La iglesia y el convento de ‘La Santa’ en Ávila: Crónica de curiosidades (y IX)

La exclaustración de 1835-36

Daniel de Pablo Maroto, ocd
Convento de La Santa-Ávila

En un capítulo anterior de “curiosidades”, aludí la “exclaustración” de los religiosos de España en los años de 1809-1814 y su incidencia en la vida de los carmelitas descalzos en el convento de Ávila. Retornados a sus conventos, pocos años después y casi mientras se reponían de la catástrofe, fueron expulsados de nuevo. Recordemos brevemente los decretos de los gobernantes de España que desmantelaron la institución de la vida religiosa consumando un enorme “latrocinio” y arruinando un inmenso patrimonio cultural.

Los primeros ataques contra la vida religiosa, después de la invasión francesa de España, los sufrieron los frailes en el Trienio liberal (1820-1823) suprimiendo las comunidades con número inferior a 24 miembros ordenados “in sacris” y prohibiendo el ingreso de novicios. Pero la gran persecución contra la vida religiosa aconteció en los años 1835-1836. Para no repetir datos ya conocidos por la historia, recuerdo el último decreto que supuso el desmantelamiento total del entramado de la vida religiosa en España, el del 8 de marzo de 1836 en el que se suprimían “todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas de comunidad o de institutos religiosos”, con algunas pocas excepciones.

De toda aquella triste historia, quiero recordar cómo fue recibido por los pacíficos moradores del convento de “La Santa” el decreto y como iniciaron un camino incierto en el futuro. Trascribo el testimonio del cronista que fijó los hechos en un libro de actas del convento.

En el día 19 de febrero de mil ochocientos treinta y seis, a las once de la mañana, se personaron en este convento el Sr. Jefe político, Don Domingo Ruiz de la Vega, en unión de varios individuos del ayuntamiento de esta ciudad y otros señores de la policía y militares, en ocasión que estaba la comunidad en [el] refectorio [comedor], de cuyo acto salió el Reverendo Padre Prior, que lo era Fray Andrés de San José, al que le notificaron de orden del Gobierno la supresión de esta comunidad […] quedando disuelta desde dicho día. Y en los siguientes pasaron a hacer los inventarios de los efectos, alhajas, propiedades y utensilios de todo el convento, los que adjudicaron a beneficio de la nación, desposeyéndonos injusta y violentamente de todo”.

“El Señor jefe político y el ayuntamiento -sigue diciendo- solicitaron permiso del Gobierno para que esta iglesia de la Santa quedase abierta para el culto de la Santa y lo consiguieron destinando para el culto tres capellanes y un sacristán […]”. Firma el acta Fray Alonso de la Paz, como carmelita descalzo, el 24 de enero de 1845” (Archivo conventual. Armario I. Libro de la Sacristía, folio 29-r-v.

El destino de los miembros de la numerosa comunidad fue muy variado, como reconoce un cronista tardío, en 1876, superviviente al naufragio, Gregorio de Santa Salomé: “La comunidad de treinta y dos religiosos tuvieron (sic) el dolor de derramarse (¿?) y acogerse al seno de sus familiares”. Quiere decir que en el entreacto de la primera y segunda exclaustración -1814-1835- la comunidad había aumentado considerablemente (cf. Libro en que se asientan las determinaciones capitulares, sucesos y cosas memorables. Archivo conventual. Armario I. B, 2, folio 16-r.).

La “exclaustración” del 1836 fue el comienzo del fin, un largo período de 40 años quedando el convento de “La Santa” destinado a varios usos que son hoy muy recordados por la historia de este monumento nacional. Los frailes-capellanes, vestidos de sacerdotes, siguieron atendiendo el culto de la iglesia malviviendo en espacios limitados, mientras el convento fue adaptado para otros usos que son conocidos, pero serán “curiosidades” para muchos lectores.

En el tiempo de la “exclaustración” de 1836, un largo período de 40 años, el Ayuntamiento, bajo cuyo patrocinio estaba el convento de La Santa, nombró tres capellanes, vestidos de sacerdotes seculares, y al hermano sacristán, quedando bajo la autoridad eclesiástica. Por esa dedicación al culto, tuvo la suerte de no ser demolido, abandonado o mal vendido y fue dedicado a varios usos de servicio público. En principio se pensó establecer en él la cárcel, pero no cuajó la idea; o también dedicarlo a biblioteca pública o museo de la provincia, proyectos también frustrados. Finalmente se destinó a Academia de música conocida como el Liceo de La Santa desde 1841. Para ese uso, los dos pisos del ala norte se convirtieron en un teatro rompiendo la estructura del edificio y realizando otras varias obras. Existe en el archivo conventual un documento de uno de los capellanes en el que lamenta el poco espacio vital que les dejó esa actividad en el convento porque tuvieron que abandonar el lugar de su residencia “a otros lugares sumamente incómodos” y con perjuicio “de la conservación del edificio” (Cf. Relación de los hechos más notables… Armario 2. caja 29, documento 47).

Posteriormente, se añadieron nuevas actividades. En 1848 se dedicó a Instituto de Segunda Enseñanza sufriendo el hábitat conventual nuevas adaptaciones para cubrir las necesidades de un centro de estudios, como aulas para las clases, despachos para profesores y la administración, un gabinete de física y química, etc. Y, finalmente, en el año 1863, se añadió otro centro de estudios, la Escuela Normal para la educación de maestros. Piense el lector lo que tuvieron que soportar los frailes capellanes supervivientes y las obras que tuvieron que realizar los nuevos inquilinos cuando en el año 1876 se reanudó la vida conventual para reconvertir el edificio en hábitat de carmelitas descalzos. ¡Menos mal que en el año 1882 se celebró en Ávila con entusiasmo el III Centenario de la muerte de la Santa que favoreció mucho la “restauración” de la vida de la comunidad! A ello colaboró la llamada “Junta de Damas”, presididas por la reina, pero delegando en la vicepresidenta, la condesa de Superunda.

Los sucesos posteriores en el convento y su dedicación es muy rica en acontecimientos, pero es otra historia que no sabe en una pequeña crónica. El Instituto y la Normal se instalaron en un nuevo edificio, propiedad de los carmelitas descalzos, quedando el Estado como propietario del convento que lo cedió en usufructo a los religiosos. Posteriormente, la orden ha recuperado la propiedad de la iglesia y el convento.


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