El jardín cultivado

Pedro Paricio Aucejo  

Ya en el Antiguo Testamento se menciona la existencia, en Palestina, de una cadena montañosa que recorre la región de Samaria hasta abocar en el mar Mediterráneo, cerca del puerto de Haifa. Allí, rodeado de abundante y variadísima vegetación, se alza el Monte Carmelo, un escarpado promontorio en forma de acantilado, donde Elías (siglo IX a. C.) –como premonición profética de María– vio una nubecilla que se expandía rápidamente a lo ancho del cielo y desencadenaba una copiosa lluvia. Desde ese instante, el profeta estableció una comunidad de eremitas que, en soledad y oración, veneraban en aquella montaña a una virgen aún no nacida y destinada a ser la Madre del Mesías prometido.

Al situarse en este hermoso paraje el antiquísimo origen de la espiritualidad carmelita, santa Teresa de Jesús, en su reforma de la Orden, recreará aquel entorno natural para propiciar el aislamiento del mundo exterior, el recogimiento personal y la búsqueda de la intimidad con Dios. Así, la monja abulense formularía en sus fundaciones conventuales una cierta reconstrucción simbólica del desierto sobre la materialidad de ermitas situadas en huertas, patios o lugares afines en los que las religiosas pudieran gozar de soledad para la oración y contemplación. Su función sería favorecer la creación de un jardín interior, un espacio espiritual que –situado entre dos mundos– permitiese experimentar y hablar de lo inefable.

Como señala Mª José de la Pascua Sánchez, el recurso simbólico del jardín es habitual en sus escri­tos, desde su comparación del alma en gracia como un huerto “en el que no hay invierno, [y en el que] nunca faltarán flores y frutas” hasta las metáforas teresianas para hacer comprensible su subida al Monte Carmelo.

Así, mientras que, en el primer nivel de contemplación, la mística castellana habla de un jardín recién creado con la ayuda de Dios, que hay que esforzarse por cuidar todos los días, en el segundo describe un alma-jardín que ya es un vergel. En él “comienzan los árboles a empreñarse para florecer y luego dar sus frutos”. Aunque nacen en él las primeras “florecillas”, aún es preci­so escardar y quitar de raíz las malas hierbas. En el tercer grado, en el alma-jardín ya se abren las flores y dan olor. En ese nivel de contemplación Dios vuelve a suplir a su criatura en la labor de hortelano que debe “dejarse el todo en los brazos de Dios”: el alma se deja hacer, sin cansancio ni trabajo alguno, porque el “hortelano celestial hace crecer y madurar la fruta de tal manera que el alma se puede sustentar en su huerto”. En el cuarto grado, el trabajo de hortelano va acompañado de tanta gloria y consuelo que no siente el esfuerzo, quedando el huerto anegado de agua.

Pero, según la propia advertencia de la carmelita, estas analogías entre el alma y la naturaleza solo le sirven para adentrarse en su ensimismamiento, siendo pequeño su valor referencial: a pesar de que, en algún instante, la visión de la hermosura de la natu­raleza la sumió en éxtasis y alabanzas a Dios, aquella solo le es útil para comenzar a subir en su particular escala al Paraíso. Cuando describe los beneficios que obtiene el espíritu conforme va avanzando en la contemplación, el jardín de la descalza española es, sobre todo, un jardín de bellezas abstractas, de modo que, a pesar de estos símiles teresianos, las imágenes de la naturaleza son escasas y representadas con trazos muy generales. Su campo, huerta o paisaje es el marco de su soledad.

El elemento natural que mejor expresa el dinamismo de su vida interior es el agua, no hallando nada más a “propósito para declarar algunas cosas de espíritu que esto del agua”. Mientras que la ausencia de agua le servirá a Teresa para describir un espíritu distraído en ocupaciones irrelevantes y, de modo especial, para referirse a los tiempos de sequedad del alma, la presencia del líquido elemento la utiliza para comparar el alma en gracia con “una fuente muy clara… [como lo son] los arroyicos que salen de ella”, como “fuente de vida” donde hay un árbol plantado, con buen fruto, bañado de un sol resplandeciente, o como “dos pilas que se hinchen de agua”, cuya imagen es utilizada para distinguir entre aquellos gozos que consigue esforzadamente el alma (el agua traída desde lejos con mucho artificio) y aquellas otras mercedes que Dios regala (el agua celestial que brota de su mismo nacimiento que es Dios).

En cualquier caso, para la profesora Pascua Sánchez, el espacio interior de recogimiento propiciado por el jardín teresiano es –sobre todo– un ámbito de afirmación personal y de conocimiento sobrenatural, un lugar que lleva a la meta de replegarse del mundo para intervenir en él por medio de la experiencia adquirida con el mensaje de Dios.


¹Cf. DE LA PASCUA SÁNCHEZ, Mª José, “El Carmelo como jardín: del hortus conclusus al hortus theologicus en el paisaje espiritual de Teresa de Jesús y María de San José (1526-1603)”, Arenal: Revista de historia de mujeres, Universidad de Granada-Instituto de Estudios de la Mujer, vol. 26, nº 1; enero-junio 2019, pp. 35-65.


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