La Virgen María en la literatura teresiana

Pedro Paricio Aucejo  

 Si la inicial oposición al designio de Dios acarreó la degradación de la condición humana, la restitución de esta exigió la salvación cumplida en Cristo, que vino a nuestro mundo para revelar el propósito divino de devolver al hombre una dignidad que ningún otro hecho le podía otorgar. La entrega de su propio Hijo para rescate de la humanidad es la mayor prueba del deseo salvífico del Padre y de su infinita misericordia.

En el diseño divino de la redención, la Virgen desempeñó un papel decisivo: permitir que Dios se hiciera hombre para hacer posible la recuperación del proyecto creador original sobre la humanidad. Por ello, las gracias que María puede conceder a los hombres son fruto de su responsable y total adhesión a la voluntad de Dios y, en consecuencia, de su privilegiada e íntima participación en la historia de la salvación.

Esta insustituible función mariana fue recogida por santa Teresa de Jesús en diversos momentos de su obra. Así, por lo que respecta a su implicación en las distintas etapas biográficas de Jesús, la monja abulense –como señala el profesor Secundino Castro¹– contempló a María como plenamente cristificada ya en sus relaciones maternales con el Hijo de Dios: “Pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús…” (Vida 6,8). También aludió de forma especial a su presencia en la Pasión del Señor y recogió el tema –no conservado en los evangelios– de que Jesús, después de resucitar, se apareció en primer lugar a su madre.

Pero es sobre todo la vertiente mística de la Virgen la que fue abordada desde diferentes perspectivas por la descalza castellana. En sus Meditaciones sobre los Cantares (6,8) presenta a María como la verdadera esposa que ha alcanzado las cumbres místicas bajo la sombra del Espíritu Santo: “Oh Señora mía, cuán al cabal se puede entender por Vos lo que pasa con la esposa conforme a lo que dice en los Cánticos”. María personifica así la figura de la amada, que vive esta condición desde sus mismas raíces. Dado este punto de vista, puede entenderse el acontecimiento de la encarnación de Jesús en María como unas bodas que Dios realiza con la humanidad entera: “También he pensado si pedía aquel ayuntamiento tan grande, como fue hacerse Dios hombre, aquella amistad que hizo con el género humano” (MC1,10).

Por este motivo, santa Teresa está convencida de que, al hallarse siempre bajo la sombra protectora del Espíritu Santo, María ha experimentado los estados más encumbrados de la mística: “Acuérdome cuando el ángel dijo a la Virgen sacratísima, Señora nuestra: La virtud del muy alto os hará sombra. ¡Qué amparada se ve un alma, cuando el Señor la pone en esta grandeza! Con razón se puede asentar y asegurar” (MC 5,2).

Sin embargo, para Secundino Castro², la gran afirmación de la santa de Ávila sobre la Virgen se encuentra en Vida 22,1, cuando Teresa trató de determinar específicamente la esencia de la mística cristiana. Allí afirmó que María amaba a Jesús más que todos los apóstoles: “Traen lo que dijo el Señor a los Apóstoles cuando la venida del Espíritu Santo –digo cuando subió a los cielos– para este propósito. Paréceme a mí que si tuvieran la fe, como la tuvieron después que vino el Espíritu Santo, de que era Dios y hombre, no les impidiera, pues no se dijo esto a la Madre de Dios, aunque le amaba más que todos”. El contexto de las palabras de Teresa se sitúa en aquel momento en que los que la contradecían acerca de la presencia continua de la Humanidad de Cristo en los más altos estados de la mística utilizaban entre otros argumentos (“traen lo que dijo el Señor… para este propósito”) las palabras mismas de Jesús en el evangelio de san Juan, en que afirmaba que era necesario que él se fuera al Padre, pues de lo contrario no podría venir el Espíritu.

Para el mencionado carmelita descalzo, este texto es de los más significativos de santa Teresa al respecto, porque, dentro de la geografía bíblica, la descalza universal sitúa a María por encima de los apóstoles, siendo objeto de las vivencias más profundas y quedando constituida en modelo principal de cristianismo.

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¹Cf. CASTRO SÁNCHEZ, Secundino,  “Teresa, discípula y maestra de la Palabra”, en CASAS HERNÁNDEZ, Mariano (Coordinador), Vítor Teresa. Teresa de Jesús, doctora honoris causa de la Universidad de Salamanca [Catálogo de exposición], Salamanca, Ediciones de la Diputación de Salamanca (serie Catálogos, nº 213), 2018, pp. 21-39. 

²Op. cit., pág. 27.

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