El poeta Duyos y la doctora universal

Pedro Paricio Aucejo  

(Publicado el 28 de septiembre de 2019 en el diario Las Provincias de Valencia)

A principios de la década de los ochenta del siglo pasado, conocí ‘in situ’ la popularidad del poeta Rafael Duyos Giorgeta (1906-1983). Fue durante los años de mi estancia profesional en Requena, por él cantada como la villa que, colgando “en sus bodegas hondas un misterio de siglos y soleras”, “suena a piedra inconmovible” y “sabe a señorío añejo”. No fue esta la cuna de su vida (había nacido en Valencia y vivido también en Madrid, Viena, Heidelberg, Tánger, Buenos Aires y Montevideo), pero solo el altiplano de Requena-Utiel, por sus muchos años de vinculación familiar, social y cultural con esta comarca valenciana, sería para él la tierra donde se fundieron sus gozos y tristezas.

Además de ver por primera vez la luz en Valencia, residiría aquí en su niñez, entablando ya amistad en el colegio con Juan Gil-Albert. Aquí trabajaría como cardiólogo desde 1931 y aquí se casaría también en 1934. Al caer la tarde, su consulta se convertiría a la vez en la redacción de la revista Murta, en la que empezaron a publicar el citado escritor alcoyano y Max Aub. Igualmente, en esa época se editarían aquí sus primeros libros de versos.

Los comienzos de su juventud los viviría ya en Madrid, donde sería compañero de estudios y amigo de Agustín de Foxá y Luis Felipe Vivanco. Cursaría allí Medicina y, al mismo tiempo, surgirían sus primeros poemas y su amistad con Eduardo Marquina, Carlos Arniches, Rafael Alberti, José Bergamín y Federico García Lorca, a quien conoció en la Residencia de Estudiantes. Desde el otoño de 1942, instalaría de nuevo su domicilio en la capital de España y continuaría compaginando la medicina con la literatura, publicando nuevos libros de poesía y escribiendo teatro, cine, zarzuelas, pasodobles y canciones. En 1969 –siete años después del fallecimiento de su esposa, con la que tuvo seis hijos– ingresaría en el seminario madrileño y, en la navidad de 1972, sería ordenado sacerdote por el cardenal Tarancón.

Entre su etapa valenciana y madrileña es donde cabe situar sus andanzas por el extranjero: desde su estancia en Viena y Heidelberg para especializarse en Cardiología –introduciendo en España la técnica del cateterismo para inspección cardiovascular– hasta su traslado a Tánger, en 1932, como jefe del Servicio de Cardiología del Hospital. En esta ciudad sería nombrado Poeta de la casa de su Alteza Imperial el Jalifa de Marruecos. Del mismo modo, de 1937 a 1939, residiría en Argentina y Uruguay, donde se publicaron también varios libros de poemas.

Su vida fecunda, apasionada y polifacética encerró a un personaje singular: afectuoso, extrovertido, buen conversador, padre de familia numerosa, científico, religioso, excelente rapsoda (formó parte del grupo Alforjas para la Poesía, que recorrió durante años España entera dando recitales) y delicado poeta. Su obra, repleta de coloridas y musicales referencias taurinas, marroquíes, valencianas y de otros variados asuntos, experimentó un giro temático en la última etapa de su vida, decantándose entonces por los contenidos religiosos y místicos, que culminarían en 1982 con su libro A Teresa de Jesús.

En este sentido, ya en 1970, compuso su poema “Decir Teresa”. Fue con ocasión de la proclamación de la monja abulense como primera Doctora de la Iglesia por parte de Pablo VI, quien –el 27 de septiembre de dicho año–, además de evocar la múltiple atracción de la figura excepcional de esta carmelita en la historia de la Iglesia, puso de relieve la santidad de su vida y, de modo singular, la eminencia de su doctrina, cuyo origen carismático ya fue reconocido mucho antes, a raíz del desarrollo –entre los años 1591 a 1611– de los procesos de su beatificación y canonización.

Duyos supo combinar en aquel poema el reconocimiento de la valía universal de la descalza castellana con el lirismo de sus propios recuerdos familiares y locales, de los que son buena muestra estos escogidos versos: “[…] Decir Teresa es recobrar perfumes / de alacenas antiguas y de arcones / con las sábanas de hilo de la abuela, / reliquias intocadas de su dote. / Decir Teresa es merendar en plato / de Talavera –con su letra al borde–, / confituras de guinda y de naranja / hechas por ella en invernales noches. / Decir Teresa es repicar campanas / en espadañas, dando al horizonte / profundidades de palabra eterna, / sin conocer terrenas dimensiones. / Decir Teresa es subyugar la prosa / de cada día con el verso noble, / dando rima a los hechos más sencillos; / cocinar y zurcir entre oraciones… / Decir Teresa es derribar murallas / que ahogan a los pueblos y a los hombres / sembrando de alegrías y sorpresas / la piel de toro con las fundaciones… / Decir Teresa es sentir que su gloria es nuestra gloria, / y saberla doctora entre doctores, / andante, parladora, pluma de oro, / atrevida y prudente en sus razones, / es verla como fue, forjada a un tiempo / de sol y estrellas, de jazmín y roble, / frágil y fuerte, seria y divertida, / severa y dulce en dichos y en acciones [… ].

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.