Un teresianismo carismático del siglo XIX

Pedro Paricio Aucejo

Próximo al mar y situado en el término municipal de Gilet, a diez kilómetros de Sagunto y treinta y cinco de Valencia, se encuentra, en un popular paraje de la sierra Calderona, el monasterio franciscano de Santo Espíritu, que –rodeado de siete colinas trufadas de pinares y rica vegetación mediterránea de monte bajo– alberga, desde hace más de seis siglos, la historia de buena parte de la espiritualidad franciscana de la región. En este austero convento falleció el sacerdote de la diócesis de Tortosa san Enrique de Ossó y Cervelló (1840-1896), durante el tiempo de retiro que había destinado a realizar sus ejercicios espirituales anuales y a terminar unos escritos en cuyas últimas páginas trataba precisamente de la acción de la gracia del Espíritu Santo en la vida de los cristianos dóciles a su amor.

Predicador, misionero, profesor, publicista, pedagogo, catequista, formador y fundador, fue un verdadero contemplativo que, con extraordinario equilibrio y apertura hacia todo lo bueno que ofrecían los nuevos tiempos, fundió en sí el ideal de promover una intensa vida espiritual unida al apostolado en el propio ambiente. De fe viva, en un tiempo especialmente hostil a la Iglesia anunció valerosamente el Evangelio con todos los medios que permitía su época, convirtiéndose así en uno de los sacerdotes más populares de la España de entonces. Pero, por encima de todas sus actividades, Enrique de Ossó será especialmente recordado siempre por haber sido capaz de vivir, amar y pensar como Teresa de Jesús[1].

Desde niño tuvo devoción entusiasta por la santa de Ávila, cuya vida y doctrina, asimilada con la lectura constante de sus obras, inspiró su quehacer espiritual y su apostolado. Sin embargo, su sintonía con la monja castellana del XVI tendría como marco de excepción el escenario carmelita del Desierto de las Palmas, en Castellón, y particularmente la ermita de santa Teresa. Fue también en este contexto donde, en 1872, se produciría lo que se ha llamado su ‘gracia teresiana’, un momento de culminación carismática después del cual la ´enteresianización´ del sacerdote fue total, visible y permanente.

Desde su identificación con Teresa de Jesús –a quien, por la grandeza de su espiritualidad, consideraba una “mina de insondables riquezas celestiales, que está por explotar”–, Enrique de Ossó fue capaz de releer su vocación y su misión en el mundo. Como ella, mantuvo una relación de amistad con Cristo y empezó una actividad apostólica incansable cuyo principal objetivo fue cuidar y extender los intereses de Dios. Quiso transformar el mundo mediante el espíritu teresiano, por lo que tuvo que dar a conocer y amar a la religiosa española para que el mundo se enamorara de ella. No solo contribuyó a popularizar su vida y sus escritos, sino que fue mucho más allá: encarnó el espíritu de la santa castellana hasta implicarse vivamente en la ‘enteresianización’ de la sociedad.

Descubrió aspectos que ella no había formulado, como el fuerte componente educativo de su experiencia de Dios. Convencido de la importancia de la prensa, desarrolló la capacidad de comunicación de la monja abulense mediante el periodismo y las publicaciones. Amplió el horizonte de la oración teresiana, llevándola más allá del claustro y convirtiéndola en una forma apostólica de estar en el mundo. Con el lenguaje propio del siglo XIX, invitó a orar al estilo de la Santa como gran estrategia de evangelización: “el remedio más al alcance de todos, más fácil y más eficaz para sanar […]. Orad, orad, orad, porque todo lo puede la oración”. Igualmente desplegó el poder teresiano de vincular a su obra a otras muchas personas, generando redes de apostolado en favor de un mundo más humano y de Dios.

A este respecto, las obras apostólicas que creó desde 1872 son eminentemente teresianas: así, la revista Santa Teresa de Jesús, la Archicofradía de jóvenes teresianas (1873), El cuarto de hora de oración (1874), El Viva Jesús (1875), El Rebañito del Niño Jesús y la Compañía de santa Teresa de Jesús (1876), la fundación de las Carmelitas en Tortosa (1877), al igual que los proyectos de los Misioneros de santa Teresa y de la Hermandad Teresiana Universal (1877).

Y, en fin, como además sintió siempre la nostalgia del contacto físico con la tierra en que Teresa de Ahumada desarrolló su vida, las visitas particulares de Enrique de Ossó a Ávila y Alba de Tormes no solo fueron numerosas, sino que se ocupó también de organizar la famosa peregrinación teresiana nacional a dichas ciudades.  En concreto, en la realizada en 1877 fueron algo más de cuatro mil peregrinos (la mayoría eran jóvenes de la Archicofradía, acompañados de unos doscientos sacerdotes y cuatro obispos) con un mismo lema: “ir peregrinos para volver apóstoles”, inaugurando así un nuevo y exitoso modelo de formulación de la devoción.

[1] Cf. BEL, Gemma, GIL, Teresa, De peregrinos a apóstoles teresianos. El sueño de Enrique de Ossó en Alba de Tormes”, en CASAS HERNÁNDEZ, Mariano (Coordinador), Vítor Teresa. Teresa de Jesús, doctora honoris causa de la Universidad de Salamanca [Catálogo de exposición], Salamanca, Ediciones de la Diputación de Salamanca (serie Catálogos, nº 213), 2018, pp. 111-117.


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