Bagaje sanitario

Pedro Paricio Aucejo

En su abundantísima correspondencia epistolar, santa Teresa de Jesús tuvo una consideración especial para el tratamiento de la salud propia, de la de sus destinatarios y de la de terceras personas conocidas, así como de su alteración patológica. La carmelita castellana se sirvió de las cartas para evaluar o revisar situaciones ligadas con la salud y la enfermedad, pero también mostró el valor que estas presentan como realidades de la vida cotidiana abordadas desde la perspectiva de la espiritualidad cristiana.

En este último sentido, aunque Dios no desea nuestro malestar, las enfermedades forman parte de una existencia en la que el Ser Supremo es concebido teresianamente como el Señor de la salud y de la enfermedad (“cuando el Señor ve que es menester para nuestro bien, da salud; cuando no, enfermedad. Sea por todo bendito”), pero ello no es óbice para que, por su misericordiosa providencia, esté siempre cercano al hombre. Dios no se queda sordo ni ciego frente a sus enfermedades; al contrario, además de crearlo se interesa por él y nunca lo abandona.

Esta actitud de la religiosa abulense no supone que ella misma abandonara el cuidado de su salud corporal. Más aún, incluso llega a quejarse de sus dolencias y pierde la paciencia por su causa (“quitáronseme las cuartanas; mas la calentura nunca se quita, y así me purgo mañana. Estoy ya enfadada de verme tan perdida, que si no es a misa no salgo de un rincón, ni puedo”). De esta forma, no solo no concibe la enfermedad como un obstáculo en la misión que Dios exige de ella, sino que cree, si bien ya en su vejez, que con el descanso también puede servir al Señor y responder a su gran amor. Pero, en todo caso, aunque no la considera un fin en sí misma –pues reconoce otros valores superiores a los que supeditarla–, Teresa de Ahumada estima la salud como auténtico valor, la procura, la suplica al Señor y la recomienda, animando a sus monjas a mantener el justo equilibrio entre el desapego de ella y su necesario cuidado.

Buena conocedora de la enfermedad por propia experiencia como paciente crónico, en su literatura enfatiza la importancia de la salud, razón por la que pone particular atención en la higiene, el descanso y la alimentación. Con respecto a esta, el producto alimenticio por excelencia fue el pan, si bien por sus escritos desfilan también frutas, verduras, conservas, huevos, carnes y pescados; incluso productos americanos como la patata y los cocos. Igualmente, la Santa hace referencia literaria a los síntomas orgánicos de sus propias patologías (cefaleas, debilidad, dolores articulares, perlesía…) y a los padecimientos de las personas que la rodeaban (fiebres, melancolía…).

Asimismo relata en sus escritos los remedios que han sido buenos para ella o para alguien de su entorno más próximo, aconsejándolos utilizar para recuperar la salud, aunque siempre supeditado su uso a la opinión del médico. A este respecto, el doctor Martín del Castillo¹ señala que los conocimientos de la descalza de Ávila –que nada tuvo que ver con la actividad sanitaria– son fruto de un empirismo personal, fundamentado en la percepción de lo concreto probado por sí misma o, en alguna ocasión, por algún allegado, normalmente sus monjas.

Además de purgas y sangrías, que formaban parte del arsenal terapéutico utilizado en aquella centuria, en sus textos se hace mención de ungüentos, emplastos, píldoras, pastillas, socrocios, sahumerios, jarabes, agua de azahar y aguas minero-medicinales. En una ocasión menciona Teresa de Jesús la escorzonera, planta que, preparada en infusión, era muy utilizada en la época por sus propiedades expectorantes y sudoríficas para el alivio de romadizos o catarros.

Se trata de un repertorio farmacéutico de corte escolástico, derivado de la teoría y práctica hipocrática y galénica, aunque la Santa recurrió también a los nuevos remedios traídos de las Indias Occidentales (resinas de tacamaca, caraña, bálsamo…), si bien no a todos, como sucede con la zarzaparrilla, uno de los medicamentos más utilizados y entonces de moda, pero a cuyo uso se mostró contraria. De este modo, la reformadora del Carmelo parece estar al tanto de las nuevas corrientes terapéuticas de su siglo, que se vieron fuertemente influenciadas por el descubrimiento del Nuevo Mundo. Asimismo, nuestra protagonista creía en la influencia de los astros en la salud personal, no en balde existían cátedras de Astrología en las universidades de su tiempo.

En último término, formando parte del bagaje sanitario de los escritos teresianos, aparecen bastantes referencias a los médicos, si bien solo existe constancia del nombre de dos de ellos: Paulo de la Vega, de Valladolid, y Antonio Aguiar, que la atendió en Burgos durante su última fundación. También en más de una ocasión se hace alusión a los boticarios de su época, aunque se desconoce la identidad de estos.

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¹Cf. MARTÍN DEL CASTILLO, José María, “Ciencia y farmacia en la obra de Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582)” (tesis doctoral presentada en 2019, en la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid, España), disponible en <https://eprints.ucm.es/57857/1/T41468.pdf> y en <https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2019/11/29/ciencia-y-farmacia-en-la-obra-de-teresa-de-jesus/> [Consulta: 14 de febrero de 2020].

 


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