a España después de más de treinta años en América. Teresa lo ve con preocupación, ya que temía que, a su regreso, se encontraría aquí sin oficio ni beneficio. Sin embargo, no realizaría el viaje en vida de la Santa, sino que se embarcaría por tierras amazónicas, con la ayuda económica de Lorenzo, en busca de El Dorado: una expedición que fracasó y que supuso un revés económico importante para su sobrino.

Se puede leer la carta en este enlace:

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