Picaresca mística y la escuela mística teresiana

Daniel de Pablo Maroto, ocd
“La Santa” (Ávila)

Que España ha sido un lugar privilegiado para la vida de los “Pícaros” lo demuestra la abundante literatura como el El Lazarillo del Tormes (¿anónimo?), La vida del Buscón Don Pablo (Quevedo), El Diablo Cojuelo (Luis Vélez de Guevara), etc. Sobre ese fondo de costumbres “pícaras” diseñadas en los libros quiero presentar una modalidad de vida de algunos “espirituales” de la España de los siglos XVI y XVII que vivieron la “espiritualidad”, su relación con Dios y con los hermanos/as “pícaramente”. Frente a ellos, como críticos, se situaron los carmelitas descalzos de la madre Teresa cuyas obras escritas constituían la más importante “Escuela de espiritualidad y de mística” de los siglos XVII y XVIII. Como el espacio es breve, voy a resumir lo más posible la vida de lo que se puede llamar “mística parda” o “mística bribónica” que ejercieron algunos/as “espirituales” para vivir del cuento de sus beaterías.

Algunas personas practicaron la mística parda o “bribónica” aparentando ser muy espirituales, pero, en realidad, todo era un montaje falso preparado para engañar a los visitantes con fines religiosos o materiales: por ejemplo, ganar fama de santidad, consideración social de gente de clase baja, u obtener medios económicos para vivir bajo apariencias de austeridad. Alguno de los modelos pudo ser conocido por la madre Teresa y sus amigos y consejeros de Ávila que le infundían miedos ante la posibilidad de ser engañada por el demonio con el riesgo de intervenir la Inquisición cuando ella comenzó a experimentar “fenómenos” extraordinarios como sentimientos de la presencia de Dios, visiones, locuciones divinas, etc.

Un “caso” de cierto escándalo que pudieron ofrecer a doña Teresa de Ahumada sus confesores y directores espirituales abulenses fue el de la “Beata de Piedrahíta” (Ávila), María de Santo Domingo, terciaria dominica, un personaje influyente en su orden y en la Iglesia y muy discutida en su tiempo y hasta en nuestros días y que terminó su vida sin escándalos ni castigos de la Inquisición.

Pero el caso más llamativo y comentado aquellos días en España fue una de las figuras más representativas de la mística “bribónica”, y que tuvo que conocer doña Teresa, fue el de la monja clarisa de Córdoba, Magdalena de la Cruz. En su cuerpo aparecieron los signos de la pasión de Cristo: llagas en las manos y el costado, fenómenos somáticos como visiones, éxtasis y arrobamientos, locuciones proféticas, etc. Parecía ser un modelo de elegida por Dios para grandes hazañas y, de hecho, fue admirada por altos representantes de la jerarquía de la Iglesia, ensalzada por los predicadores, muy apreciada por la alta sociedad y la corte de España. ¡Un prodigio de santidad en una Iglesia en grandes tempestades de herejías! Pura apariencia de santa mujer; en realidad, un muñeco roto porque detrás de su figura externa se escondía una mística “falsa”, un número más de la tribu de “pícaros” vueltos a lo divino para vivir del cuento entre honores, prestigio social y dádivas materiales debidos a una “santa”.

Al fin, se descubrió que todo era pura patraña y en 1544 (había nacido en 1487) fue juzgada por la Inquisición y encarcelada contando ella misma la verdadera historia de su vida: hubo pacto con el diablo, promesa de que la tendrían por santa, y así fue; los fenómenos místicos, incluidas las llagas, puro engaño como buena mística “bribónica” para vivir del cuento y de la fama. Y lo más hilarante que confesó al tribunal fue que “un día de la Asunción de Nuestra Señora se sintió preñada del Espíritu Santo y que la noche de Navidad parió un niño [¡!]”.

El tribunal de la Inquisición la condenó a penas graves, pero menores a las debidas por los delitos cometidos al no encontrar en sus actos herejías contra la fe católica, sino “picardías” para ser tenida por santa por el pueblo y vivir del cuento. Este ejemplo es una ventana abierta al copioso campo de las informaciones que nos ofrece el siglo de santa Teresa.

Fue también muy famoso el caso de sor María de la Visitación, monja dominica de Lisboa, con los mismos síntomas, fama y fracaso, un caso difícilmente conocido ya por la madre Teresa por razones de cronología, pero sí por san Juan de la Cruz, crítico con gestos (fue a pasear junto al mar), pero no de palabras dichas o escritas, y María de San José, inteligente carmelita y magnífica prosista que daría para un buen comentario.

Queda, para concluir el tema, la acción de los carmelitas descalzos, hijos de la reformadora Teresa, especialistas en descubrir las truhanerías de los místicos de la panda de los místicos “bribónicos”, sobre todo en el período en el que los falsos místicos asumieron prácticas inmorales de la secta de los “alumbrados”. Existe una obra de don Fulgencio Afán de Ribera, que bien daría para un artículo “jocoso”, Virtud al uso y mística a la moda, del siglo XVIII. El autor pretende desterrar a todos los farsantes que viven del cuento aprovechando la idiotez de la gente crédula que los admira. Para ello, dibuja un personaje ideal del santón religioso engañabobos, místico “bribónico”, pura delicia caricaturesca para pasar un rato de buena reflexión.

Aconseja al aprendiz de “pícaro” que no visite a las monjas porque como “no dan más que conversación, se prohíbe a todo beato gastar pólvora en salvas […]. No obstante, tienen su voto para tu opinión porque creen de ligero cualquier virtud” (¡!). ¡Qué tiempos aquellos! Pero tampoco a los frailes, especialmente a los carmelitas descalzos. Creo que el autor está cerca de la orden porque dedica la obra a doña Antonia Manrique de Lara, “muchas veces priora de La Encarnación”. Y presenta a un padre que quiere inducir a su hijo, el “hermano Carlos del Niño Jesús”, a que se haga cofrade de la “mística bribónica”. Este es el texto que justifica el artículo.

“Los frailes son un escollo en que te quebrarás la cabeza si los tratas mucho porque, por lo regular, son doctos y picarones porque a dos por tres descubrirán la caca […]. Para quien no te doy permiso ni licencia para que los veas ni oigas, aun desde cien leguas, ni me atravieses la puerta de la iglesia, aunque sea día de santa Teresa de Jesús, es a los carmelitas descalzos. Estos son unos demonios blancos para nuestro intento porque son unos versados y diestros en la verdadera, genuina y fundamental teología mística que, a dos veces que te echen la vista sobre el hombro, te han de conocer la musa […]. Y así guárdate de estos animalicos si quieres guardar el armario”.

Este es el buen nombre que tenía la Reforma de santa Teresa a comienzos del siglo XVIII, que había creado en los siglos XVII y XVIII posiblemente la mejor escuela de teología mística en España con una rica red de conventos que acogían a varios miles de frailes.

(Para más información, cf. DANIEL DE PABLO MAROTO, “Picaresca mística en los siglos XVI y XVII. Aportaciones del P. Juan de Jesús María, Carmelita Descalzo (1560-1644)”. En Homenaje a Pedro Sáinz Rodríguez. Tomo IV, Madrid, FUE, 1986, pp. 185-213).

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