El feminismo en la historia: 5. Relaciones de una orden de varones con la fundadora Teresa, una mujer

Daniel de Pablo Maroto, ocd
Convento de La Santa-Ávila

La historia del feminismo demuestra que, durante siglos, la mujer ha sido bastante marginada en la sociedad y también en la Iglesia católica. A ese debate sumo una historia particular: la relación de los carmelitas descalzos con su fundadora, santa Teresa de Jesús. Advierto de camino y como mera curiosidad histórica que, contra lo que se afirma habitualmente, no fue ella la primera y única mujer en acometer esa hazaña en la Iglesia católica. Al menos la historia documenta el caso de santa Coleta de Corbie que reformó en el siglo XV la orden franciscana en su rama femenina y masculina.

En cuanto a los carmelitas descalzos y su posible o real mentalidad antifeminista hay que tener en cuenta que algunas de sus expresiones verbales o comportamientos en la vida en relación con las mujeres están determinadas por el peligro moral que supone su trato y por eso extreman su relación con ellas, como se encuentra en la legislación de los descalzos. Por eso los lectores se pueden encontrar un buen lote de referencias que no suponen desprecio por el sexo femenino ni un sentimiento misógino de los frailes descalzos.  

Por ejemplo, el anónimo autor del Tratado de oración, en los comienzos de la Reforma teresiana, aconseja a los lectores carmelitas descalzos que traten con prudencia con los seglares, especialmente con mujeres. Y lo que menos espera el lector es la conclusión, que manifiesta una mentalidad antifeminista: “Dios, mis hermanos, los libre de animal tan pestífero como la mujer” (¡!) (Ed. de Evaristo de la V. del Carmen, Toledo, 1926, p. 95). Y, para no aumentar las páginas de este breve comentario, recuerdo una historieta que sucedió en el “desierto” de Las Batuecas (Salamanca), convento de rigurosa observancia en plena soledad donde no se podía ni siquiera mentar el nombre de mujer para evitar tentaciones.

“Temía tanto a las mujeres -leemos- que estando una vez en la portería baja y viendo que unas venían a ella, echó a huir al convento diciendo que había visto a los demonios. Y por esto introdujo que, cuando se había de nombrar este sexo, no se le diese nombre de mujer, sino de sierva de Dios, previniendo en el vocablo el peligro de su memoria” (José de Santa Teresa, Reforma de los Descalzos…, IV, Madrid, 1684, lib. XVIII, cap. 4, n. 3, p. 750).

Más extraño resulta lo que escribe otro cronista sobre san Juan de la Cruz, que “huía de cualquier comunicación de mujeres, aunque fuesen santas” (Francisco de Santa María, Reforma…, I, Madrid, 1644, lib. II, cap. 9, n. 6, p. 235). Sabemos por escritos auténticos que no era un misógino, sino que trataba amablemente con mujeres, especialmente con las carmelitas descalzas. También, como sugerencia, recuerdo las frases de alerta de la madre Teresa sobre el peligro que tienen los hombres en sus relaciones con las mujeres (Vida, 5, 5).

Es verdad que algunas actitudes aparentemente antifeministas de los carmelitas descalzos, no significan una crítica al hecho de ser su fundadora una mujer; sino que, en última instancia, obedecen a una actitud machista por parte de los frailes que, como fuertes varones, se impusieron una ascesis más rigurosa que la exigida por la Fundadora a las monjas descalzas. A ello parece aludir también el cronista de la Reforma Francisco de Santa María: “[…] que no podía pasar la Reforma adelante sin ellos [frailes descalzos], porque la flaqueza de las mujeres, no sustentada de la fortaleza de los varones, es cuerpo sin costillas” (¡!). (Ib., lib. II, cap. 9, n. 1, p. 233). Es cierto porque la cronista Teresa alude al hecho y lamenta que los frailes no hiciesen caso de su propuesta de moderación en la excesiva ascesis (Fundaciones, 14,12).

Por lo demás, las relaciones de los carmelitas descalzos con la fundadora Teresa fueron, en general, cordiales, especialmente con los que podemos llamar líderes de los orígenes: los Padres Antonio de Jesús, Juan de la Cruz, Jerónimo Gracián, Nicolás de Jesús María (Doria), Juan de Jesús (Roca), Ambrosio Mariano, etc. Suena a anécdota jocosa lo que se cuenta del P. Antonio (Heredia) que cuando algunos le acusaban de seguir las leyes de una mujer, respondía que él vivía según las Constituciones de los generales Juan Soreth y Nicolás Audet, que fueron la fuente donde se inspiró el P. Gracián en 1576, como reconoce él mismo.

Si el nombre de Teresa no aparece como fundadora en los documentos dirigidos a la Santa Sede, pienso que no fue por antifeminismo ni por desafecto a ella, sino por exigencias protocolarias: ser una mujer fundadora de una institución clerical, de varones.

Después de la muerte de la Fundadora, los descalzos, ya en tiempo del gobierno de Nicolás Doria como provincial (1585), hicieron dos actos importantes para gloria de su madre Teresa: traer su cuerpo desde Alba a Ávila (operación después frustrada por el retorno a Alba). Y ordenar la edición de sus Obras en Salamanca, 1588, dedicadas por el padre provincial Nicolás Doria a la “emperatriz nuestra Señora”, María de Austria, hermana de Felipe II, donde le dice: “Estos [los escritos] ofrecemos ahora a Vuestra Majestad como la más preciosa joya que tenemos”. Añado que, quizás, el primero que pensó en la publicación fue Fray Juan de la Cruz, en 1584 (cfr. Cántico Espiritual, 13, 7). Y apoyó la edición siendo consejero provincial en 1586.

No se puede explicar en un breve escrito lo que los frailes descalzos hicieron por la madre Teresa en vida y después de su muerte, la relación con los más ilustres descalzos a quienes dirigió muchas de sus cartas, conservadas solo las de 4 destinatarios, entre las que sobresalen las 110 al P. Jerónimo Gracián; ninguna a Fray Juan de la Cruz. Personalmente, sí echo de menos algo en los frailes descalzos en relación con la madre Fundadora, es su poca presencia en los Procesos de beatificación y canonización, salvo error, unos 22, en comparación con las 222 de las carmelitas descalzas.

(Sobre el ambiente feminista y antifeminista en tiempo de santa Teresa, cf. DANIEL DE PABLO MAROTO, Teresa en oración. Historia. Experiencia. Doctrina, Madrid, EDE, 2004, cap. 8, pp. 292-313).


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