Soliloquio en Auschwitz 

Pedro Paricio Aucejo  

(Publicado el 11 de enero de 2020 en el diario Las Provincias de Valencia)

Cuando llegamos al campo de concentración de Westerbork acababa de amanecer. Me llevaron allí en compañía de mi hermana Rose y muchos otros judíos. Era la venganza nazi tras el mensaje de protesta de los obispos católicos de los Países Bajos contra la persecución y deportación de los judíos. La respuesta totalitaria fue rápida: el 2 de agosto de 1942 llegó la Gestapo a nuestro carmelo de Echt, en donde me encontraba desde 1939 por razones de seguridad, al ser Holanda país neutral y de refugiados políticos. Aquí fui enviada al desatarse en 1938 el terror contra los judíos. Ya entonces escribí mi testamento: “Desde ahora, acepto con gozo y en plena sumisión la muerte que Dios ha dispuesto para mí. Ruego al Señor que acepte mi vida y mi muerte… para que [Él] sea recibido por los suyos y [por] la salvación de Alemania y la paz del mundo”.

La Gestapo exigió mi presencia inmediata y la de mi hermana: “Vayamos por nuestro pueblo”, pronuncié por última vez en el convento. El 7 de agosto, en un convoy de 987 judíos, partimos hacia Auschwitz, donde nos esperaba una muerte segura, que, en verdad, empezó en 1933, cuando las tinieblas se cernían sobre Alemania y yo –adoptando el nombre religioso de Teresa Benedicta de la Cruz– ingresaba en el convento de las carmelitas descalzas de Colonia.

En 1940, tras la ocupación de Holanda, rechacé la posibilidad de ser trasladada a Suiza, con el firme convencimiento de que “una ‘ciencia de la cruz’ solo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz”. Ahora, ante la inminencia de las cámaras de gas, como judía y mártir voluntaria de la fe católica, me niego de nuevo a escapar del holocausto y abandonar a mis compañeras carmelitas y demás prisioneros judíos, a cuyo destino me he sentido siempre profundamente unida. Lo estuve desde el mismo día de mi nacimiento, el 12 de octubre de 1891, en que mi familia celebraba el Yom Kippur, la fiesta más solemne del año judío. Fue el vaticinio de lo que me ocurriría después, arraigando en mí “la convicción profunda de que –visto desde el lado de Dios– no existe la casualidad; toda mi vida, hasta los más mínimos detalles, está ya trazada en los planes de la Providencia divina y, ante los ojos abso­lutamente clarividentes de Dios, presenta una coherencia perfectamente ensamblada”.

Antes de ser religiosa, estuve muy interesada en los asuntos de la mujer, siendo una feminista radical. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, presté servicio como enfermera en un hospital militar austríaco, viendo morir a hombres en la flor de la vida. Entablé amistad con la joven viuda de un estimado colega, ambos convertidos a la fe evangélica, siendo “mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que transmite a quienes la lle­van. Fue el momento en que mi irreligiosidad se derrumbó y Cristo resplandeció”. Como estudiante de filosofía, fui discípula de Husserl (1859-1938) y conocí también a Scheler (1874-1928), que despertó mi interés por el catolicismo.

En mis primeras publicaciones abordé, desde una perspectiva fenomenológica, los principales problemas de la filosofía de la naturaleza y la antropología. En 1921, de visita a la casa de otra filósofa colega, leí durante toda la noche el autobiográfico ´Libro de la vida´ de santa Teresa de Jesús y “cuando cerré el libro me dije: esta es la verdad”. La obra fue determinante para mi conversión definitiva al catolicismo, por lo que en 1922 fui bautizada, teniendo conciencia de que ello “era solo una pre­paración para mi ingreso en la Orden Carmelita”, que sucedería en 1934.

En esa época inicié una nueva etapa en mi pensamiento filosófico, en la que, sin negar mi anterior formación fenomenológica, me dediqué intensamente al estudio de la metafísica y la espiritualidad de inspiración cristiana, dejando numerosos escritos al respecto, en los que sostengo la necesidad que el cristiano tiene de encarnar el Evangelio en el mundo. Porque “bien está el venerar al Crucificado en imágenes y fabricar crucifijos, pero mejor que las imágenes de madera y piedra se conviertan en imágenes vivas”. Con ese espíritu, y marcada con  el número 44.074, me conducen en grupo –hoy, 9 de agosto de 1942– al barracón de ´la ducha´, con la certeza de que voy a ser gaseada con ácido cianhídrico y me convertiré así en imagen viva de Cristo.

 (Juan Pablo II vio en Edith Stein –su nombre civil– “una personalidad que [reunió] en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy…; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios”. Por eso, la beatificó en 1987 y la canonizó en 1998, pero también la proclamó Patrona de nuestro continente en 1999: para que su ejemplo y protección sirvieran de guía en la consecución de una sociedad europea verdaderamente fraterna y superadora de las diversidades étnicas, culturales y religiosas que hay en su seno).

 

 


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