Metáforas líquidas

Pedro Paricio Aucejo

Como recurso retórico, la metáfora traslada el sentido recto de un vocablo a otro figurado, estableciendo entre ambos una relación de semejanza. Al introducir un nuevo horizonte, que –por ser imaginario– está más allá del ámbito real de referencia, el lenguaje metafórico enriquece la expresividad y permite transmitir ideas complejas en pocas palabras. Santa Teresa de Jesús fue maestra en esta figura artística. El abundante uso que hizo de ella obedeció al irrefrenable impulso comunicativo de su objetivo literario. La descalza castellana escribió para compartir sus experiencias y conocimientos, de ahí que utilizara todos los medios a su disposición con el fin de persuadir, conmover y deleitar a los demás en su testimonio del Dios vivo¹.

Este deseo de difundir lo que había descubierto –y que le llevará a su experiencia de magistral escritora– lo aprendió de la samaritana bíblica descrita por san Juan en su Evangelio, que, después de dialogar con el Mesías acerca de su agua viva que salta hasta la vida eterna, deja el cántaro y se va al pueblo a contar a las gentes su encuentro y animarles a que vayan a verle. Como la mujer de Samaria, también la religiosa carmelita dejará el cántaro de su vida anterior y emprenderá la inmensa labor  de sus últimos veinte años –reformar, escribir y fundar monasterios–, participando a todos lo atesorado en su experiencia mística y humana y convocándoles al amor a Dios y al prójimo. Y en esta exhortación está su voluntad de hacerse comprender: ´¡Oh, Jesús mío, quién pudiese dar a entender la ganancia que hay de arrojarnos en los brazos de este Señor nuestro´.

Desde la citada perspectiva metafórica, la escritura de la monja abulense se muestra, para el carmelita descalzo Juan Antonio Marcos², como un fluido en el que el símbolo arquetípico del ´agua´ parece invadirlo todo (´soy tan amiga de este elemento [el agua], que le he mirado con más advertencia que otras cosas´).

Así, en la alegoría del huerto, se da para el profesor Marcos Rodríguez toda una concatenación de metáforas líquidas que discurren por escenarios narrativos y espaciales: ´Pues veamos ahora de la manera que se puede regar, para que entendamos lo que hemos de hacer y el trabajo que nos ha de costar, si es mayor que la ganancia, o hasta qué tanto tiempo se ha de tener. Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras: o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo; o con noria y arcaduces, que se saca con un torno; yo lo he sacado algunas veces: es a menos trabajo que estotro y sácase más agua; o de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortelano; o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho´.

Gracias al agua como vivo elemento líquido que simboliza la gracia, estas imágenes del ´pozo, noria, arroyo y lluvia´ reúnen respectivamente todo un abanico de espacios del alma concebidos como jardín y paraíso interior, correspondientes a su vez a cuatro grados de oración: meditación, oración de quietud, sueño de potencias y unión. En cada uno de estos tipos de oración se da una intervención diferente tanto del hortelano –orante– como del Señor del huerto: mientras que solo un grado corre a cargo del dinamismo del primero (oración ascética), en los tres restantes media la plena iniciativa del segundo (oración mística).

La primera etapa de esta alegoría nos remite ´al agua del pozo´, a la que se accede con gran esfuerzo personal: se necesita profundizar, mirar hacia dentro. Es así como se esboza la dimensión de interioridad y de propio conocimiento que caracterizan a esta fase inicial. La segunda habla del ´agua de noria´: la Santa menciona en ella la ineludible atención a los demás –especialmente a los más ´flacos´– que caracteriza a los ´amigos fuertes de Dios´. La tercera nos lleva ´al agua de arroyo´, en la que el Señor se convierte casi en el protagonista de la vida humana. Y finalmente en la cuarta etapa se da ´el agua de lluvia´, como don y regalo de un nuevo vínculo que empapa a la persona y la sitúa en la cumbre de su unión con el Creador.

En definitiva, en la alegoría teresiana del huerto se manifiesta el recurso metafórico del agua como elemento recurrente que de una u otra forma expresa y transmite con sencillez la relación del alma con Dios y su vivencia de la gracia. 

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¹Con respecto a este punto y su representación en la figura de la Samaritana, cf. NAVARRO DURÁN, Rosa, ´El espacio literario como lugar de comunicación: la escritura en libertad de Teresa de Jesús´, en CORTÉS TIMONER, María del Mar (COORD.), Escribir bajo coacción: místicos, contemplativos y el espectro del juez. Prácticas y estrategias discursivas. España, Portugal. De la Edad Media al siglo XVIII, Cahiers d’Études des Cultures Ibériques et Latino-américaines (CECIL), número 3(2017), Universidad Toulouse Jean-Jaurès – Université Paul-Valéry, Montpellier 3, Institut de Recherche Intersite d’Études Culturelles, Montpellier, pp. 75-86.

²Cf. pág. 343 y ss. de MARCOS RODRÍGUEZ, Juan Antonio, “El lenguaje de santa Teresa: una visión interdisciplinar. Fenomenología, hermenéutica y metáfora”, en Teresianum 66 (2015/ 1-2), Rivista della Pontificia Facoltà Teologica e del Pontificio Istituto di Spiritualità «Teresianum», pp. 335-352. Disponible también en <https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2020/08/02/teresa-y-lo-humano/>.

 


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