El trabajo en el carmelo teresiano

Pedro Paricio Aucejo

En la eternidad de su providencia, Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad, a fin de que cuidara de ella, la dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos. Estos bienes así adquiridos estarían ordenados al servicio de los hombres para sustentar su vida, ayudar a las necesidades de cada uno de ellos, a las de los que están a su cargo y a toda la comunidad humana.

La esencia de este designio divino fue vivida por santa Teresa de Jesús ya desde su infancia, que se desenvolvió en un contexto social en el que los métodos tradicionales de trabajo para las familias judías, como artesanos o comerciantes, estaban siendo reemplazados por ingresos agrícolas y de alquiler por tenencia de tierras, control cuidadoso sobre herencia e impuestos y vinculación con viejas familias cristianas, a menudo a través del matrimonio. De joven, Teresa trabajó en casa con sus padres, aprendiendo no solo quehaceres domésticos y tareas administrativas asociadas con la administración de una gran propiedad, sino también lecciones de importancia social, como tratar a las trabajadoras domésticas con respeto e iniciar acciones legales cuando fue necesario para preservar la posición social de la familia –pleitos de hidalguía–.

Del mismo modo, su educación como alumna interna en el monasterio de Nuestra Señora de Gracia, además de formarla intelectual y espiritualmente, le fue útil para tener presente el trabajo y la vida de una comunidad religiosa. Igualmente, asimiló lo vivido durante su estancia como monja en el monasterio de la Encarnación, de manera que, después de una atenta observación, ponderada reflexión, intensa oración, amplia lectura y variada consulta con consejeros y asesores, Teresa de Ahumada desarrolló sus ideas sobre cómo se debe realizar el trabajo en la vida religiosa, la distribución de las tareas cotidianas y la gestión de personas, propiedades y dinero.

De este acervo acumulado con el paso de los años surgieron, según la doctora Olsen¹, los conocimientos sociales y las habilidades necesarias –en comunicación, negociación, gestión y administración– que, unidas a su personal vivencia cristiana y a la nueva espiritualidad surgida del concilio de Trento, permitirían el establecimiento de su reforma religiosa con determinación y perseverancia. Sus audaces ideas e iniciativas prácticas en términos de gobernanza y finanzas hicieron posible unas nuevas bases de vida comunitaria en la orden carmelita. Sus innovaciones reformadoras –como la supresión en sus monasterios de la distinción entre criadas y señoras– iban en contra de la cultura existente, basada en un sistema muy estructurado de clases sociales. Sus futuras casas religiosas –integradas por un número reducido de monjas– deberían ajustarse a unas condiciones de igualdad de trabajo, propiedad en común, distribución de bienes, régimen de pobreza y adhesión a la forma estricta del carisma original del Carmelo.

Estas circunstancias favorecerían las relaciones entre las hermanas y harían más necesaria la participación de todas en la realización de las tareas de mantenimiento del monasterio y en el apostolado comunitario. De ahí la relevancia no solo del ejercicio de las virtudes, sino también de la praxis de un trabajo que no quitara el pensamiento en el Señor, ni impidiera el sosiego necesario para la vida interior. Teresa aconsejó a sus monjas que no salieran a mendigar, pues el Señor las proveería de lo necesario siempre que trabajaran con sus manos (“cada una procure trabajar para que coman las demás”), realizando un trabajo simple con el que su mente permaneciera ocupada con el Señor, “y si ven que no les conviene, no hagan aquella labor”.

No enfatizó demasiado el rendimiento laboral, sino que lo supeditó al interés de la estructura general del monasterio (“pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior”). Su habilidad en la gestión de personas la aplicó también a la determinación del trabajo más adecuado para quienes estaban bajo su cuidado, especialmente en los puestos de liderazgo –priora– y en el resto de miembros que habían de ser reclutados para iniciar nuevas fundaciones.

En definitiva, esta concepción teresiana del trabajo buscó el equilibrio entre el trabajo, la oración y la confianza en el Creador, de modo que se lograse el desarrollo de una personalidad completa centrada en el servicio al Señor y al prójimo: “cuando el alma está [absorta en profunda oración y amor de Dios], nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María; porque en lo activo y que parece exterior, obra lo interior, y cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables y olorosísimas flores; porque proceden de este árbol de amor de Dios y por solo Él, sin ningún interés propio, y extiéndese el olor de estas flores para aprovechar a muchos, y es olor que dura, no pasa presto, sino que hace gran operación”.

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¹Cf. OLSEN, Kristina R., “Work in the Spirituality of Teresa of Avila” (tesis doctoral en filosofía, presentada el 31 de enero de 2014 en la Universidad Católica de América – Washington D.C.), disponible en <https://cuislandora.wrlc.org/islandora/object/etd%3A422> y también en <https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2019/12/16/el-trabajo-en-la-espiritualidad-de-teresa-de-avila/> [Consulta: 17 de abril de 2020].

 

 


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