Panegírico de un franciscano argentino

Pedro Paricio Aucejo  

Entre los múltiples consejeros religiosos –dominicos, jesuitas, carmelitas…– sin cuyo asesoramiento y formación santa Teresa de Jesús no hubiera llegado a ser tal, los franciscanos dejaron una profunda impronta en su espíritu: en unas ocasiones, con la aportación personal de sus sabios consejos, como fue el caso de san Pedro de Alcántara; en otras, con la inspiración de sus vidas y sus escritos, como sucedió con las lecturas que la monja de Ávila hizo de san Francisco de Asís, san Buenaventura, Francisco de Osuna o Alonso de Madrid. Esta atracción no fue ocasional ni unidireccional, pues a su vez los hijos del ‘Poverello’ han sentido históricamente predilección especial por la descalza castellana.

Así ocurrió con fray Pantaleón García (1757-1827), franciscano nacido en Buenos Aires, que, tras ser ordenado sacerdote y recibir los títulos de lector y predicador, se doctoró en Teología. Además de desempeñar otros cargos eclesiásticos, ejerció como catedrático de varias materias teológicas en la ciudad argentina de Córdoba. En el púlpito y en la cátedra sobresalió por su erudición, elocuencia y oratoria, adquiriendo merecido renombre en distintas partes de América y Europa. A finales del siglo XVIII escribió un sermonario en el que se evidencia la singular simpatía que este predicador sintió por el Carmelo, al que dedicó gran parte del protagonismo temático de dicha obra, publicada en España en 1810 con el título Sermones panegíricos de varios misterios, festividades y santos.

Para el profesor Ramos Domingo¹, muchos de estos sermones debieron de ser pronunciados en la catedral de Córdoba durante las dos décadas finales del siglo de las Luces, recordando en ellos de manera preferente las excelencias de la Virgen del Carmen y su Escapulario; de san José como esposo de Nuestra Señora e intercesor seguro; y, especialmente, de santa Teresa de Jesús. De esta analiza varias etapas y dimensiones de su vida, como sus deseos infantiles de martirio; las vanidades de su mocedad; las inquietudes y penitencias de varias décadas en busca del Divino Esposo; el acompañamiento espiritual de los numerosos santos que “la guían por los fragosos senderos de la virtud, la iluminan en sus dudas, disipan sus tinieblas, calman sus temores, aquietan sus escrúpulos, fijan su espíritu…”; el fervor y las fatigas de su apostolado como fundadora y propagadora del Carmelo reformado; la riqueza de sus escritos, en los que brillan no solo “las luces de todos los Doctores de la Iglesia”, sino las “luces nuevas que no habían formado otros Doctores”.

Es precisamente en esta faceta de su magisterio doctrinal en la que se detiene el ilustre franciscano bonaerense y a la que dedica sus mayores encomios, pues, sin haber sido instruida académicamente “trilló unos caminos nuevos y desconocidos hasta su tiempo, y se llenó de una doctrina sobrehumana, que después [del paso de los años] añade cada día a su reputación un nuevo sello de inmortalidad”. Por ello, “solo Dios ha podido ser el autor de su sabiduría”, de modo que “ilustrada con una luz, superior a la razón humana […], ungida con la gracia, bebe en el seno mismo de la divinidad aquella ciencia sublime, que le ha hecho respetar como el águila de la teología mística que ha arrancado de la boca de los sabios los más singulares elogios”.

Así, “anegada en un torrente de luces, penetra los misterios más obscuros de nuestra creencia, descubre las maravillas que encierra el adorable arcano de la Trinidad, comprende la unidad de la esencia divina, la inmensidad de su Ser, la plenitud de su poder, el nacimiento eterno del Verbo, las humillaciones de su Encarnación temporal, las inagotables riquezas de su sabiduría, y los tesoros maravillosos de su gracia”. Si bien hubo contemplativos y sabios teólogos que la precedieron en el tiempo, su saber no hizo “más que iluminar el entendimiento para ponerle a cubierto contra los sofismas del error”, por lo que “faltaba un cuerpo sistemático de principios, que arreglasen los movimientos del corazón hacia Dios; esto es, una Teología mística que guiase el alma por grados sucesivos hasta unirla inmediatamente con el Sumo Bien”.

Esta fue la innovación de la religiosa española, a la que hay que añadir su capacidad para transmitirla con facilidad y claridad, de modo que “por una gracia particular […] se deja percibir de todo el mundo”. Aunque es innegable que, a lo largo de los siglos, ha habido muchos santos a los que Dios ha confiado sus secretos, sin embargo, “se encuentran pocos que como ella hayan podido instruirnos en lo que han visto”. Y esto fue así para fray Pantaleón García porque, en el caso de santa Teresa de Jesús, “siempre estaba en la presencia de la luz que la ilustraba”.

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¹Cf. RAMOS DOMINGO, José,  “Textos teresianos en el Sermonario franciscano de fray Pantaleón García (1757-1827)”, en CASAS HERNÁNDEZ, Mariano (Coordinador), Vítor Teresa. Teresa de Jesús, doctora honoris causa de la Universidad de Salamanca [Catálogo de exposición], Salamanca, Ediciones de la Diputación de Salamanca (serie Catálogos, nº 213), 2018, pp. 59-64.


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