La primera difusión europea

Pedro Paricio Aucejo

La historia de la literatura está plagada de autores para los que su oficio de escribir la vida y vivir la escritura resulta algo inevitable: componen a diario para aclarar sus ideas y desplegar todas las posibilidades de su personalidad. Pero –afortunadamente para los demás– son conscientes al mismo tiempo de la conveniencia de compartir esta suerte de realización existencial, de modo que deciden dar a conocer lo que escriben por si ello puede ayudar a alguien, si bien la difusión de sus escritos no siempre se produce en vida de sus creadores.

Este fue el caso de Teresa de Ahumada, que, en el momento de su muerte, dejó un buen lote de manuscritos autógrafos. Redactados de forma restringida para la intimidad de sus monjas o para el discernimiento personal de sus confesores y asesores, estos textos se fueron difundiendo en humildes copias a mano cuyas apresuradas transcripciones deterioraban peligrosamente su contenido. Constatado este hecho por la religiosa de Ávila, decidió editar Camino de perfección, confiando su reproducción tipográfica, en la primera quincena de julio de 1579,  a  su fiel amigo don Teutonio de Braganza, arzobispo de Évora (Portugal). Sin embargo, la publicación de este libro se produciría en 1583, un año después del fallecimiento de la Santa.

A partir de ese momento se sucedería sin cesar la propagación de su literatura a lo largo de los siglos. A causa de su numerosa reiteración editorial, resulta difícil documentar estadísticamente la difusión de los textos teresianos, incluso teniendo en cuenta solo la generada en los idiomas europeos. Según la información aportada por el carmelita descalzo Tomás Álvarez (1923-2018)¹, ya en 1969, con ocasión del inminente doctorado eclesial de la monja abulense, Simeón de la Sagrada Familia –director a la sazón de la biblioteca del ‘Teresianum’ en Roma– ofreció, al final de su extensa Bibliographia operum S. Teresiae a Iesu typis editorum (1583-1967), una elemental estadística de las ediciones textuales teresianas en las imprentas de las principales ciudades europeas. Si bien desde que fueron publicados estos datos han ido en aumento las ediciones de sus obras dentro y fuera de Europa, las referencias expuestas allí pueden servir orientativamente como muestra de la difusión de los escritos de la autora española en Europa. Las ciudades allí citadas en las que vio la luz el mayor número de ediciones son: Madrid, con 209; París, 186; Barcelona, 95; Londres, 89; Venecia, 62; Roma, 36; Lyon, 30; Amberes, 25; y Múnich, 19.

Para el mejor especialista del mundo en la descalza castellana, el ingreso de los libros teresianos en Europa no fue fulminante, pero estuvo favorecido por el esplendor de su personalidad y popularidad, refrendadas por la traducción y propagación de su biografía, publicada por Francisco de Ribera (1537-1591). Los escritos teresianos se difundieron primero en italiano y luego en francés. En Italia había sido publicado en varias ocasiones el opúsculo de las Exclamaciones, que fue reproducido nuevamente en 1599. Ese mismo año se publicó el Libro de la Vida, traducido por G. Francesco Bordini. Sobrevino enseguida la versión italiana de Camino y Moradas. Fue su traductor el español Francisco Soto de Langa, fundador del primer Carmelo Teresiano de Roma. Las tres obras esenciales de la carmelita universal se reimprimieron en italiano numerosas veces, si bien solo en 1636 se reunirían en un volumen.

La penetración de los escritos teresianos en lengua francesa fue ligeramente posterior, si bien despertaron inmediato interés entre los devotos del país vecino y gran éxito editorial. La primera iniciativa se debe a un caballero-sacerdote de padre español y madre francesa, Juan de Quintanadueñas Brétigny, bien avezado en ambos idiomas, el galo y el castellano. En 1598, este autor publicó en un solo volumen las tres obras mayores de la descalza castellana, traducidas por Jean de Brétigny Prêtre, quien ese mismo año publicó también Camino y Moradas.

En último término, más allá de las versiones italianas y francesas, pronto se difundieron en Europa los escritos teresianos en la lengua culta de entonces, y en cierto modo internacional, el latín. Fue en 1603 cuando, en la ciudad alemana de Maguncia, vio la luz la primera versión latina del Libro de la Vida, traducido no desde el original español sino desde la versión italiana de Bordini. Este texto latino fue mejorado tanto con la nueva versión de Vida desde el original español, publicada en Roma ese mismo año por el carmelita Andrés de Jesús María, como con la publicación latina en Colonia de Vida, Camino y Moradas por Matías Martínez de Vaulquier en 1610 y, de nuevo, en 1626. Esta postrera versión latina es especialmente importante, no solo por la difusión de la palabra teresiana en el ámbito cultural, sino por servir de transmisora de sus textos en la liturgia y en los documentos oficiales durante los siglos XVII y XVIII.


¹ Cf. ÁLVAREZ, Tomás,  “Santa Teresa de Jesús. Primera onda difusora de sus escritos”, en NAVARRO DURÁN, Rosa (Comisaria), Teresa de Jesús. La prueba de mi verdad [Catálogo de exposición (eBook)], Madrid, Biblioteca Nacional de España-Acción Cultural Española, 2015, pp. 149-166.

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