Calasanz, un santo con espíritu teresiano

En 1617, hace 400 años, se fundó la Congregación de las Escuelas Pías, que cuatro años más tarde, se convertiría en orden religiosa. Hoy, 25 de agosto, es el aniversario de su muerte en Roma, en el año 1648.

José de Calasanz, nacido en 1557 en Peralta de la Sal (Huesca), tras realizar los primeros estudios, decide seguir la vocación sacerdotal. A los pocos años de su ordenación, en 1592, aconsejado por el obispo de Urgel, se traslada a vivir a Roma.

Allí descubrirá todo un mundo de necesidades, entre las que destacan los niños sin escolarizar, abocados al analfabetismo, la delincuencia y el hambre.

Hacia 1597, en la sacristía de una iglesia que solía visitar, Santa Dorotea, en el Trastevere romano, comienza la primera escuela gratuita de Europa.

En medio de grandes dificultades, pero también con valiosos apoyos, se desarrolla y consolida su obra, hoy extendida por todo el mundo.

En este artículo, queremos presentar los vínculos que unen a este santo fundador con Teresa de Jesús, a quien Calasanz leía y veneraba mucho antes de su canonización:

«No se comprende la mayor parte de la vida romana de San José de Calasanz, si no es a la luz de su amistad íntima y espiritual con los primeros padres de la Congregación italiana del Carmelo reformado […] es cierto particularmente que fueron sus estrechas relaciones con los carmelitas las que dieron cauce definitivo a su vida, a su espiritualidad y a su apostolado. Fueron ellos sobre todo quienes aconsejándole, animándole y ayudándole incluso con limosnas contribuyeron al dichoso germinar y brotar de la primera Orden docente»[1].

La relación nace, en primer lugar, de la cercanía física. Calasanz (Don Giuseppe, como era conocido) inicia su actividad educativa en la parroquia de Santa Dorotea, junto a la comunidad descalza de Santa Maria de la Scala[2], en el romano barrio del Trastevere -el que está “al otro lado” del río Tíber.

Dos fueron los carmelitas de este primer momento, oriundos, como él, de tierras españolas, con los que contactó: Pedro de la Madre de Dios (nacido en Daroca) y Juan de Jesús María (originario de Calahorra), conocido como el Calagurritano.

Juan de Jesús María extendió en Roma el conocimiento y la devoción a Teresa de Jesús, predicando en la Iglesia de la Scala, desde 1602, trece famosos panegíricos que culminarían en 1614 con los sonados festejos de la beatificación de la Madre.

El P. Juan de Jesús María fue consejero espiritual, amigo y colaborador de Calasanz. Fruto de sus muchas conversaciones, el Calagurritano daría a la imprenta en 1613 un opúsculo de temática educativa, titulado Liber de pia educatione [3]. Esas páginas están dirigidas a los maestros, y en ellas, sintetiza los principales temas de la buena educación «para alentar los ánimos abatidos de los cooperadores de Calasanz en la enseñanza no retribuida de la niñez romana»[4].

La estrecha relación del P. Juan de Jesús María con el papa Pablo V sería un factor decisivo a la hora de defender a Calasanz, frente a sus enemigos y calumniadores. Sería el P. Juan de Jesús María quien además, sugiriera al papa que nombrase un cardenal protector para su ‘obra’. Pablo V accedió, nombrando al cardenal Ludovico Torres, de Monreale, el 24 de marzo de 1607.

Otro carmelita español, el P. Domingo de Jesús María, (Ruzola) fundaría –probablemente tras la beatificación de la Madre– el llamado Oratorio de Santa Teresa, del que Calasanz sería miembro[5].Esta asociación, más allá de la actividad caritativa, fue sin duda una escuela de espiritualidad a partir de las enseñanzas teresianas.

El P. Calasanz aparece también conectado con las carmelitas descalzas de Roma. El episodio de la fundación de este convento lo narra el propio Gracián en su Peregrinación de Anastasio en estos términos:

«El día que llegué a Roma rescatado, había el padre Soto, cantor del Papa, gran siervo de Dios, concertado de comprar una casa para fundar en ella convento de Carmelitas Descalzas en Roma. Conocíame este Padre de muy antiguo tiempo, trató conmigo esta fundación, compramos la casa junto al Monte Cavalo [Quirinal], hícela aderezar y fabricar todas las oficinas al modo que acostumbraba la madre Teresa fabricar sus conventos. Hablé a seis o siete doncellas que el padre Soto tenía diputadas para primeras monjas Descalzas, y recogidas en una casa particular, donde les enseñé las ceremonias de las Descalzas, leyéndoles la Regla y procurando que hiciesen lo que ellas hacen, con que quedaron industriadas sin tener fundadora descalza; porque sentía el padre Soto gran dificultad en fundar convento de ellas, sin tener quien las enseñase el ejercicio de la Regla y Constituciones. Del monasterio de las monjas Descalzas de Génova no le quisieron dar ninguna fundadora ni tampoco de las de España… Y con esto se fundó muy bien el convento y con mucho gusto del papa Clemente VIII, que les favoreció con buen gobierno, haciéndolas mediatamente sujetas a la Sede Apostólica, porque en su lugar las gobernaba el cardenal César Baronio (que después metió allí una sobrina suya) y también con dineros para la fundación»[6].

Más tarde, según relata el P. Vicente Berro[7], que fue secretario suyo, pedirían a Calasanz que se hiciera cargo de asistir a la comunidad:

«siendo [el cardenal Marcelo Lante] protector del Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Capo le Case [junto a Monte Cavallo], rogó al Ven. Sacerdote [Calasanz] que probase, asistiese e instruyese a dichas Madres en la perfección y mortificación y… les hizo esa caridad muchos días, con mucho provecho… pero como las Escuelas Pías eran la ocupación principal de nuestro D. José, se despidió de ellas…»[8].

Otro episodio que narran los primeros biógrafos del santo fue la curación de Calasanz de una enfermedad grave por intercesión de santa Teresa:

«En 1627 enfermó José, después de su regreso de Nápoles y al agravarse mucho el mal, fue desahuciado por los médicos, por lo que él, ‘muy resignado a la voluntad de Dios, se preparaba para el paso a la eternidad. Mientras estaba absorto en devota oración, se le apareció la gloriosa Santa Teresa y dándole ánimos con el rostro alegre le aseguró la salud y la vida, diciéndole que el Señor quería que le sirviera en la propagación de su pío instituto para utilidad del cristianismo; y le predijo todos los trabajos y persecuciones que tenía que soportar y sufrir para mantener la Obra de la Religión. Y desde aquel momento empezó a cesar el mal y en breve tiempo quedó curado del todo. El V. Siervo de Dios, en agradecimiento por la salud recobrada, había determinado dedicar a la Santa la iglesia de la primera fundación que se hiciera. Y como en el mismo año se hizo la segunda fundación en Nápoles, fuera de Puerta Real, dio orden al P. Pedro (de Maldis) de S. José, que abriese la iglesia bajo la invocación de dicha Santa Teresa, revelándole los motivos»[9].

Al final, no pudo cumplir su promesa, debido a que los carmelitas, muy vecinos a las Escuelas Pías de Porta Reale, se opusieron, para que no hubiera confusión con su iglesia, y Calasanz cedió, pensando en cumplir más adelante su voto en otro lugar.

Fruto de todas estas influencias, del afecto y devoción que Calasanz llegó a sentir por Teresa de Jesús, pero sobre todo, del beneficio que su lectura ejercía en él, son dos datos que apuntamos para concluir.

El primero es el hecho de que, entre los escasos libros que el santo poseía en su celda, conservara hasta el final de su vida este libro: ‘Compendio de las Solenes fiestas que en toda España hicieron en la Beatificación de N. B. M. Teresa de Jesús fundadora de la Reformación de Descalzos y Descalzas de N. S. del Carmen, en prosa y verso’.

El segundo dato, aún más significativo, es que, en su correspondencia, recomendara la lectura de un libro tan emblemático como es el Camino de perfección de Teresa de Jesús:

«Si los Sacerdotes de nuestra Religión supieran cuánto importa trabajar por amor de Dios, no estarían ni un instante de tiempo ociosos. Y si el tiempo que no pudieran emplear en ayuda a los niños conforme ordena nuestro Instituto, lo emplearan en leer el «Camino de perfección» de Sta. Teresa, verían cómo se inflamaría su corazón, pues las palabras de dicha santa tienen una gran eficacia para quien la lee con devoción» (Carta de José de Calasanz al P. Peri, Savona, 2860-1638).

Nos consta que este amor por la Madre Teresa expresado por José de Calasanz se mantiene vivo en la familia que él fundó, hasta el día de hoy.


 

[1]SÁNTHA, G. «S. José de Calasanz y su amistad con los Padres Carmelitas Descalzos», en Revista Calasancia, 2 (1955) 183-184.

[2] Cf. FERNÁNDEZ DE MENDIOLA, Domingo, El Carmelo Teresiano en la historia. Tercera parte, Roma: IHT, Teresianum, 2011, p. 45 y ss.

[3]Liber de pia educatione sive cultura pueritiae compendio scriptus per R.P. Joannem a Jesu Maria, carmelitanum descalceatum calagurritanum, Congregationes Generalis S. Eliae Praepositum Generalem. Roma, apud Jacobum Mascardum. MDCXIII.

[4]VILÁ PALÁ, C., Fuentes inmediatas de la pedagogía calasancia. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1960, p. 72.

[5]Cf. GINER GUERRI, Severino, San José de Calasanz, maestro y fundador, BAC, 1992, p. 370

[6] GRACIÁN, Jerónimo, «La peregrinación de Anastasio» en Obras del P. Jerónimo Gracián, BMC, Tomo III, 1933, p. 206.

[7] BERRO, Vicente, Annotazioni della Fondatione della Congregatione e  Religione delle Scuole Pie, 1663, tomo I, p.66-67.

[8]Cf. GINER GUERRI, Op.Cit.,p. 347.

[9] El relato es de Armini, en su “Vita” del santo, texto citado por GINER GUERRI, Op. Cit., p.783.

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