Una santa para un nuevo siglo

Pedro Paricio Aucejo  

En 1996 la periodista y activista social estadounidense Dorothy Day (1897-1980) fue declarada Sierva de Dios por Juan Pablo II, quien a su vez, en 2000, autorizó a la archidiócesis de Nueva York el inicio del proceso de promoción de su canonización. Forzada a abandonar sus estudios universitarios por motivos económicos, su fuerte conciencia social le llevó a ejercer el periodismo para abogar por la justicia de los trabajadores y los pobres. Fue cofundadora del movimiento intelectual y social ´Catholic Worker´, que proporcionaba casas de acogida para personas sin hogar y refugios para mujeres, niños maltratados e inmigrantes indocumentados.

Durante un tiempo, su vida estuvo sentimentalmente fuera de control: romances fallidos, embarazo de uno de ellos, aborto voluntario y, a continuación, convivencia con un ateo militante con quien tuvo una hija, que decidió bautizarla como católica. Esta decisión desencadenó su separación, bautizándose ella un día después (su familia originaria era protestante). Un año más tarde recibió la confirmación. Desde ese momento, Dorothy vivió humildemente como madre católica soltera y llevó una vida piadosa que culminaría a sus 58 años como oblata benedictina.

Su vida fue una continua búsqueda de Dios en los más necesitados, siendo considerada modelo de conversión por Benedicto XVI. Esta transformación espiritual se produjo en parte como resultado de la influencia ejercida por su lectura de santa Teresa de Jesús. Cuanto más aprendió sobre la vida de la reformadora del Carmelo más vio en ella un espíritu afín: además de la preocupación por el prójimo, le atrajo la vida de oración y contemplación de la descalza, especialmente su énfasis en la encarnación de Cristo. Al igual que la Santa, quiso dedicarse totalmente a conocer a Dios. Esta visión de eternidad era lo que más le importaba en su vida y la fuente de su apasionamiento.

Siguió la estela fundacional de la religiosa castellana, haciendo también del principio de pobreza voluntaria un concepto central en la fundación de las casas de su movimiento social. Del mismo modo, el acompañamiento espiritual de la mística universal estuvo presente en el quehacer literario de la activista norteamericana. En medio de sus constantes viajes y demás exigencias de sus comunidades, Dorothy encontró tiempo para escribir, siendo el propósito de sus abundantes textos guiarse a sí misma, a los demás y tener una vida más profunda espiritualmente.

Sin embargo, esta íntima conexión entre mujeres de épocas y continentes tan alejados –la más importante de la carmelita de Ávila con la cultura norteamericana– fue propiciada curiosamente por el filósofo agnóstico William James (1842-1910), quien le dio a conocer a la escritora española. Este pensador, uno de los principales intelectuales finiseculares, creador del pragmatismo filosófico y reconocido como ‘padre de la psicología moderna’, fue el primero en enseñar esta disciplina en los Estados Unidos. A pesar de su escepticismo en materia de fe, estuvo fascinado por el atractivo psicológico de la religión, comenzó un estudio intensivo de esta y en 1902 publicó su obra Las Variedades de Experiencia Religiosa, que, según Francis J. Sicius² –profesor de la St. Thomas University Miami Gardens (Florida)– se convertiría en uno de los libros que Dorothy leería para navegar su propio viaje espiritual.

La mayor aportación de este estudioso a la difusión y valoración de la monja castellana vino dada por la descripción que de ella hizo como mujer de vigoroso carácter intelectual, espiritual e independiente y por su consideración como santa para el nuevo siglo. Cuando en aquel texto James habla de las apariciones de santa Teresa concluye afirmando que es “una de las mujeres más capaces de cuya vida tenemos un registro. Ella tenía un intelecto de gran alcance en orden práctico. Ella desarrolló una admirable psicología descriptiva. Poseía una voluntad igual frente a cualquier emergencia; gran talento para la política y negocios y una disposición agradable y un estilo literario de primera clase. Ella puso su vida… al servicio de sus ideales religiosos. [Su talento] palpable en todos los sentidos, lejos de ser ocultado, fue brillantemente evidente a todos los hombres”².

Esta representación detallada por James en su libro hizo que Day se viera reflejada en ella, capturara su atención e, intrigada, comenzara a leer las obras de santa Teresa, dejándose sentir su influencia poco a poco en la joven periodista hasta transformarla espiritual y personalmente.


¹Cf. pág. 409 de SICIUS, Francis J., “Santa Teresa de Ávila compañera espiritual de la Sierva de Dios Dorothy Day”, en Actas del XXIII Simposio del Instituto Escurialense: Santa Teresa y el mundo teresiano del Barroco, celebrado del 3 al 6 de septiembre de 2015, con motivo del V Centenario del nacimiento de la Santa, San Lorenzo del Escorial, 2015, pp. 405-416.

²JAMES, William, The Varieties of Religious Experience, New York, Signet Classic, 2003, pág. 293, citado por SICIUS, Francis J., op. cit., pág. 409.

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