‘Sueñas con la luz’: santa Teresita y la muerte

María del Puerto Alonso, ocd Puzol

Teresita vivió en una época en la que la muerte era compañera segura desde la infancia. Siendo la menor de nueve hermanos, cuatro de ellos habían fallecido antes de que ella naciese (tres de bebés y una con cinco años). Hermanos que siempre tuvo presentes hasta el punto de pedirles la gracia en un momento de su vida, de que le liberasen de la terrible enfermedad de los escrúpulos. Oración que fue escuchada.

Pero esas muertes poco pudieron influir en la pequeña y mimada Teresa que creció en medio de múltiples muestras de afecto de sus padres y sus cuatro hermanas mayores.

Cuando nos narra su Historia de un alma, Teresita nos cuenta cómo en su inocencia, les deseaba la muerte a sus padres siendo muy pequeña, porque tenía claro que sus padres irían al cielo junto a Dios. Sin embargo, cuando su madre falleció, teniendo Teresa 4 años, nos narra con dramatismo la escena y sus impresiones:

“No recuerdo haber llorado mucho. No le hablaba a nadie de los profundos sentimientos que me embargaban… Miraba y escuchaba en silencio… Nadie tenía tiempo para ocuparse de mí, así que vi muchas cosas que hubieran querido ocultarme. En un determinado momento, me encontré frente a la tapa del ataúd… Estuve un largo rato contemplándolo. Nunca había visto ninguno. Sin embargo, comprendía… Era yo tan pequeña, que, a pesar de la baja estatura de mamá, tuve que levantar la cabeza para verlo entero, y me pareció muy grande… y muy triste… Quince años más tarde, me encontré delante de otro ataúd, el de la madre Genoveva. Era del mismo tamaño que el de mamá, ¡y me pareció estar volviendo a los días de mi infancia…! Todos los recuerdos se agolparon en mi mente. Era la misma Teresita la que miraba; pero ahora había crecido y el ataúd le parecía pequeño: ya no necesitaba levantar la cabeza para verlo, tan solo la levantaba para contemplar el cielo, que le parecía muy alegre, porque todas sus pruebas se habían terminado y el invierno de su alma había pasado para siempre”.

La muerte de la madre Genoveva, fue la primera que presenció Teresita, ya en el Carmelo. Poco después hubo una epidemia de gripe que afectó a la comunidad, multiplicándose los fallecimientos. Teresa fue de las pocas que se mantuvieron en pie en esas circunstancias:

“Nunca podré expresar todo lo que vi, y lo que me pareció la vida y todo lo que es pasajero… El día en que cumplí 19 años, lo festejamos con una muerte, a la que pronto siguieron otras dos…”.

La joven, tuvo que cuidar a las enfermas, enterrar a las fallecidas (era sacristana) y multiplicarse. Fue una experiencia fuerte y dura que vivió con mucha paz.

La penúltima Pascua que pasó Teresita en la tierra, se manifestaron los primeros síntomas de su enfermedad, que le llevaría a la muerte con tan solo 24 años. El viernes santo tuvo un flujo de sangre:

“Yo no sabía lo que era, pero pensé que a lo mejor me iba a morir, y mi alma se sintió inundada de gozo… Estaba íntimamente convencida de que Jesús, en el aniversario de su muerte, quería hacerme oír una primera llamada. Era como un tenue y lejano murmullo que me anunciaba la llegada del Esposo”.

Y Teresa continúa:

“Yo gozaba por entonces de una fe tan viva y tan clara, que el pensamiento del cielo constituía toda mi felicidad. No me cabía en la cabeza que  hubiese incrédulos que no tuviesen fe. Me parecía que hablaban por hablar cuando negaban la existencia del cielo, de ese hermoso cielo donde el mismo Dios quería ser su eterna recompensa. Durante los días tan gozosos del tiempo pascual, Jesús me hizo conocer por experiencia que realmente hay almas que no tienen fe, y otras que, por abusar de la gracia, pierden ese precioso tesoro, fuente de las únicas alegrías puras y verdaderas. Permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, solo fuese en adelante motivo de lucha y de tormento… Esta prueba no debía durar solo unos días, o unas semanas: no se extinguirá hasta la hora marcada por Dios…, y esa hora no ha sonado todavía…”.

A partir de aquí, Teresita se esfuerza por explicar el estado de su alma. Es una de las páginas más estremecedoras sobre la muerte, escritas por una santa y una mística, maestra del abandono en los brazos de Dios, doctora de la Iglesia. Un estado del que no saldría hasta después de la muerte. Nadie como ella para explicarlo. Aquí transcribimos parte de esta explicación:

“Quisiera poder expresar lo que siento, pero, ¡ay!, creo que es imposible. Es preciso haber peregrinado por este negro túnel para comprender su oscuridad. Trataré, sin embargo, de explicarlo con una comparación. Me imagino que he nacido en un país cubierto de espesa niebla, y que nunca he contemplado el rostro risueño de la naturaleza inundada de luz y transfigurada por el sol radiante. Es cierto que desde la niñez estoy oyendo hablar de esas maravillas. Sé que el país en el que vivo no es mi patria y que hay otro al que debo aspirar sin cesar. Esto no es una historia inventada por un habitante del triste país donde me encuentro, sino que es una verdadera realidad, porque el Rey de aquella patria del sol radiante ha venido a vivir 33 años en el país de las tinieblas.

Las tinieblas, ¡ay!, no supieron comprender que este Rey divino era la luz del mundo… Pero tu hija, Señor, ha comprendido tu divina luz y te pide perdón para sus hermanos. Acepta comer el pan del dolor todo el tiempo que tú quieras, y no quiere levantarse de esta mesa repleta de amargura, donde comen los pobres pecadores, hasta que llegue el día que tú tienes señalado…

Decía que desde niña crecí con la convicción de que un día me iría lejos de aquel país triste y tenebroso. No solo creía por lo que oía decir a personas más sabias que yo, sino porque en el fondo de mi corazón yo misma sentía profundas aspiraciones hacia una región más bella. Pero de pronto, las nieblas que me rodean se hacen más densas, penetran en mi alma y la envuelven de tal suerte, que me es imposible descubrir en ella la imagen tan dulce de mi patria. ¡Todo ha desaparecido…! Cuando quiero que mi corazón, cansado por las tinieblas que lo rodean, descanse con el recuerdo del país luminoso por el que suspira, se redoblan mis tormentos. Me parece que las tinieblas, adoptando la voz de los pecadores, me dicen burlándose de mí: «Sueñas con la luz, con una patria aromada con los más suaves perfumes; sueñas con la posesión eterna del Creador de todas esas maravillas; crees que un día saldrás de las nieblas que te rodean. ¡Adelante, adelante! Alégrate de la muerte, que te dará, no lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nada».

Madre querida, la imagen que he querido darle de las tinieblas que oscurecen mi alma es tan imperfecta como un boceto comparado con el modelo. Sin embargo, no quiero escribir más, por temor a blasfemar… Hasta tengo miedo de haber dicho demasiado…

Que Jesús me perdone si le he disgustado. Pero él sabe muy bien que, aunque yo no goce de la alegría de la fe, al menos trato de realizar sus obras. Creo que he hecho más actos de fe de un año a esta parte que durante toda mi vida…

Cuando canto la felicidad del cielo y la eterna posesión de Dios, no experimento la menor alegría, pues canto simplemente lo que quiero creer.

Nunca, Madre, he experimentado tan bien como ahora cuán compasivo y misericordioso es el Señor: él no me ha enviado esta prueba hasta el momento en que tenía fuerzas para soportarla; antes, creo que me hubiese hundido en el desánimo… Ahora hace que desaparezca todo lo que pudiera haber de satisfacción natural en el deseo que yo tenía del cielo… Madre querida, ahora me parece que nada me impide ya volar, pues no tengo ya grandes deseos, a no ser el de amar hasta morir de amor…”

(9 de junio 1897, faltan menos de tres meses para su muerte cuando escribe esto).

Mucho más podríamos decir sobre este tema, del que Teresita habló durante su última enfermedad (no creerse libre de temer la muerte, sus deseos de morir de amor al tiempo de su creencia que tal muerte no tiene por qué ser “dulce” en apariencia…). Pero no tenemos espacio para ello. Baste decir que murió en un acto de fe y de amor diciendo “Dios mío, te amo”. Así vivió y murió una de las santas más grandes de los tiempos modernos.


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