La iglesia y el convento de ‘La Santa’ en Ávila: Crónica de curiosidades (VII)

Castigos divinos y el tribunal del diablo

Daniel de Pablo Maroto, ocd
Convento de La Santa-Ávila

En la crónica manuscrita de un anónimo carmelita descalzo, a la que he aludido en esta serie de “curiosidades”, encuentro algunas historias indicativas de que en pleno siglo XVII, seguían viviendo según la mentalidad medieval, la del Antiguo Testamento: Dios castiga en esta vida a los pecadores y el diablo juzga, a la hora de la muerte, a justos y pecadores.

1 – Relación entre crimen y castigo. Nuestro cronista presenta algunas acciones de personas que, según él, cometieron ciertas acciones que merecieron el “castigo” divino. Los hechos no se pueden negar porque los conocería como testigo de vista o porque se lo contaron; insisto en la interpretación: filiar el hecho luctuoso a castigo divino.

Cuenta como un hecho milagroso y ejemplarizante la intervención de Dios en asuntos humanos para salvar “la veneración de las casas de nuestra santa Madre” que iban a ser maltratadas por un caballero que las poseía en torno al año 1593. Su dueño -dice el cronista- “comenzó a edificar las suyas con tal disposición que las caballerizas venían a caer donde había nacido la Santa”. En realidad, es difícil pensar que los establos de los caballos coincidirían materialmente con la alcoba donde nació la niña Teresa porque las habitaciones de la familia tenían que estar en el piso superior, que coinciden con el pavimento de la iglesia, y la actual cripta, hoy museo, y antiguamente cementerio. En vida de Don Alonso, estaría dedicado a usos varios.

Pero el pecado del caballero consistió es que fue avisado por “otros caballeros y no por eso desistió de la traza”; y lo peor del caso fue que “amenzáronle con algún castigo de Nuestro Señor y todo lo echaba por alto”. Y de hecho, intervino el Dios providente para ejecutar la sentencia: el caballero “vino a morir una muerte bien desgraciada […] y no con poca admiración de los que, sabiendo el caso, lo atribuyeron a castigo del cielo por el desorden con que quiso aumentarla con desestima de nuestra santa Madre” (¡!).

Otro castigo del cielo sucedió a otro caballero que reprendió a un trabajador en la obra del convento que trasportaba tierra de un lugar a otro que no era de su gusto y le mandó “que la llevase a otra parte”. El obrero no le hico caso y, enfurecido le insultó y “mandó a un criado suyo que le diese de palos. Hízolo así y allí, de repente, le dio a este criado una tan recia enfermedad que en pocos días le puso en peligro de muerte”: pero no murió porque, arrepentido, se encomendó a la Santa y sanó de la enfermedad. No así el caballero, que “vino a morir dentro de seis días, castigo que todos atribuyeron a la osadía con que mandó poner las manos en quien estaba empleado en servicio de la Santa” (¡!).

2 – Un fraile moribundo ante el tribunal del diablo. Más sorprendente fue el caso que cuenta el cronista del diálogo que sostuvo un fraile carmelita que vino desde Mancera a Ávila y, como todavía no había convento en la Ciudad, se hospedó en los carmelitas de la Antigua Observancia y, finalmente, en casa de un canónigo. Repentinamente, enfermó de muerte y se presentó ante el tribunal del diablo para ser juzgado. Resumo el caso y el diálogo que mantuvo con el diablo en el lecho de muerte, que pudieron oír los presentes.

Al parecer, le acusaba de salir de casa “a recrear por su gusto” y él repetía muchas veces: “No hay tal. Fui con la comunidad”. Parece ser que el diablo le insultaba llamándole modorro, y él le replicaba: “¿Modorro yo?, ¿modorro yo?” También le acusaba de que había usado “una manta sin necesidad” y él le repuso: “la manta túbela con necesidad”; de que “había venido a Ávila a holgarse”, y el enfermo le respondía: “No hay tal, que vine con licencia a exponerme para confesar”; y parece que no se ponían de acuerdo entre el fiscal y el acusado. “Después de esto -sigue el cronista- se quedó algún tanto sosegado, aunque el rostro muy encendido y todo lleno de sudor” y los presentes dedujeron que “el demonio le provocaba a desesperación diciéndole que moría como mal fraile fuera de su convento”, a lo cual respondía: “En eso me pareceré a mi Señor Jesucristo que murió desamparado de sus discípulos y fuera de la ciudad”.

Poco después, cambió el panorama y los presentes intuyeron que iba acompañado de alguien porque repetía muchas veces: “Ay santa madre nuestra Teresa; ay santa madre, santa madre Teresa”, de donde coligieron “que nuestra madre santa Teresa le había venido a visitar y levantando ambas manos dijo por dos veces: saciabor, saciabor. Con que dejando caer blandamente la cabeza sobre la almohada, dio el espíritu al Señor”. Murió en paz, en “olor de santidad”, y a su entierro fue “con grande acompañamiento de toda la ciudad”. Interesante la coletilla final del cronista, muy de la mentalidad del tiempo: “Quedando todos muy edificados con su muerte y temerosos de ver la cuenta tan estrecha que en aquella hora se pide, pues a un religioso tan santo le hicieron cargo de cosas tan menudas”. Propio también de la época que estoy comentando. (Libro de la fundación. Archivo conventual, armario I, B – 3, folios 1-v-2v y 9-r-9-v). Lo más importante de este lúgubre y “curioso” relato fue que -según el cronista- que movió al padre provincial, el célebre Tomás de Jesús, la necesidad de tener los descalzos un convento en la Ciudad. Como así fue desde el año 1600 hasta el 1636 cuando se instalaron los Descalzos en el convento de “La Santa”.


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