Edith Stein en Taizé

Paqui Sellés, ocd  Puçol

La comunidad ecuménica de Taizé, fundada por el Hno. Roger Schutz en los años 40 del pasado siglo, asienta sus cimientos en la sencillez de una vida tocada por la luz del Espíritu, llamada a la comunión universal y acrisolada por la fuerza poderosa de la reconciliación. En palabras del fundador: “una comunidad donde la bondad del corazón y la sencillez estuviesen en el centro de todo”. Es en plena II Guerra Mundial cuando el hermano Roger sintió el impulso de vivir esa profunda llamada de paz que concretó con la acogida a refugiados políticos y, en particular, judíos perseguidos por el nazismo. Reprodujo el mismo gesto que su abuela materna realizó con la acogida de víctimas de la I Guerra Mundial.

Cada año, una ciudad europea acoge un encuentro de jóvenes procedentes de diversos países y confesiones religiosas, que se congregan para participar en la llamada “peregrinación de confianza sobre la tierra”. Este año, por tercera vez, será la ciudad natal de Edith Stein, Breslavia, la que acogerá a los miles de jóvenes que anhelan un mundo en paz y comunión (los pasados encuentros fueron en los años 1989 y 1995).

Durante los encuentros europeos, que se desarrollan desde el 28 de diciembre hasta el 1 de enero de cada año, los jóvenes son acogidos en familias que les abren sus puertas, se reúnen  para rezar y comparten su fe en las diferentes comunidades eclesiales locales, asimismo participan en una serie de talleres en los que tratan de profundizar sobre la paz, la comprensión de la fe, el compromiso social, el entendimiento entre los pueblos.

Edith Stein, tanto por su nacimiento el día de la Reconciliación como por su trayectoria vital, bien podría ser una de los miles de jóvenes que participan año tras año en este encuentro. Su anhelo de comunión, de diálogo ecuménico, de búsqueda de un futuro mejor para todo ser humano nos llevan a situarla como una joven más de cualquier época.

El punto de partida de esta breve reflexión me viene propiciado por el apelativo con que Edith era conocida en el Círculo fenomenológico de Gotinga: “Anonyma” (Carta de Alexandre Koyré a Edith Stein. París, segunda quincena de diciembre de 1931).

Los jóvenes que acuden a Taizé, así como a cada encuentro europeo, son personas “anónimas”, que viven como cualquier joven de su tiempo, no son personajes famosos o mediáticos. Los mueve un impulso común: el soplo del Espíritu que los lleva a reconocerse unos a otros como amigos de Jesús, hermanos unos de otros. El espíritu de comunión y fraternidad es el móvil que los impulsa a recorrer un camino que no es solo físico, también —y quizá más relevante y trascendente— es un camino interior hacia la verdad de sí mismos.

Al igual que Edith, estos jóvenes buscadores se ponen en camino, quizás algunos sin saber que es el Señor quien les ha suscitado esa búsqueda, quien ha inspirado ese deseo de ponerse en camino, es el Amigo que viene a nuestro encuentro.

Como decía el hermano Roger: “En lo más profundo de la condición humana descansa la espera de una presencia, el deseo silencioso de una comunión”. De manera semejante, Edith refiere esta misma verdad: “Dios espera no solamente a que lo busquemos, está continuamente en nuestra búsqueda y nos viene al encuentro”.

Los jóvenes vislumbran dónde encontrar esa Presencia que les habita. De alguna manera, como Edith percibió también, van descubriendo en el encuentro con otros jóvenes de diferentes lugares, creencias, lenguas, la necesidad de ir sembrando pequeñas semillas de esperanza, que den sentido a sus vidas y por eso, saben que, en la medida en que en sus entornos “anónimos” se deciden a ser reflejo de la bondad de Dios, van siendo constructores de esa comunión a la que todos estamos invitados.

Por eso, no importa tanto la confesión a la que pertenecen cuanto la conciencia de ser cauces del amor recibido de Dios y compartido con todo hermano, el próximo, el cercano. A este respecto, decía Edith en una de sus cartas: “He estado siempre muy lejos de pensar que la misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la verdad. Quien busca la verdad busca a Dios, sea consciente de ello o no”. Y el hermano Roger escribía en una de sus cartas: “Cristo es comunión. No ha venido a la tierra para crear una religión más, sino para ofrecer a todos una comunión en Él”.

El anonimato que deseamos vivir es aquel que se manifiesta en una sencillez de vida, en unas relaciones fraternas propiciadas por el Espíritu de Dios que no busca la grandiosidad o la superficialidad, sino la grandeza de una vida llamada a ser imagen de Dios. Lo hermoso es saber que Él cuenta con cada persona para ir sembrando esas semillas de esperanza, de comunión, para intercambiar los dones recibidos gratuitamente.

Edith tuvo una especial sensibilidad para encarnar ese anhelo de comunión que, en el fondo, llevamos todos en nuestro corazón. El encuentro con personas de diferentes confesiones religiosas le ayudó a vislumbrar la grandeza y el respeto por cada una de ellas: “Yo había aprendido en Gotinga a tener respeto ante las preguntas de la fe y por las personas creyentes”.

Los jóvenes que se acercan a esa “fuente” que es Taizé anhelan el encuentro consigo mismos, con Dios y con los hermanos, pero ese encuentro los invita a ser en sus ambientes, testigos de esperanza y misericordia. Es la llamada a compartir el don recibido, tal como expresa Edith: “He comprendido que en este mundo se nos exige otra cosa y que incluso en la vida más contemplativa no debe cortarse la relación con el mundo; creo, incluso, que cuanto más profundamente alguien está metido en Dios, tanto más debe, en este sentido, «salir de sí mismo», es decir, adentrarse en el mundo para comunicarle la vida divina”.

Envueltos en este mundo de la frecuente exposición mediática, de un intenso vacío existencial,  Taizé encarna esa “fuente de agua que mana y corre”, de la que beber y seguir caminando, con la mirada puesta en quien da sentido a una vida generadora de paz y comunión fraterna.

Termino con unas palabras del hermano Roger que expresan la clave que Edith, con su testimonio y su palabra, llevó a sus últimas consecuencias: “El Evangelio lleva en sí una esperanza tan bella que podemos encontrar ahí la alegría del alma. Esta esperanza es como una brecha de luz que se abre. ¿Dónde está la fuente de esta esperanza? Está en Dios, que solo puede amar y nos busca incansablemente”.

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