¿Un retrato de S. Juan de la Cruz?

Desde el bachillerato, muchos de mi generación tenemos asociado a S. Juan de la Cruz, el primer carmelita teresiano y genial poeta místico, con un rostro que aparecía en nuestro libro de literatura. Aún hoy, esta imagen se puede encontrar con frecuencia en diversas publicaciones, tanto en papel como digitales, algunas de tan reconocido prestigio como la web del Instituto Cervantes. Sin embargo, no hace mucho descubrí que ese rostro no pretende representar al fraile de Fontiveros.

¿Cuál es el origen de esa imagen? Procede de un libro, compuesto en Sevilla, y considerado «uno de los más bellos del Siglo de Oro», cuyo autógrafo se conserva en la Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano (Madrid), desde que esta lo adquirió en 1920. El autor es Francisco Pacheco (1564-1644), maestro y suegro de Velázquez,  y el título: Libro de descripción de verdaderos retratos, de ilustres y memorables varones. 

La obra, tal como ha llegado a nosotros (incompleta), contiene una serie de 56 retratos de personajes destacados de su tiempo, acompañados de una reseña biográfica y, muchas veces, también de un texto poético donde se elogia cada una de las figuras. Gracias a este libro, podemos conocer la fisonomía de autores tan relevantes como fray Luis de León, fray Luis de Granada, o Fernando de Herrera.

Entre esos hombres ilustres, el autor incluyó al «Padre fray Juan de la Cruz», pero no el carmelita, sino un homónimo franciscano, como descubrimos por el escrito que acompaña al retrato. De él, se proporcionan bastantes datos: nació en 1545, en Sevilla. El autor menciona a sus padres, que fueron «más virtuosos que ricos». El joven se acogió a la «religión del Seráfico Padre San Francisco», e ingresó en el Convento grande de Sevilla. Estudió Artes en Córdoba y en Jerez de la Frontera, y más tarde, Teología en su ciudad natal. Estaba dotado de «gran claridad de entendimiento», lo que le hizo especialmente apto para enseñar y predicar. Fue nombrado guardián del Real Convento de S. Francisco  de Sevilla. Con ocasión de un contagio de peste entre los frailes de su comunidad, los asistió fraternalmente, exponiendo su propia vida, como un verdadero pastor que se da a sus ovejas —apunta Pacheco—. Falleció por enfermedad en 1582. En sus honras fúnebres, recibió el elogio del pueblo, que lo aclamó como «un Escoto en la Teología, un Pablo en la predicación, un Francisco en la vida». Tras la reseña biográfica, se incluye un poema en octavas compuesto a su muerte por D. Juan Infante de Olivares.

A pesar de la confusión que encontramos en tantos lugares entre este personaje y el santo reformador del Carmelo, resulta bastante evidente que no estamos ante un carmelita descalzo, pues el retratado no viste el escapulario característico de la Orden. 

La obra de Pacheco está digitalizada y puede consultarte en diversos lugares:


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