Devoción a san José

Pedro Paricio Aucejo

La semana próxima celebra la Iglesia Católica la festividad litúrgica de san José, por quien santa Teresa de Jesús sintió un especial afecto¹. Ya en su juventud tuvo devoción personal por el glorioso patriarca, si bien en la línea de la religiosidad popular propia de su tiempo, que inundaba todos los ámbitos de la vida colectiva, y en la que los creyentes se encomendaban a un sinfín de santos. Sin embargo, el hecho decisivo que determinó su vinculación íntima con el esposo de la Virgen María se desencadenó hacia 1542, con ocasión de la curación de la parálisis de buena parte de su cuerpo, a la que le condujo la grave enfermedad reflejada en su Libro de la Vida (paroxismo, varios días en coma profundo, más de ocho meses totalmente tullida, delgadez extrema, casi tres años de lenta recuperación en la enfermería…).

Estaba viviendo entonces en el monasterio de la Encarnación y tuvo que dejar la clausura para ser curada con los medios propios del momento. No obstante, como se vio tan enferma, “y en tan poca edad, y cuál [la] habían parado los médicos de la tierra, [determinó] acudir a los del cielo para que [la] sanasen”. Comenzó “a hacer devociones de misas y cosas muy aprobadas de oraciones”. Y se encomendó mucho al glorioso san José: “vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir”.

Desde ese momento, el fervor hacia el Santo y su familiaridad con él va a marcar un hito en su vida. Partiendo de esta decisiva experiencia, ella va a recomendar su devoción y su poderosa intercesión en todos los contratiempos. Esta veneración se vio reforzada de nuevo hacia 1554, con lo que se considera su conversión definitiva en total entrega de sí a Dios, acaecida gracias al encuentro de una imagen “de Cristo muy llagado” y la lectura de las Confesiones de san Agustín. Teresa de Jesús interpretó este hecho como una especial gracia de lo alto y, en su ánimo agradecido, la atribuyó tanto a la Virgen como a san José.

Llena de esta experiencia mística de lo divino, surgió a continuación su misión carismática de fundadora del Carmelo Descalzo. Es entonces cuando Cristo mismo le habla para que erija el primer Carmelo: “haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él [San José], y nuestra Señora la otra”.

Llevada a cabo esta fundación en 1562, en la ciudad de Ávila, la figura de san José fue determinante en la misión eclesial desarrollada por la Santa en los veinte años finales de su vida. Desde entonces, además del sentido cultual de la presencia del glorioso patriarca en la obra teresiana, este intervendría también personalmente –como actor sobrenatural– en las grandes dificultades que le sobrevendrían a la descalza castellana, incluidas las crematísticas, prometiéndole ayuda, primero, y haciéndole llegar desde las Indias, después, los indispensables doblones de oro “por maneras que se espantaban los que lo oían”.

A partir de estos episodios, Teresa de Jesús decidió introducir dos detalles en su praxis fundacional, portando siempre consigo en el carromato que le servía de transporte una imagen de san José y, una vez instituido cada nuevo Carmelo, encomendando al Santo una de las puertas de la casa. Además de ello, no solo le hará titular y patrón de casi todos sus conventos, sino que le otorgará el título de ‘fundador’ de la nueva familia religiosa, siendo un personaje entrañable en el hogar teresiano (“procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu”).

Asimismo, la religiosa abulense contribuyó considerablemente a la extensión de la devoción universal a san José: “Querría yo persuadir a todos fuesen muy devotos de este glorioso Santo, por la experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios que no la vea más aprovechada en la virtud […]. Que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; de este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas; y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, así en el Cielo hace cuanto le pide […]. Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial personas de oración siempre le habían de ser muy aficionadas… Quien no hallare Maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará el camino”.

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¹Para la enumeración y el análisis de las distintas etapas experimentadas por Teresa de Jesús en su devoción a san José, me atengo esencialmente al esquema desarrollado por LUCIO DEL BURGO en <https://cipecar.org/maestros-de-oracion/san-jose/san-jose-en-los-escritos-y-en-la-espiritualidad-de-santa-teresa/>.


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