Una imaginación al servicio de Cristo

Pedro Paricio Aucejo  

Como capacidad humana para la representación mental de algo que no existe o no está presente en la realidad, la imaginación puede turbar el entendimiento, la memoria o  la voluntad. Santa Teresa de Jesús fue sabedora de ello, hasta el punto de considerar que la imaginación “no parece sino un loco furioso que nadie le puede atar”. Sin embargo, la monja de Ávila no se quedó en la dimensión deformadora de esta facultad, sino que supo explotar las provechosas posibilidades que le ofrecía y elevó su dignidad poniéndola al servicio de Cristo. Para ello, recondujo su actividad de modo que hiciera visible a Dios en el rostro de Jesús por medio de la contemplación de sus misterios.

Esta es la pretensión que persigue Loureiro de Araújo¹ cuando analiza el ejercicio teresiano llevado a cabo por la imaginación en su relación con la teología de la encarnación del Verbo, la consideración amorosa de la Humanidad de Cristo y la asimilación de Su vida en la propia existencia humana. Desde esta perspectiva, la imaginación sería un lugar epifánico del Dios que se autocomunica, en el que lo divino se transparenta al hombre y lo transforma. Con este proceder, la santa castellana emergió como educadora universal de vida mística: aunque su mistagogía estuvo influida por las corrientes espirituales de la época, gracias a su peculiar penetración en los misterios y su capacidad única para describir la dinámica espiritual, abrió perspectivas nuevas en la comprensión de la vida mística, sustrayéndola del peligro de caer en una espiritualidad centrada en la búsqueda de una divinidad ahistórica.

Son múltiples y variadas las expresiones empleadas por la carmelita para indicar la actividad imaginativa a la hora de representar los misterios de Cristo y dar a entender la importancia de esta práctica en el proceso oracional. Así, habló de “traer [a Jesús] dentro de mí presente”, “pensar a Cristo”, “escudriñar lo que el Señor pasó por nosotros”…². En cualquier caso, se trata del discurso visual de una escena interior cargada de un contenido relacional vivo que involucra la historia personal. Esta representación no se produce por generación espontánea, sino que implica el adiestramiento de la imaginación: es una realidad compleja en la que interviene el entendimiento, por lo que la descalza española la consideró un trabajo penoso para el que no tiene talento pero al que es necesario acostumbrarse, pues su abandono causa daño al alma.

En su meditación, Teresa fue a lo esencial: el Cristo hombre, “porque si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad”. De ese modo, dejó a un lado cualquier descripción de circunstancias particulares en la escena imaginada y substantivó en la persona de Cristo los acontecimientos: no trató tanto de representar la Pasión como el Cristo paciente. Además, aconsejó acercarse a Jesús según los sentimientos que habiten el alma, viendo en Él emociones similares: “Si estáis alegres, miradle resucitado. Si estáis con trabajos o tristes, miradle camino del huerto, atado a la columna, cargado con la cruz…”.

La religiosa abulense se detuvo en la Humanidad del Señor para aprender de Él y estudiar su manera de ser y actuar (“es gran cosa, mientras vivimos y somos humanos, traerle humano”, porque “es muy buena compañía el buen Jesús”). Fue a la vida de Cristo y la hizo suya, al tiempo que Cristo asumió la vida de Teresa y la transfiguró. A partir de su propia experiencia, nuestra mística exhortó a que se mirara lo que –por la salvación del hombre– Él vivió en total abnegación y amor por nosotros. Tal mirada amante engendra gratitud, superación y liberación en el alma, sacando de ella amor. Es una manera privilegiada de acceder a la vida de Dios traspasada por el misterio de Cristo³.

En definitiva, no hay que confundir la actividad imaginativa teresiana con un proceso de recuerdo de eventos estancados en un pasado ya irrecuperable, sino de adentramiento en el ´hoy´ de la Encarnación, de forma que la temporalidad se vea permeada por la eternidad hasta el punto de que los misterios divinos alcancen a los hombres de todos los tiempos4.


¹Cf. LOUREIRO DE ARAÚJO, José Eduardo, “Fenomenología de la ‘representación’”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2018, vol. 77, núm. 307, pp. 161-185.

²Cf. LOUREIRO DE ARAÚJO, José Eduardo, “’Representar a Cristo’ en Teresa: textos y contextos”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2018, vol. 77, núm. 307, pp. 211-240.

³Cf. LOUREIRO DE ARAÚJO, José Eduardo, “’Representar a Cristo’ en Teresa: dimensión teológica”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2018, vol. 77, núm. 307, pp. 241-268.

4Cf. LOUREIRO DE ARAÚJO, José Eduardo, “La imaginación como lugar teológico”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2018, vol. 77, núm. 307, pp. 187-209.

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