El resplandor de la fraternidad comunitaria

Pedro Paricio Aucejo 

Una vez terminó su Última Cena, Jesús pronunció unas instrucciones finales: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, así os améis también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos”. De esa manera, el Señor estableció no una mera opción espiritual sino un imperativo de validez universal en cuyo ordenamiento no se excluye a ningún humano. Su cumplimiento se hizo realidad ejemplar en la relación de los primeros cristianos entre sí, hasta el punto que quienes contemplaban su modo de vida llegaron a exclamar: ‘¡Mirad cómo se aman!’. Sin embargo, el seguimiento de esta conducta ha encerrado dificultad en todo tiempo, especialmente en aquellas épocas cuya coyuntura histórica no favorecía dicha práctica evangélica incluso entre los mismos discípulos de Cristo.

Así, la España del siglo XVI presentaba un doble impedimento para su ejercicio: el común al talante discriminador imperante en la sociedad del momento y el específico de la configuración de la vocación religiosa y las costumbres conventuales. A este respecto, no todas las monjas lo eran por vocación y decisión personal: los intereses sociales y familiares contaban mucho a la hora de decidir el destino de la mujer, considerada menor de edad y sin capacidad ni derecho para disponer de su futuro.

En medio de esta situación, Teresa de Ahumada comprendió que su mejor aportación a la Iglesia y a la sociedad pasaba por vivir su identidad de amiga de Dios formando comunidades de religiosas, como muestra de que otro mundo era posible. Sin embargo, dado que la convivencia diaria no es algo sencillo, la Santa –según argumenta Mª José Pérez González¹– planteó la vida comunitaria de tal modo que potenciara al máximo la búsqueda del Ser Supremo por medio del pequeño grupo, la fuerte interacción personal, el régimen de libertad espiritual, el interés por las necesidades de la Iglesia, el afán por la formación, los fuertes vínculos entre las comunidades…

Así –para esta carmelita descalza del monasterio valenciano de la Sagrada Familia de Puçol–, la Fundadora buscó siempre que sus comunidades tuvieran un número reducido de miembros: ello favorecía las relaciones entre las hermanas y hacía más necesaria la participación de todas. Esta implicación no afectaba solo a la ayuda práctica para realizar las tareas necesarias de cara al mantenimiento del monasterio, sino, sobre todo, a la certeza de que la colaboración mutua es parte del apostolado que cada monja puede llevar a cabo en el seno de la comunidad (si se pierde el amor “piensen y crean que han echado a su Esposo de casa”). De este modo, la piedra de toque de la ligazón con Dios será el tipo de relación que se establezca con los demás (“hemos de procurar: ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas”), hasta el punto de ser decisiva para el discernimiento vocacional.

De ahí la relevancia del ejercicio de las virtudes, entre las que destaca la humildad, cuyo camino exige la renuncia a las honras, inductoras de un sistema de valores antievangélicos según el cual –al poner a unos por encima de otros– se destruyen las relaciones fraternas. La vida comunitaria multiplicará las ocasiones para crecer en el amor a Dios, porque Él siempre prefiere que se le adore sirviendo al prójimo: “obras quiere el Señor; y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella”. Esta ayuda se concretará también en la praxis de un trabajo (“cada una procure trabajar para que coman las demás”) que no quite el pensamiento en el Señor, ni impida el sosiego necesario para la vida interior. Y será extensible al itinerario formativo de la comunidad (“tan necesario para el alma, como el comer para el cuerpo”) e incluso a los momentos de recreación, requeridos para la distracción y el mantenimiento del buen humor.

Del mismo modo, esta vivencia de la fraternidad afectaba también al resto de conventos de descalzas, pues, aun siendo los monasterios teresianos células autónomas desde los inicios, estaban vinculados entre sí por estrechos lazos fraternos y de familia. Más aún, dicha fraternidad obligaba a que las enclaustradas no se desentendieran de los problemas del mundo, queriendo la mística de Ávila que esas realidades estuviesen presentes en la mente, en el corazón y en la plegaria de las religiosas.

En definitiva, la vida fraterna en comunidad fue entendida siempre por Teresa de Jesús como “un cielo si lo puede haber en la tierra”, por lo que la propone como signo inequívoco de evangelización: incluso el proyecto de su primera fundación fue concebido ya con el propósito de ser “una estrella que diese de sí gran resplandor”.


¹Cf. PÉREZ GONZÁLEZ, Mª José, «”Es posible y bello vivir juntas”. La vida fraterna según ‘VDq’ y Teresa de Jesús», en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2018, vol. 377, núm. 309, pp. 535-566.

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