Piedad eucarística en las fundaciones teresianas

Pedro Paricio Aucejo  

La acendrada religiosidad propiciada por el concilio de Trento (1545-1563) infundió un nuevo impulso espiritual al pensamiento cristiano. Es en este contexto doctrinal en el que se desenvolvió la vida y la enseñanza de santa Teresa de Jesús en materia sacramental. Su amplia formación cristiana le permitió reflejar en sus obras la teología del momento a este respecto. Por lo que atañe a la Eucaristía, tuvo el firme convencimiento de que una fundación solo quedaba erigida cuando se celebraba en ella la primera misa y quedaba instalado el Santísimo Sacramento, convicción sustentada en la centralidad del Santísimo como ‘Señor de la casa’. A pesar de que los letrados le informaron –aunque tarde– de que bastaba la misa para tomar la posesión, su deseo y su consuelo era “ver una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento”.

Como explica el carmelita descalzo Salvador Ros¹, al hacer memoria Teresa de Ahumada de su actividad fundacional, manifestó sus motivaciones y sentimientos: “Nunca dejé fundación por miedo del trabajo […], viendo en servicio de quién se hacía, y considerando que en aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo Sacramento […]. No sé qué trabajos, por grandes que fuesen, se habían de temer a trueco de tan gran bien para la cristiandad; que, aunque muchos no lo advertimos, estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está en el Santísimo Sacramento en muchas partes, gran consuelo nos había de ser” (Fundaciones, 18,5).

A la hora de implantar su nuevo estilo de vida comunitaria, la monja castellana tuvo muy en cuenta la importancia de la Eucaristía. Francisco de Ribera –su primer biógrafo– indicó que “tenía grandísima curiosidad en que todo lo que tocaba al servicio de este Sacramento estuviese muy cumplido y limpio y bien aderezado, como es la Iglesia y el altar y frontales y ornamentos y cálices y corporales, como se ve en todos sus monasterios por pobres que sean, y cuando estaba con grandes señoras y la ofrecían muchas cosas, a lo que se acodiciaba eran pastillas y pebetes para el Santísimo Sacramento, y procuraba fuesen los mejores que había”. Del mismo modo, de esta devoción le “venía la grande y entrañable reverencia que tenía a los sacerdotes, por ser ellos los que consagran”².

Estas disposiciones elementales tuvieron amplio desarrollo doctrinal y pedagógico en Camino de Perfección, donde dedicó tres capítulos (33-35) a educar la piedad eucarística de sus monjas. En ellos –según Ros García³–, se entiende fundamentalmente la Eucaristía como:

  1. Don supremo del Padre, que, en forma de pan, da para cada día y para siempre a su propio Hijo en persona (“mantenimiento y maná de la Humanidad, que le hallamos como queremos, y que, si no es por nuestra culpa, no moriremos de hambre”).
  2. Prolongación de la presencia real –aunque velada– de Cristo en el mundo (“no es representación de la imaginación […]. Esto pasa ahora y es entera verdad, y no hay para qué irle a buscar en otra parte más lejos”).
  3. Extremo del proceso de abajamiento de Jesús para hacérsenos más ‘tratable’ (“porque si el rey se disfraza, no parece se nos daría nada de conversar sin tantos miramientos y respectos con él; parece está obligado a sufrirlo, pues se disfrazó”).
  4. Manifestación suprema y especial de Cristo y de su amor (“de muchas maneras se da a conocer, conforme al deseo que tenemos de verle; y tanto lo podéis desear que se os descubra del todo”).
  5. Fuente y culmen de la unión con Cristo: en la comunión, el Señor se adentra en nosotros y nosotros nos adentramos en Él (“pues si, cuando andaba en el mundo, de solo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe?”).
  6. Ejercicio de sacerdocio bautismal (“que pues su santo Hijo puso tan buen medio para que en sacrificio le podamos ofrecer muchas veces, que valga tan precioso don para que no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos”). Santa Teresa de Jesús puso especial énfasis en transmitir a sus monjas la importancia de este último aspecto de la devoción eucarística, orientando su tarea religiosa en torno al servicio eclesial y las grandes necesidades de la Iglesia de la época: “para eso os juntó aquí [el Señor]; este es vuestro llamamiento, estos han de ser vuestros negocios, estos han de ser vuestros deseos”.

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¹Cf. pp. 475 y ss. de ROS GARCÍA, Salvador, “Eucaristía y experiencia mística en santa Teresa”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2015, vol. 74, núm. 297, pp. 465-483.

²DE RIBERA, Francisco, La vida de la Madre Teresa de Jesús, o. c., lib. IV, cap. 12, pp. 423-424, cit. por ROS GARCÍA, Salvador, op. cit., pág. 478.

³Op. cit., pp. 479-482.


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