Catalina de Cardona, en la otra ladera del monte Carmelo

Tras la primera fundación de frailes teresianos en Duruelo, las circunstancias hicieron que se fundara una comunidad auspiciada por los príncipes de Éboli, en sus dominios de Pastrana.

Los protagonistas de esta fundación serían dos ermitaños italianos provenientes del desierto del Tardón: Juan Narduch (en religión, llamado fray Juan de la Miseria) y Mariano Azzaro (que tomó el nombre de Ambrosio Mariano de San Benito). Teresa de Jesús, aun sin considerarlos totalmente idóneos, ve en ellos una posibilidad de continuar la rama masculina iniciada en Duruelo: «Yo les aderecé hábitos y capas, y hacía todo lo que podía para que ellos tomasen luego el hábito» (F 17, 14).

Pastrana experimentará un gran florecimiento vocacional, pero vivirá un estilo muy desviado del que Teresa soñaba. El desequilibrio vendría, una vez más, de la mano del rigor, la gran obsesión de todas las reformas. Y leemos en una de sus cartas, dirigida a Ambrosio Mariano, a propósito de unas palabras de Juan de Jesús (Roca):

«Lo que dice el padre fray Juan de Jesús de andar descalzos, de que lo quiero yo, me cae en gracia, porque soy la que siempre lo defendí [prohibí] al padre fray Antonio, y hubiérase errado. Si tomara mi parecer, era mi intento el desear que entrasen buenos talentos, que con mucha aspereza se habían de espan­tar; y todo ha sido menester para diferenciarse de esotros» (12 diciembre 1576, 5).

Quizá se puede situar en este contexto una Cuenta de Conciencia de la Madre, testigo de su honda preocupación por la naciente rama masculina:

«Estando un día muy penada por el remedio de la Orden, me dijo el Señor: “Haz lo que es en ti y déjame tú a Mí y no te inquietes por nada; goza del bien que te ha sido dado, que es muy grande; mi Padre se deleita contigo y el Espíritu Santo te ama”» (Toledo, 1570-71).

Al noviciado de Pastrana afluyeron muchos jóvenes desde la cercana Alcalá de Henares. Ni siquiera Juan de la Cruz podría reconducir lo que llamaría después “penitencia de bestias”:

«Dos laderas mostraba el Monte Carmelo descalzo, la suave e inteligente de la M. Teresa y fray Juan, la áspera e inculta de los feroces penitentes de Pastrana»[1].

Así estaban las cosas cuando una figura se cruza en la historia de los orígenes de la orden: la ermitaña Catalina de Cardona (1519-1577), que fascinaría a muchos con sus asombrosas penitencias. Había vivido en la Corte, donde llegó a ser aya de D. Juan de Austria. Ya viuda, abandona la vida cortesana y opta por la eremítica. Sus contactos con Ambrosio Mariano dan pie a una influencia nociva en la comunidad de Pastrana que supondrá importantes desvíos por parte de sus seguidores.

La Cardona nunca se sujetó a la vida de las carmelitas descalzas. La razón, según Francisco de  Santa María, era que «vivir entre monjas, comúnmente melindrosas, cariñosas, afectuosas… no lo llevaba la grandeza de su corazón, que excedía a los robustos anacoretas»[2]. Prefirió vestir el hábito de los frailes, y permanecer, a su aire, en una cueva cerca de la Roda (Albacete). A cierta distancia de su gruta, se fundaría, con la ayuda económica que ella recabó en la Corte, un monasterio de descalzos: Nuestra Señora del Socorro.

Teresa, en el libro de las Fundaciones, parece alabarla y ponerla como ejemplo. Ella no la conoció personalmente y, en realidad, detrás de los elogios, se  da  una postura un tanto ambigua, que podríamos llamar incluso crítica: la considera una persona que solo se deja llevar por sus impulsos, sin tener en cuenta los criterios de personas letradas. Su estilo de vida no tiene futuro, desde las disposiciones de Trento, ya que los padres conciliares «mandaron reducir a las órdenes los ermitaños» (17,8) buscando reconducir un tipo de vida que tenía más de excéntrico quede evangélico.

La figura de esta mujer suscita una mezcla de admiración y espanto, y evoca un modelo de santidad que, en definitiva, poco tiene que ver con el que Teresa ha descubierto y potencia: mayor atención a lo interior (la radicalidad en las actitudes), que a las expresiones externas, que pueden tener mucho de deseo de llamar la atención.

El mismo padre Jerónimo Gracián parece respaldar esto cuando afirma:

«Tenía la M. Teresa hermosa condición, tan apacible y agradable, que a todos los que trataban con ella, atraía tras sí, y la amaban y querían, aborreciendo ella las condiciones ásperas y desagradables que a veces tienen algunos santos crudos, con que se hacen a sí mismos y a la santidad, aborrecibles»[3].

Cuando en una ocasión, Teresa duda de si no hubiera hecho mejor siguiendo el camino penitencial de la Cardona, escucha a Cristo, que la convence de todo lo contrario, con  estas palabras: “eso no, hija; buen camino llevas y seguro. ¿Ves toda la penitencia que hace?; en más tengo tu obediencia” (CC 20)».

“La buena mujer”, como se la conocía también, cuya ropa –según contaron las monjas de Toledo a la Santa y ella reproduce en las Fundaciones– olía a reliquias, deslumbró a muchos frailes, que la llegaron a invocar como fundadora:

«Los frailes descalzos más tienen y mejor les está imitar a la ermitaña Cardona que a la monja Teresa […]. Es fuerza decirlo, que no es menos fundadora de los frailes descalzos la Madre Cardona que Teresa de Jesús, ante más porque del convento de Pastrana, que fundaron el padre Mariano y fray Juan de la Miseria, se ha multiplicado la Orden más que de la casa de Mancera que fundaron los dos frailes calzados que redujo a descalzos la Madre Teresa. Y aquella casa de Mancera ya acabó. Y ansí la casa de Pastrana es agora la primera, y, por consiguiente, la matriz y medida de vida»[4].

Así, el cronista Francisco de Santa María, que le dedica nada menos que veinte capítulos en su obra, la llamará “coadjutora de la gran Teresa en la renovación del Carmelo, fundando Conventos ermitaños para varones descendientes del milagroso Elías”[5]. Gracián, por su parte, argumenta:

«Llaman algunos relajación cualquier manera de aflojar del rigor y aspereza corporal, y son los que saben poco de espíritu y ponen toda la perfección en rigor, pareciéndoles que no hay otra virtud sino la penitencia; mas si por obedecer a los superiores o por tener fuerzas y conservar la salud para guardar la ley de Dios y cumplir con las obligaciones de su estado, o para ejercitar otras obras de caridad y de mayor perfección, se afloja del rigor y aspereza del cuerpo, no es relajación sino virtud y merecimiento»[6].

Del sufrimiento de la santa por el rumbo que toma la rama masculina nos deja constancia en el libro de las Fundaciones al referirse a Gracián:

«Aunque no fue él el primero que la comenzó, vino a tiempo que algunas veces me pesara de que se había comenzado si no tuviera tan gran confianza de la misericordia de Dios. Digo las casas de los frailes, que las de las monjas, por su bondad, siempre hasta ahora han ido bien; y las de los frailes no iban mal, mas llevaba principio de caer muy presto; […] En cada casa hacían como les parecía. […] Harto fatigada me tenían algunas veces» (F 23, 12).

Teresa vio en Gracián la persona que su Orden necesitaba, con cualidades humanas y formación como para reconducir la situación que se iba creando. Temía ella que ese ambiente y ese estilo acabara afectando también a las monjas, contagiadas por los varones que las atendían. Esa es la razón por la que Teresa pedirá a sus descalzas de Pastrana que se guíen únicamente por el criterio de Gracián, como él mismo relata:

«La madre Teresa de Jesús, viéndome en su Orden, envió a mandar a las monjas Carmelitas Descalzas de Pastrana que me obedeciesen como a su persona, que hasta entonces no había consentido que ningún fraile, ni calzado ni descalzo, tuviese en ellas mano ni superioridad alguna, temiendo, como ella después me dijo con lágrimas, la opresión con que los frailes suelen tratar las monjas con título de obediencia, quitándoles la santa libertad de espíritu de escoger buenos confesores, y algunos la que les da el consuelo que ella tanto estimaba y ellos tanto abominan»[7].

Dos estilos irreconciliables, el de la Cardona y sus seguidores y el del humanismo de la Madre, partidaria de «apretar mucho en las virtudes, mas no en el rigor» (Al P. Ambrosio Mariano, 12 diciembre 1576, 8).


[1] Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, Tiempo y vida de Santa Teresa (Madrid: B.A.C., 1996), 458.
[2] Francisco de Santa María, Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la primitiva obediencia, Tomo I, (Madrid, 1644), 606.
[3] Silverio de Santa Teresa (ed), “Sermones” en Obras del P. Jerónimo Gracián,  Tomo II (Burgos: Tipografía “El Monte Carmelo, 1933), 499-500.
[4] Ángel de San Gabriel, De la buena muger doña Catalina de Cardona, Madrid, Biblioteca Nacional, ms. 4213, fol. 95 en Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, Ob.Cit., pp 468-69.
[5] Francisco de Santa María, Ob.Cit., 577.
[6] Silverio de Santa Teresa (ed), “Dilucidario del verdadero espíritu” en Obras del P. Jerónimo Gracián, Tomo I (Burgos: Monte Carmelo, 1933), 103-4.
[7] Silverio de Santa Teresa (ed), “La peregrinación de Anastasio” en Obras del P. Jerónimo Gracián, Tomo III, (Burgos: Monte Carmelo, 1933).


2 respuestas a “Catalina de Cardona, en la otra ladera del monte Carmelo

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