Testigo de inhabitación

Pedro Paricio Aucejo

Si la vida cristiana es un desarrollo progresivo de la gracia santificante, esta –como comunicación de la misma vida divina– produce una divinización en el hombre, de modo que lo transforma en un nuevo ser. El desarrollo perfecto de la gracia consiste en un conocimiento iluminado de los misterios de Dios y en un incremento y purificación del amor, hasta el punto de anticipar aquí en la tierra la vida de los bienaventurados en el cielo. Esa gracia –como recuerda el profesor Enrique Llamas Martínez (1926-2017)¹– es la raíz del misterio de la ‘inhabitación trinitaria’, fundamento de la vida y de la experiencia mística.

A causa de este contenido de fe, el hombre justificado puede vivir, comunicarse y gozar con la compañía del Huésped divino. El alma, consciente de esa presencia de Dios, se acostumbra a escuchar su voz cercana y penetrante y a dialogar con Él. Es el don más alto y estimable que Dios ha podido hacer a las almas en esta vida: comunicarse con ellas en una donación de amor.

En la visión teológica de santa Teresa de Jesús, ese hecho –según explica el carmelita Tomás Álvarez (1923-2018)²–, es visto como el cumplimiento de la promesa de Jesús de hacer morada en quien ame y guarde sus mandamientos; como el mayor refrendo de la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios; y como expresión suma de la misteriosa comunión de Dios con el hombre.

A semejanza de lo que ocurre en otros ámbitos del magisterio espiritual de nuestra descalza universal, es la experiencia mística del dato revelado su gran punto de apoyo (‘en ninguna manera podía [yo] dudar que [Dios] estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en Él’). Ahora bien, desde dicha experiencia es posible articular el pensamiento de la Santa en este tema, cuya vivencia de la Trinidad se manifiesta no solo como ‘compañía’ presente (‘quedaron en mi alma tan imprimidas aquellas tres Personas… [que siento] estar allí Dios vivo y verdadero’), sino como realidad remodeladora de su vida y de su ser profundo.

En la evolución de la vida espiritual de la religiosa de Ávila, la experiencia de la inhabitación trinitaria se desarrolla en el período de plenitud, codificado por ella en las moradas séptimas. Es entonces cuando Teresa de Ahumada testifica su sorpresa al pasar de la experiencia de la Humanidad de Cristo a la de la Trinidad; es decir, no solo incorporada a Cristo sino habitada por ‘los Tres’. Este estado –que caracteriza la plenitud de la vida del cristiano– representa la última etapa del proceso espiritual, que la mística castellana, siguiendo la tradición, denomina ‘matrimonio espiritual del alma con Dios’.

La inhabitación se produce en ‘el hondón del alma’, en ‘lo esencial del alma’, que, para la carmelita española, es zona reservada a Dios. Y es ahí precisamente donde se da el supremo contacto del espíritu creado con la divinidad, la unión de los dos: ‘aquí se le muestra [al alma] la Santísima Trinidad, todas tres Personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas Personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma –podemos decir– por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan’ (Moradas 7, 1, 6).

Para el mejor especialista del mundo en santa Teresa de Jesús³, lo contenido en este texto “son palabras de testigo”, que muestran la experiencia teresiana de la inhabitación trinitaria como preludio y presagio de la vida beatífica.

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¹ Cf. ‘Inhabitación trinitaria’, en VV. AA., Diccionario teológico. El Dios cristiano (dirigido por PIKAZA, X. y SILANES, N.), Salamanca, Secretariado Trinitario, 1992, pp. 691-710.

²Cf. ‘Teresa de Jesús, Sta.’, en VV. AA., Diccionario teológico. El Dios cristiano (dirigido por PIKAZA, X. y SILANES, N.), Salamanca, Secretariado Trinitario, 1992, pp. 1344-1353.

³Op. cit., pág. 1352.


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