La actividad del Espíritu Santo

Pedro Paricio Aucejo 

Por medio de su Espíritu, Dios hizo el universo, habló por los profetas y, en la plenitud de los tiempos, se encarnó humanamente en su Hijo. Solo Él sabe lo íntimo de Dios, nos hace conocer a Cristo para conducirnos al Padre y, como Espíritu de Cristo resucitado, nos permite emerger a una renovada vida –plena y definitiva– de comunión con la divinidad. Al ser persona divina, el Espíritu Santo posee la misma substancia y naturaleza que el Padre y el Hijo: todo un interminable misterio para el hombre mientras permanece en este mundo.

Los escritos de santa Teresa de Jesús ofrecen eficaces ideas para comprender mejor este dogma porque ella fue sensible a la acción del Espíritu. Y esto sucedió desde su nacimiento y su incipiente búsqueda infantil hasta su conversión definitiva y su constitución como maestra de espirituales. Para Vidas Labanauskas¹, el ámbito en el que nació Teresa de Ahumada estuvo atravesado por la acción del Espíritu Santo: no solo disfrutó del especial cariño de su familia, sino que el amor de Dios en su niñez despertó ya en esa etapa el sentido de la trascendencia y el apego a la verdad, que son efusiones suyas.

El primer recuerdo explícito de su devoción particular al Espíritu se encuentra, según el profesor Castellano Cervera², en Vida 24,5, con ocasión de que su confesor Juan de Prádanos le aconsejara para estabilizarse en su conversión “que lo encomendase a Dios unos días y rezase el himno de ‘Veni Creator’ porque me diese luz de cuál era lo mejor”. Mientras Teresa recitaba esta composición recibió una de las primeras gracias místicas: en un rapto oye la palabra del Señor que la sana definitivamente de las deficiencias de su afectividad. Experimentó entonces el equilibrio propio del amor verdadero y de la libertad de sentirse hija de Dios, dones característicos del Espíritu.

Asimismo, cuando llegaba la celebración litúrgica de Pentecostés, su devoción se concentraba en la preparación de esta fiesta y su octava, que el Espíritu Santo recompensó con creces otorgándole gracias singulares en esas fechas. La más destacada fue la de la conmemoración de 1563: al tener conciencia de los frutos del Espíritu que poseía en su vida, mientras su lengua pronunciaba oraciones de alabanza, sintió sobre su cabeza el aleteo de una singular paloma, que le dejó en el corazón la presencia de “tan buen huésped” con efectos de amor y sosiego interior que le duraron varios días.

Tres son los ámbitos en los que se puede cifrar la presencia del Espíritu en la trayectoria teresiana: el del desarrollo de la vida interior, el de la doctrina y el de la actividad apostólica. En cuanto al primero, santa Teresa era conocedora por propia experiencia de la acción santificante del Espíritu en la interioridad humana, de modo que “debe ser medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos que la hace encender en fuego soberano, que tan cerca está”. De ahí que, en la vida de oración, “forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor”. Respecto del segundo, la futura Doctora de la Iglesia, además de poseer la experiencia de las misericordias del Señor, gozó también del don de entenderlas, comunicarlas y enseñarlas a los demás.

Por lo que atañe al tercer ámbito, las actuaciones del Espíritu no solo se concretaron en su obra fundacional, sino especialmente en la precisión teológica y la riqueza expresiva de su obra escrita, cuyo apostolado quizá alcance históricamente más influencia que las mismas fundaciones, tanto por su secular vigencia como por dar lugar a nuevas fundaciones teresianas. Más aún, como señala el ya citado carmelita descalzo valenciano, la intervención del Espíritu en la escritura teresiana quedó confirmada por su propio testimonio, hasta el punto que, cuando se adentró en las Moradas espirituales, es espontáneo su gesto de pedirle luz e invocar su acción sugeridora: “suplicarle de aquí adelante hable por mí, para decir algo de las [moradas] que quedan de manera que lo entendáis”; y “plega a su Majestad si es servido menee la pluma y me dé a entender”.

En definitiva, siguiendo las conclusiones del carmelita descalzo lituano anteriormente mencionado, se puede afirmar que la existencia de la monja castellana es la de una vida en el Espíritu. Impulsada, conducida y proyectada por Él, su biografía manifiesta el itinerario de una persona que, en su conjunto, es signo del Espíritu Santo, poseyendo sus dones, gracias y carismas como mística, fundadora, escritora y maestra espiritual.


¹Cf. LABANAUSKAS, Vidas,  “El Espíritu Santo en el itinerario de la vida de santa Teresa de Jesús”, tesis de licenciatura presentada en 2019, en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos. Las referencias citadas han sido extraídas del video elaborado para el acto de la defensa, ofrecido por el Canal de Gonzado de Cangas y disponible en <https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2019/06/27/el-espiritu-santo-en-el-itinerario-de-la-vida-de-santa-teresa-de-jesus/> [Consulta: 31 de octubre de 2019].

²Cf. CASTELLANO CERVERA, Jesús, “El Espíritu Santo”, escrito mecanografiado inédito, disponible en <https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2014/02/07/el-espiritu-santo-en-teresa-de-jesus/> [Consulta: 1 de noviembre de 2019].


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