Teresa de Jesús y su conciencia de ser mujer

Daniel de Pablo Maroto, ocd
“La Santa” (Ávila)

En un tiempo en el que se exalta tanto a la mujer como reacción al antifeminismo de épocas pasadas, presento a los lectores a santa Teresa de Jesús que, en el siglo XVI, tuvo conciencia de “ser mujer”, se gozó de serlo, defendió su condición femenina y lo propuso a lectoras y lectores como modelo a imitar. Además, siendo “mujer”, realizó una obra gigantesca como escritora de libros admirables y fundadora de una reforma de su orden del Carmen. Los lectores poco habituados a la lectura de sus obras, se admirarán de que una mujer, aun siendo monja de clausura y sospechosa de falsas experiencias místicas, tuviese la valentía de gozarse de su estatus social como mujer y la osadía de defender su igualdad con los varones en una sociedad patriarcal y machista y en una Iglesia católica androcéntrica en sus prácticas y magisterio.

Mi reflexión no se funda en una historia pasada para apoyar el actual movimiento feminista, tan distinto del defendido por santa Teresa, sino para demostrar que, en el siglo XVI, de mentalidad machista y androcéntrica en sus esferas civiles y eclesiásticas, una mujer gozó siendo mujer y animó a las mujeres a defender su estatus, a gozarse de ser tales sumándose al coro de protestas contra la situación social y eclesial.

Una vez resuelto el problema del ser mujer, Teresa, como cristiana y feminista, se ocupó de diseñar sus quehaceres en la sociedad y en la Iglesia de su tiempo. El ser es el soporte esencial, lo sustantivo; el quehacer, la consecuencia necesaria. Y es aquí donde Teresa, monja de clausura, consciente de ser elegida por Dios para realizar una obra en la Iglesia, entregó su inmenso potencial femenino y espiritual a cumplir con un destino diseñado por Dios. Descubrió tardíamente su misión en la Iglesia de su tiempo al compás de su madurez espiritual; pero, una vez confirmada por sus directores espirituales la verdad de sus experiencias místicas, entregó su vida a la causa de Jesucristo y de su iglesia. Y así la encontró la muerte cumpliendo con su destino como mujer en la Iglesia y la sociedad de su tiempo a la edad de 67 años.

Para cumplir su destino profético, su ser de mujer se rebeló contra las estructuras que la Iglesia católica había impuesto marginando a las mujeres de su necesaria acción misionera. Solo les había reservado el quehacer de ser santas cumpliendo con sus deberes cristianos como esposas o madres o consagradas a Dios en un beaterio o en conventos de clausura. Pero Teresa pedía algo más: ser útil en la Iglesia en “tiempos recios” y combatida por muchas y grandes “tempestades”. Se sentía con “ánimos” más que de mujer no solo para vivir santamente, sino también para misionar en cercanas tierras de herejes o en las lejanas de gentiles si la Iglesia se lo permitiese. Cerrados esos horizontes de misión, creó un ejército de orantes en la retaguardia para ayudar a los que combatían en la vanguardia, en las fronteras del mal.

Para realizar en plenitud el proyecto asumido, tuvo que ser mujer libre, no le bastaba con ser solamente mujer. Y a ese proyecto dedicó su vida, expuesta a ser juzgada y condenada como rebelde por las fuerzas represivas de la Inquisición. Pero Teresa se refugió en una zona de riesgo seguro y se comportó como una “rebelde sumisa”, utilizando todo el potencial de sus valores humanos y sobrenaturales hasta convencer a los jueces de que era una profetisa escogida y enviada por Dios. Creo que no existe una sola mujer en su siglo, seglar o monja, que haya tenido relaciones tan abundantes y cordiales con gentes tan importantes social o eclesialmente como Teresa de Jesús: miembros de familias nobles, eminentes eclesiásticos entre el alto clero, grandes teólogos y profesores en las universidades, cargos directivos de las órdenes religiosas, etc.

Existen muchas pruebas para demostrar que la madre Teresa se comportó como una mujer libre en una sociedad sometida; basta recordar que expuso algunas de sus ideas contra el parecer y las decisiones de los teólogos de la Inquisición. Los censores de sus obras escritas lo advirtieron al leer los autógrafos de la madre Teresa y pusieron notas marginales como “parece que reprehende a los inquisidores que prohíben libros de oración” (CaminoE, 36, 4), o frases parecidas. Era evidente que lo hacía sabiendo que sus escritos iban destinados a su familia espiritual y que, en caso de excesos verbales, sus censores amigos los suprimirían. De hecho, en una segunda redacción, fueron suprimidos. Ejemplos de estos no abundan, pero son sintomáticos y ejemplares de un comportamiento libre.

Como ejemplo de amplio espectro, se ha hecho célebre un largo párrafo de la primera redacción del Camino de perfección, que fue tachado por el censor de turno con trazos tan recios que ha sido difícil reconstruirlo: “Sois, [Señor], justo juez, y no como los jueces del mundo, que, como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa” (CaminoE, 4, 1).

Mucho más inteligente es su aparente sumisión a los que le ordenan escribir sus obras mayores: Vida, Camino, Fundaciones y Moradas. Es seguro que cumplió el mandato, que era su escudo protector; pero hay que leer las “añadiduras” de la verdadera autora.

Por ejemplo, escribe la Vida por mandato de sus confesores (Prólogo, 1). Pero también, supongo que antes, lo ha “querido el Señor” (ib., 2). El Camino, suponemos que lo escribió por mandato del P. Domingo Báñez, pero será una obra fundada en su experiencia espiritual como orante, en sus lecturas de libros, mejor escritos que el suyo, pero que las monjas lectoras aprovecharán más en el de la madre Teresa (Prólogo, 1). Lo mismo sucede con el libro de las Fundaciones, escrito por mandato de los Padres Ripalda y Jerónimo Gracián; pero reconoce que, previamente, el mismo Cristo le está urgiendo que escriba “las fundaciones de estas casas” (Cuenta de conciencia, EDE – 6, Malagón, febrero de 1570). Finalmente, las Moradas. No consta revelación divina para comenzar el escrito y sí la de sus directores espirituales (Gracián y el Dr. Velázquez); pero, en el fondo, lo hace con gusto porque sabe que “mejor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras” (Prólogo, 4).

Santa Teresa de Jesús, grande por tantos motivos, pienso que lo es, al menos por uno muy importante: por ser una mujer libre y haber obrado con total libertad en una sociedad hostil especialmente para las mujeres.


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