Colaboradores populares en las fundaciones teresianas

Pedro Paricio Aucejo

La hondura de la reforma promovida por santa Teresa de Jesús en la Iglesia de su tiempo evidencia el coraje vertido por la monja abulense en sus fundaciones conventuales. Su impulso creador de monasterios –surgidos de la nada– fue debido a su inmarcesible determinación de erigir nuevas casas para Dios: esta era la única responsabilidad que contaba. Solo la muerte pondría fin al desasosiego de esta pasión, reflejada en Vida, Cartas y otros escritos, pero fundamentalmente en el libro de Las Fundaciones, donde aparecen también retratados personajes que le otorgan a la narración fundacional el interés de cosa viva: por allí desfilan los agentes que hicieron posible este proyecto teresiano y que, si bien de manera desigual, pertenecieron a todos los estamentos.

 En la realización de sus conventos no solo colaboraron las élites sociales (doña Luisa de la Cerda, doña María de Mendoza, la princesa de Éboli, doña Ana de Mendoza y la Cerda, doña Casilda de Padilla…), sino también quienes procedían de sectores menos privilegiados, como explica el historiador y carmelita descalzo Teófanes Egido¹.

Así, por lo que atañe a las mujeres, además de las aristócratas y las monjas –verdaderas protagonistas–, las que intervinieron en las fundaciones son incontables y de muy diversa condición. Solo en el mundo de la hidalguía, cabe citar a doña Guiomar de Ulloa, que fue animadora y fundadora legal en los documentos romanos de San José de Ávila; y doña Teresa Laiz, fundadora de Alba de Tormes. Ambas no tenían disponibilidades económicas, pero sí ánimo la primera y anhelos de prestigio la segunda.

En la historia fundacional salen asimismo al paso los pobres, que –además de ser evocados con agradecimiento– incluso a veces son recordados nominalmente por la Madre, puesto que resultaron eficaces colaboradores suyos. Fue lo acontecido con Nicolás Gutiérrez, en Salamanca, “un buen hombre de allí”, que desembarazó de estudiantes la casa en la tarde de Todos los Santos e incluso dio cinco hijas suyas a la descalcez teresiana. Tampoco era rico un benefactor, anónimo, cuya ayuda fugaz aconteció en el paso ajetreado por Córdoba camino de Sevilla, con ocasión del problema planteado por la misa en la mañana del día de Pentecostés. Otro pobre fue Alonso Andrada, recomendado para buscarle casa en Toledo donde fundar el convento, consiguiendo lo que personas ricas no habían podido lograr.

Del mismo modo, todos los trabajadores del gremio de la construcción resultaron imprescindibles en las fundaciones teresianas, especialmente los oficiales, que solían ser cómplices de la Santa en prisas y nocturnidades. Como sucedió en el asentamiento provisional de Valladolid (“hice muy secretamente venir oficiales y comenzar a hacer tapias para lo que tocaba al recogimiento y lo que era menester”) y en Toledo (“con un oficial nos fuimos a boca de noche con una campanilla para tomar la posesión”). Precisamente Teresa de Jesús dejó constancia de que el trato continuo con dichos trabajadores en esta última ciudad le hizo sentirse “cansada aquellos días de andar con oficiales”.

En la historia de las fundaciones aparece también el complejo mundo de los profesionales del transporte, encargados de trasladar a las monjas de un convento a otro. Se requería alquilar medios de desplazamiento y contratar carreteros y mozos para conducir los carros y cuidar de los animales. La carmelita universal menciona sobre todo a los que le llamaron la atención por sus fallos, como los registrados en el trance de los carros cruzando el Guadalquivir en barcazas.

Igualmente, puesto que la comunicación epistolar era esencial en su sistema de fundaciones, Teresa recurrió también al trato con arrieros y recueros para cumplir el servicio seguro y ágil del envío de sus cartas, al poder circular en sus rutas por caminos que no eran aptos para carros sino solo para mulas. Además de utilizar de forma habitual las postas como servicio ordinario de correos, los recueros aparecen con frecuencia en su epistolario, donde manifiesta expresamente su confianza en ellos para misivas delicadas o envíos y recepciones de dinero.

En último término, los mercaderes fueron elementos fundamentales y permanentes que intervinieron de forma directa o por mediación en la historia fundacional de Teresa de Jesús. No escatimó alabanzas a sus comportamientos, como en el caso del toledano Martín Ramírez, de quien escribió que “con trato lícito allegaba su hacienda, con intento de hacer de ella una obra que fuese muy agradable al Señor”. Asimismo, cuatro mercaderes –de los que Antonio Morán es el más representativo– hicieron posible la llegada del dinero que, desde Indias, mandó su hermano Lorenzo para la fundación de san José de Ávila. Blas de Medina y Simón Ruiz le ayudaron igualmente en la de Medina del Campo. Lo mismo hizo con la de Burgos la viuda del rico mercader Sebastián Muncharaz, doña Catalina de Tolosa, quien, además de entregarse ella misma, daría a la reforma teresiana a sus siete hijos.


¹Cf. EGIDO LÓPEZ, Teófanes, “´Mis amigos mercaderes´ y gentes del común, colaboradores en las fundaciones de santa Teresa”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2012, vol. 71, núm. 285, pp. 475-499.

 


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