La iglesia y el convento de ‘La Santa’ en Ávila: Crónica de curiosidades (V)

Tormenta sobre la ciudad en 1660

Daniel de Pablo Maroto, ocd
Convento de La Santa-Ávila

No sé si la ciencia actual es capaz de informar con precisión sobre la meteorología de los siglos pasados o tenemos que acudir a los escritores del momento, especialmente a los cronistas, que hacían de “hombres del tiempo”. Un ejemplo más que curioso puede ser santa Teresa de Jesús que, sobre todo en sus Cartas, alude con frecuencia a la situación atmosférica que está viviendo, gozando o sufriendo: calores, fríos, lluvias, nevadas, hielos, desbordamientos de ríos que hacían intransitables los caminos, etc. (Cf. Daniel de Pablo Maroto, Santa Teresa de Jesús. Historiadora, Burgos, Editorial de Espiritualidad, 2021, cap. 12, pp. 233-242: “El tiempo atmosférico”).

A propósito del tema, he encontrado en una crónica manuscrita una “curiosa” información sobre una “tormenta” acompañada de rayos sobre la capital abulense el año 1660. Lo propongo a los lectores para que aumenten sus conocimientos sobre el extraño comportamiento de la atmósfera, que no siempre es cosa del invocado “cambio climático”, sino de que la naturaleza a veces se comporta como una entidad salvaje y poderosa que no logramos dominar. Recuerdo la noticia de “las grandes tempestades que sacudieron a esta ciudad y todo su obispado el mes de agosto de 1660” y hago breves comentarios.

El cronista no describe todo el fenómeno meteorológico, sino solo menciona varios “rayos” que cayeron sobre los campos y la ciudad de Ávila en la fecha señalada y que sembraron de dolor y de terror a sus habitantes. Tuvo que ser una tormenta muy singular sobre la ciudad porque el cronista la recuerda siete años después, especialmente los “muchos” rayos que cayeron fuera de esta ciudad, sobre todo, “tres muy dañosos”.

Uno cayó sobre la iglesia, suponemos que de la provincia y cercana a Ávila, y “de tres [hombres] que estaban conjurando [¡!], al uno dejó muerto y a los otros dos con heridas de muerte”. Curiosa noticia sobre el conjuro contra las tempestades; quizá se trata de la creencia, al menos desde la edad media, de que, en tiempo de tormenta, el ruido del toque de las campanas la alejaba del pueblo. Sospecho que no se trataba de conjuros con fórmulas de manual de la Iglesia. “Otro -sigue diciendo- cayó en el campo y estando un hombre cargando leña, le mató los dos machos de tres que tenía y a él le dejó sano. Otro rayo [cayó] en otra iglesia y al sacristán que estaba tocando las campanas, le mató. Otras desgracias -sigue diciendo- se refieren semejantes a estas que por no estar bien examinada su verdad no las refiero”.

Ya dentro de la ciudad, cayeron seis. Uno cayó en el Mercado Chico “y a un sastre que estaba comiendo con su familia, -¿era en aquel tiempo lugar de comedores públicos?- le abrasó todo un lado de medio cuerpo abajo dejándole muy maltratado y con peligro de la vida y a todos los demás, sin lesión alguna. Otro cayó en una taberna y a la tabernera la llevó dos dedos de la mano (¡!) dejándola muy despavorida. Otro cayó en la parroquia de San Pedro y a un muchacho que estaba tocando las campanas le dejó desmayado por muchas horas y en algunos días no pudo volver en sí. Otro cayó en el hospital de Santa Escolástica y entrando en la alcoba de una enferma se le metió por el jergón sin prender fuego ni hacer lesión alguna”. Nótese el curioso comportamiento de los rayos que -me parece- se repite hasta el día de hoy.

Y, finalmente, refiere lo que sucedió en este nuestro convento de nuestra gloriosa madre santa Teresa de Jesús, a 20 del dicho mes y año. “Entre una y dos de la noche cayó otro no menos milagroso que dañoso”, causando daños en las personas y el edificio. El más afectado fue el Hermano Fray Domingo de Santa María, que estaba en la azotea ayudando a conjurar” [¡!]; no acierto a saber qué hacían en esa “azotea”, se supone que leyendo oraciones de algún manual litúrgico. Lo que admira al lector es lo caprichoso que fue el rayo maligno: “Se le entró por la manga del brazo derecho y se le abrasó todo aquel lado de allí abajo hasta el pie […]. Juntamente le abrasó la túnica interior, algo de ella, y lo demás que de ella quedó, de tal suerte se le quedó pegada al pellejo que para quitársela se la llevaba por partes pegada consigo”, sin dañar el hábito ni el escapulario. No obstante aplicarle “todos los remedios posibles”, al cabo de cinco días murió santamente conformándose con la santa voluntad de Dios. El Sr. Obispo le visitó dos veces y le concedió “la indulgencia de la muerte” “encomendándose a él”.

Narra después los destrozos que causó en “la capilla mayor” de la iglesia donde “hizo pedazos una viga dejándola toda lamida sin prender fuego en ella ni en otras muchas que estaban junto a ella”. Y el retablo lo dejó ahumado, “lamiéndole el oro sin prender fuego” y algún otro pequeño destrozo. “El Niño Jesús glorioso y nuestra santa Madre”, quedaron algo dañados, pero al Niño “quemóle una palomita que tenía en el cabello sin llegar a él. A nuestra santa Madre no tocó, solo le lamió el oro de la peana”, pero “fue milagro de Nuestro Señor que habiendo topado en todas partes tan buenas disposiciones, no prendiese fuego”. Y todo por “la intercesión de su Santísima Madre, de nuestro Padre san José y nuestra gloriosa madre santa Teresa”.

             (Se puede leer en el Libro de la Fundación 1568-1658. Y Libro de difuntos1607-1836, Archivo conventual, armario I, B-3, folio 10-r).


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