La satisfacción de una deuda teológica

Pedro Paricio Aucejo

Desde su época a nuestros días, la figura de santa Teresa de Jesús como mística, fundadora y escritora ha cautivado a cristianos y no creyentes de cualquier condición, lugar y tiempo. La fascinación que –ya en vida y más allá de sus íntimos– ejercieron sus numerosas virtudes naturales y sobrenaturales en quienes la conocieron; la influencia espiritual desplegada dentro y fuera de los monasterios por ella fundados; el reconocimiento unánime de su santidad; la incesante propagación de su literatura desde el año siguiente a su fallecimiento; el atractivo generalizado sobre los escritores, especialmente los españoles… son algunos de los factores que históricamente hicieron de la monja de Ávila un modelo de seguimiento universal.

Sin embargo, según advierte el profesor Ros García¹, fue solo a partir de mediados del siglo XX cuando se empezó a valorar adecuadamente la relevancia teológica de su obra, pues hasta entonces predominó la impresión de que la mística teresiana no era más que una fenomenología mística. Se la veía como una descripción del modo de experimentar interiormente a Dios por medio de enunciados privados que, haciendo referencia a fenómenos extraordinarios, estados de conciencia, formas de percepción, efectos psicológicos, grados de oración…, ponían el acento más en la experiencia subjetiva que en la realidad de Dios.

Esta fue la posición sostenida por las autoridades oficiales –sobre todo después del concilio de Trento–, que desconfiaban ante el temor de que aquellos fenómenos místicos y sus repercusiones emocionales o afectivas pudieran tomarse como criterio de justificación propia, eliminando así la referencia a la norma eclesial y a su interpretación de la Sagrada Escritura. Por otra parte, se podía correr el riesgo de abrir también la puerta a procesos espirituales aparentemente interesantes pero desencadenados por medios no cristianos e incluso profanos, lo cual acarrearía el consiguiente descrédito del testimonio eclesial y carismático. Más aún, tradicionalmente la teología católica había subrayado en exceso el carácter extraordinario y elitista de la experiencia mística, lo que llevó a confundir a muchísimas personas, al pensar que el conocimiento de dicha experiencia no les atañía porque esos fenómenos no se daban normalmente en la vida cotidiana. Si a estos hechos se suma la tendencia histórica dominante de reducir la vida religiosa a doctrina, práctica externa, tradición cultural o pertenencia social, se puede vislumbrar con más facilidad la sistemática actitud de sospecha respecto de la experiencia mística y el secular olvido de su estudio teológico.

Lo cierto fue que, hasta 1962 –fecha en que se inaugura una nueva etapa en la comprensión teológica de la religiosa castellana–, se seguían oyendo opiniones devaluadoras de su mística por parte de eminentes teólogos². Sin embargo, a partir de ese año y gracias al amplio estudio Santa Teresa de Jesús contemplativa, del carmelita descalzo Tomás Álvarez (1923-2018), se inició una perspectiva diferente de ver el teresianismo. Este trabajo fue el primer acercamiento serio a la experiencia de la mística abulense desde la teología: pretendió valorar el sentido de esta experiencia y sus contenidos, no ya por el lado subjetivo de lo fenoménico –grados y estados de quietud, unión, éxtasis…–, sino por el lado objetivo del Misterio contemplado.

Simultáneamente, el concilio Vaticano II y sus documentos abrieron otros horizontes y perspectivas para una nueva comprensión teológica de la Santa y de su puesto en la Iglesia. Así, en la constitución dogmática Dei Verbum se reconocía el valor de la contemplación y la experiencia mística en la transmisión y enriquecimiento de la fe, en el progreso de la revelación, que crece por la inteligencia íntima de las cosas espirituales experimentadas. Por su parte, en la Lumen gentium se revalorizaba también el sentido de los carismas, concretamente el de las mujeres, y de aquellos que Dios había agraciado con dones particulares para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, permitiendo reconocer así la sabiduría de Teresa y su carisma magisterial. Del mismo modo, en la Gaudium et spes se decía expresamente que “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios”.

De esta serie de mensajes del Vaticano II, que revalorizaba la experiencia espiritual, los carismas y la vocación del hombre a la unión con Dios, resurgió un nuevo clima teológico y una nueva valoración de la figura y la doctrina de santa Teresa, que propiciaron la ocasión –largamente diferida– de su doctorado eclesial. Con él se coadyuvó a la eclosión de una rica etapa en la historia de su recepción académica, plena de importantes avances en el panorama editorial, en la difusión de sus escritos y en los numerosos estudios de carácter histórico, literario y doctrinal surgidos desde entonces sin interrupción.

______________________________________________

¹Cf. ROS GARCÍA, Salvador,  “Teresa de Jesús: palabra en el tiempo”, en CASAS HERNÁNDEZ, Mariano (Coordinador), Vítor Teresa. Teresa de Jesús, doctora honoris causa de la Universidad de Salamanca [Catálogo de exposición], Salamanca, Ediciones de la Diputación de Salamanca (serie Catálogos, nº 213), 2018, pp. 41-58.

²Op. cit., pp. 56-57.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .