La diplomática de Dios

Pedro Paricio Aucejo

Si el término ‘diplomacia’ se emplea, en sentido estricto, para referirse al estudio y la práctica de las relaciones entre Estados, es evidente que para el desempeño de estas funciones se precisa la presencia de unas determinadas aptitudes personales en los individuos que las han de ejercer, de modo que solo si se cuenta con dichas habilidades es posible que la actividad diplomática alcance adecuadamente sus objetivos. Una personalidad abierta, afable, dialogante, responsable, disciplinada, coherente, resolutiva, negociadora y formada resulta requisito imprescindible al respecto.

En este sentido, aunque santa Teresa de Jesús es conocida universalmente como monja, mística, escritora y fundadora del Carmelo Descalzo, puede decirse, en sentido amplio, que poseyó también una acusada condición diplomática, no solo por atesorar un talante en el que concurrían aquellos rasgos citados –entre otros muchos más–, sino, sobre todo, porque tuvo que ponerlos en práctica con regularidad para poder llevar a cabo el cometido religioso que le fue encomendado¹.

Fueron muchas sus cualidades naturales y sobrenaturales. Desde su infancia, la existencia de la religiosa de Ávila fue movida a impulsos de una amistad no limitada por el ambiente, la escala social, el sexo o la edad, de manera que, además de su vivencia en la propia familia carnal con hermanos y primos, poseyó profundas amistades femeninas en el ámbito seglar y en el religioso, pero, sobre todo, en el entorno espiritual de sus múltiples consejeros masculinos, en el que su relación amistosa se prodigó en multitud de maestros y confidentes.  Esta riqueza afectiva fue propiciada por el carácter innato de Teresa de Ahumada (atractivo, bondadoso, sencillo, transparente, alegre…) y por sus virtudes adquiridas en el trato humano (afabilidad, veracidad, valentía, discreción, fidelidad, confidencia, reciprocidad…).

Esta capacidad de aprecio rebosó, especialmente en su etapa mística, por tener como criterio electivo de sus amistades la orientación preferencial a Dios y la vida con Él. El secreto de su éxito en este ámbito fue la consideración de la amistad con el Señor como garantía de la amistad con los hombres, por lo que en su camino de perfección se trenzaban la amistad humana y la divina. De esta forma, su fascinación natural para crear relaciones interpersonales ricas en humanidad quedó transformada en una necesidad urgente de acercar a todos a Dios. Su lema fue ‘procurar siempre dar contento’ con el fin de que ‘las palabras de Dios quepan en la persona con la que se habla’.

Su faceta como fundadora fue una prueba más de la facilidad e influencia de su cordialidad: la fundación de sus conventos no solo surgió bajo el estímulo de la amistad (la del monasterio de San José fue concebida en la fraternal tertulia del grupo de amigas reunidas en la celda que Teresa tenía en la Encarnación), sino que fue también ocasión de nuevas amistades, algunas de las cuales se convertirían en colaboradoras del proyecto fundacional.

Ahora bien, como argumenta Helena Cosano, “cada fundación era una aventura que implicaba gestiones sin fin, elección del terreno, levantamiento de fondos, las licencias y permisos necesarios, búsqueda de protectores, los planos de la construcción, los materiales, y un largo etcétera”. Puesto que la fundación de un convento era también una operación inmobiliaria, tuvo que aprender “técnicas comerciales, dominar la terminología jurídica, manejar actas notariales, contratos, arriendos, avales, llevar las cuentas… Pero también diseñar planos arquitectónicos, opinar sobre materiales de construcción, gestionar el aprovisionamiento, supervisar las obras. Y, una vez operativa la casa, establecer normas de conducta, disciplinar a las monjas, redactar las constituciones, capitanear la buena marcha del proyecto espiritual”².

En definitiva, para esta escritora cordobesa, la capacidad de seducción, persuasión y determinación de Teresa de Ahumada hicieron de ella una suerte de gran diplomática ‘a lo divino’, capaz de mediar, negociar, argumentar y defender la causa del Señor. Ello fue así hasta el punto de que, casi siempre que sus superiores le ordenaban algo, la carmelita castellana ya había decidido emprenderlo, por lo que no se percataban de que esa mujer aparentemente obediente y humilde era quien en la sombra movía los hilos, aliándose con los mejores de entre sus contemporáneos (Francisco de Borja, Juan de Ávila, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara…), desarmando a los más temibles (inquisidor general Quiroga) y conquistando a los más poderosos (Felipe II).

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¹Esta es la tesis sostenida por la diplomática y escritora española Helena Cosano en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba (España), que tituló “Teresa de Cepeda y Ahumada, los muchos roles de una mujer: escritora, monja, mística, fundadora y diplomática, al servicio de Dios”, en Boletín de la RAC, 168 (2019), pp.159-174. Disponible electrónicamente en <http://repositorio.racordoba.es:8080/jspui/bitstream/10853/193/12/BRAC168-09-helena-cosano-teresa-de-cepeda-y-ahumada-los-muchos-roles-de-una-mujer-escritora-monja-mistica-fundadora-y-diplomatica-al-servicio-de-dios.pdf> y también en <https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2020/02/07/los-muchos-roles-de-teresa-escritora-monja-mistica-fundadora-y-diplomatica-al-servicio-de-dios/> [Consulta: 13 de abril de 2020]. 

²Op. cit, pág. 172.

 

 

 

 


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