Ciento por uno: Teresa y Ortega

ortega

Pedro Paricio Aucejo

Como tantos otros españoles, accedí al mundo de la filosofía de la mano de mis lecturas adolescentes de Ortega y Gasset (1883-1955). La primera de ellas fue la de su obra más íntima y cordial, El Espectador, donde, con lenguaje luminoso y expresivo, hace una incursión en sus reflexiones intelectuales como ´peripecias y aventuras personales del autor´. Se trata de una colección de ocho volúmenes que fueron apareciendo desde 1916 hasta 1934.

En el tercer volumen, publicado en 1921, en el capítulo ´Notas de andar y ver´, cuando describe su viaje de Madrid a Asturias, al narrar su paso por el pueblo palentino de Paredes de Nava, lugar de nacimiento de Berruguete, se detiene en la figura de ´La hermana visitadora´. Es una monja vieja, dulce, simpática, sencilla, noble y aldeana a la vez, que, acompañada de dos hermanas más de la Caridad –una joven y otra de mediana edad– sube al tren en esta ´aldea grande, tendida en el llano´. Al verla, estima Ortega que se trata de una elevada autoridad en su Orden y, por la conversación, deduce que es una visitadora que va de hospital en hospital, inspeccionando su funcionamiento. Hace calor en el departamento y, después de sacar esta anciana un abanico y contar una anécdota sobre la persona que se lo había regalado, el ensayista madrileño se detiene, expectante, en la pregunta que aquella lanza súbitamente a sus acompañantes:

“-¿Qué día es hoy?

-Dieciséis de julio –le contestan.

Y da un hondo suspiro, mira la lejanía y dice:

-Pues esta mañana, a las cinco, han hecho cuarenta y nueve años que salí de mi casa para ir al convento. ¡Qué mañana! No la olvido nunca. Salí con el corazón encogido y me iba acordando de lo que decía Santa Teresa de sí misma: ´Cuando abandonaba la casa de mis padres me parecía que me crujían los huesos´.“

Y, después de esta referencia a la Santa de Ávila, Ortega concluye la descripción de este pasaje añadiendo la siguiente interpretación de lo ocurrido:

“Pero esto lo dice la hermana visitadora envolviendo el antiguo hecho amargo con la sonrisa universal de ahora. Y es como si alguien, acariciando con la yema del dedo una espina, dijera: ´¡Pobrecilla! ¡Bastante desgracia tienes con ser tu misión herir!´.”¹

Sensible y profunda, pero curiosa a la vez, resulta esta percepción que de la persona consagrada a Dios tiene nuestro pensador español contemporáneo más universal. Si a la radicalidad en sí del Evangelio se añade el progresivo alejamiento que de la vivencia religiosa se viene produciendo desde hace tiempo en las sociedades desarrolladas, se comprenderá la dificultad para entender adecuadamente la singular experiencia de quien dedica totalmente su ser a manifestar la primacía de Dios por encima de cualquier otra realidad. Es esta prioridad la que le lleva a la imitación de Cristo –icono vivo de la entrega total a la voluntad divina–, de modo que quien, íntimamente animado por la fuerza de la fe, orienta su existencia en torno a este polo de atracción recibe algo mucho más valioso que aquello de lo que parcialmente se despoja: la plenitud de la Vida.

En su esencia, no se trata más que de responder íntegramente a la necesidad que el espíritu humano siente de aspirar al bien supremo y la consiguiente exigencia de desasirse de todos aquellos bienes que le sean inferiores –no de su eliminación sino de la desaparición del apego inadecuado que impida encontrarlos verdaderamente. Es una cuestión de recobrar la correcta ordenación de los bienes querida desde sus inicios por Dios y trastocada en la vigente fragilidad del hombre. Ahora bien, es cierto que ello no se puede conseguir sino a costa de poner el centro de gravedad de la persona en la búsqueda constante del rostro de Dios, de manera que, con inevitable esfuerzo, se irá logrando poco a poco la transformación de su actual naturaleza hasta convertirla en la realidad definitiva a la que el hombre está destinado. Esta realidad no solo se dará perfecta en un futuro, sino que se da ya, en germen, en el presente del instante preciso en que se apuesta por la renuncia al desorden sistémico de aquellos bienes. De acuerdo con ello, la existencia religiosa bien entendida no es otra cosa que el testimonio del seguimiento comprometido de esa vida nueva presente ya –como avanzadilla– en nuestra historia.


¹Obras Completas (2), Madrid, Alianza Editorial-Revista de Occidente, 1983, p. 250.


2 thoughts on “Ciento por uno: Teresa y Ortega

    1. Muchas gracias por tus palabras sobre el blog. Nos alegra y nos anima. En cuanto a poder estar en Ávila en 2015… es un sueño compartido por muchos amigos de Teresa de Jesús. Ojalá se haga realidad. Un abrazo.

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