Teresa de Jesús y sus enfermedades: obstáculos y capacidad creadora

 

Daniel de Pablo Maroto, ocd
Convento de La Santa-Ávila

 Reflexión para el día de su nacimiento en Ávila el 28 de marzo de 1515

Hago este comentario en tiempo de pandemia para exaltar una de las cualidades que más admiro en la personalidad de la Santa de Ávila: el contraste entre su condición de enferma y su capacidad creativa como ser escritora y fundadora de una Reforma. Lamento hacer este comentario de muerte recordando un momento de vida.

Como pantalla de fondo, recuerdo la propuesta de Arnold J. Toynbee en su monumental obra Estudio de la historia en la que explica el origen de las civilizaciones como “respuesta” a una “incitación”, o sea, la lucha y victoria del Homo sapiens contra los obstáculos. El “obstáculo” actual es la presencia de un enemigo invisible que amenaza nuestra vida; y la “respuesta” es la que tenemos que dar en la esperanza de una victoria.

El fundamento de mi reflexión está en el recuerdo de Teresa y sus enfermedades, muchas y graves desde su adolescencia hasta su muerte. Los médicos actuales diagnostican el estado patológico de la Santa y lo valoran dependiendo no solo de sus saberes médicos sino de los prejuicios ideológicos. Lo primero, recojo el testimonio del P. Diego de Yanguas, dominico, a quien le dijo: “Dudo, padre, si hay cuerpo humano hoy vivo que tanto mal haya padecido como este mío” (Proceso informativo, Piedrahita, 1595).

Resumiendo mucho su cuadro patológico y ateniéndome a lo que ella misma confiesa, sufrió las siguientes enfermedades: calenturas y grandes desmayos, una tristeza muy profunda, estuvo “tullida” casi tres años, vómitos frecuentes o diarios durante 20 años, ruidos (acúfenos) y  flaqueza de cabeza, frecuentes males del corazón, catarros, cuartanas, tercianas, dolores en la espalda y el costado, males en la garganta, dolor de muelas, mal o dolores de quijadas, relajamiento del estómago, mal de riñones, mal en los ojos, reumas, flemones en la boca por el mal estado de la dentadura y, al final, la enfermedad causa de su muerte: un cáncer de cuello de útero. Ella resume sus males diciendo que ha pasado dolores corporales que “según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar” (Vida, 32, 2. Información completa en Mi Teresa, Burgos, EDE, 2019, caps. 8-9, pp. 167-200).

Teniendo presente este cuadro, pido al lector que reflexione superponiendo otro simultáneo mucho más luminoso y admirable: la actividad desbordante que desarrolló Teresa que, además de sus enfermedades, tenía, por ser mujer, las alas recortadas en una sociedad e Iglesia patriarcal y machista. Este es uno de los misterios de la vida de Teresa, un milagro viviente, una contradicción existencial. Y no me explico racionalmente cómo un ser humano, aparentemente tan limitado, pudo realizar una obra gigantesca que resumo en breves palabras.

Fue una escritora excepcional, originalísima, inspirada más allá de lo que entendemos como inspiración literaria. Para los que creemos en un Dios operante en la historia, defendemos que Teresa es escritora porque narra sus experiencias de relación con Dios, el Absoluto, y con Cristo, el hombre divinizado. Es curioso observar que comenzó a ser escritora a los 45 años de edad, en torno al año 1560, y que sus primeros escritos son las llamadas Cuentas de conciencia, la primera sobre “su manera de proceder en la oración”, un relato de interioridades, una biografía condensada dirigida a un teólogo para que discierna si lo que está experimentando es obra de Dios, del demonio o de su fantasía.

Después vendría la cosecha abundantísima de su producción literaria: el primero el Libro de la Vida en su redacción definitiva, el Camino de perfección, las Fundaciones y la culminación de la literatura mística, las Moradas y otras obras menores. Y, finalmente, el Epistolario, las cartas, restos de un naufragio cuyo volumen está todavía por cuantificar y cualificar científicamente. Para enriquecer su ser de escritora, Teresa necesitó también otra experiencia la historia de una humanidad en proceso de crecimiento y de una Iglesia necesitada de reforma a la que propuso un camino de exigencia evangélica.

La otra faceta es la de fundadora, un prodigio de creatividad, de realismo y vinculación total a la historia. ¡Quién podía pensar que una mujer, embarcada en la aventura de tantas experiencias místicas que la acercaban al infinito y misterioso Dios, pudiese vivir encarnada en los negocios terrenales! ¡Qué admirable y elocuente resulta el libro de las Fundaciones, que es más que un libro de viajes! Es una lección de teología, de Sagrada Escritura, de la presencia de un Dios operativo en la historia como agente principal de la aventura fundacional en la que Teresa obra —y de ello es consciente— como un instrumento necesario.

El recorrido por sus enfermedades y su obra creadora, merece una pregunta y una reflexión: ¿cómo es posible tanta acción en un cuerpo tan maltrecho y castigado por tantos achaques? Y una constatación: la capacidad de reacción de Teresa ante tantas adversidades personales y de la sociedad de su tiempo. Cualquiera, con el peso muerto de su cuerpo, se habría deprimido, quizás esperando la muerte liberadora o lamentándose de su mala fortuna. Sin embargo, ella reaccionó obrando como si no estuviese enferma.

¿Cómo se explica esto? Dejo libre el pensamiento para las interpretaciones, pero propongo que estamos tocando el misterio de una vida volcada y sostenida por una fuerza superior, sobrehumana, que no tiene explicación racional. Los creyentes en un Dios personal, que no solo existe, sino que actúa en la historia, que dotó a Teresa de una capacidad de resiliencia que no se puede explicar racionalmente. Tocamos lo que ella definía como sobrenatural, aunque en otro contexto, el de las experiencias místicas.

Y, al final, una explicación plausible: Teresa necesitaba la acción bajo cualquier situación de su cuerpo o de su alma, la rejuvenecía, era como una terapia, como constatamos al iniciar una fundación sintiéndose “vieja” o “vejezuela” y enferma, pero se ponía en camino contra viento y marea, mientras fuera del carromato helaba, nevaba o llovía torrencialmente anegando los caminos o ocultaba los puentes de paso. El motor fue a veces las palabras de Cristo, pero pueden ser una cobertura mística a una necesidad imperiosa de acción. Lo confiesa Teresa en su escrito y lo conforma a veces la compañera de caminos, Ana de San Bartolomé. También los testigos confiesan que dos situaciones le laceraban el alma hasta derramar lágrimas: tener un cuerpo enfermizo que le limitaba sus quehaceres, y no poder predicar en territorios de herejes por ser mujer.

Para concluir, unas píldoras sabias de su experiencia y doctrina: “No da Dios más que lo que se puede sufrir” (Moradas, VI, 1, 6). Dice que hay gente que no abraza la cruz de Cristo por falta de valor o por miedo de no poderla llevar, “sino llévanla arrastrando, y así las lastima y cansa y hace pedazos; porque si es amada, es suave de llevar. Esto es cierto” (Meditaciones sobre los Cantares, 2, 26). Ella, la mujer fuerte, lo observó en su vida: “Como soy tan enferma, hasta que me determiné en no hacer caso del cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada sin valer nada” (Vida, 13, 7). Con esa valerosa condición, pudo realizar una inmensa tarea que vivió y entregó a los herederos y seguidores de su doctrina.


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