Estímulo a la emulación

Pedro Paricio Aucejo

La tradición espiritual muestra que quien –animado por la fuerza de la fe– orienta íntegramente su existencia en torno a la voluntad divina manifiesta la primacía de Dios por encima de cualquier otra realidad y, como consecuencia de su entrega, recibe la plenitud de la Vida. Sin embargo, esta evidencia histórica es entendida con dificultad por quienes no la comparten e incluso por aquellos que, aun participando de ella, no la ejercen con el mismo grado de radicalidad. En este último caso, para acceder a tan singular experiencia, se precisa la estimulación de dicho colectivo mediante el recurso de la imitación de un prototipo ejemplar que aliente a su ineludible seguimiento. Este refuerzo actitudinal es el que fray Domingo Báñez (1528-1604) pretendió conseguir en el ambiente de su época cuando, refiriéndose a Santa Teresa de Jesús, expresó: ‘¡Ojalá que muchos la imitasen! ¡Cuánta alabanza mereciera Ávila y todos nuestros reinos y toda la Iglesia, si fuéramos en pos de esta valerosa virgen!’¹.

El hecho sucedió unos días después de que el 24 de agosto de 1562 la religiosa castellana fundara el monasterio de San José con cuatro novicias, que vivían allí en pobreza absoluta y rigiéndose por la Regla primitiva del Carmelo. Por ese motivo, aun poseyendo Breve del Pontífice y permiso del Obispo, el corregidor de la ciudad de Ávila convocó una junta para ver qué se hacía con el convento. El concejo municipal, con el corregidor a la cabeza, determinó que aquel había de deshacerse, si bien lo intentó, pero no lo ejecutó. Al día siguiente, volviendo a convocar al concejo y buscando un consenso más firme, amplio y prestigioso, el corregidor llamó al clero secular y regular. Báñez fue uno de los dos letrados representantes de los dominicos.

Este hijo de Santo Domingo, que no conocía la casa fundada ni a la fundadora, detectó la presencia del Espíritu de Dios en aquel monasterio acosado por las autoridades y el municipio, de modo que se atrevió a oponerse –él solo– al corregidor y a quienes asentían a la autoridad o callaban por diversos motivos. Fue el único de la asamblea que, por ser un bien para todos, defendió la gesta teresiana de recuperar la esencia del antiguo Carmelo: recogimiento, austeridad, oración y contemplación de Dios, y todo ello realizado para la gloria de Este y la edificación del pueblo cristiano. Pronunciando entonces aquella frase (‘¡Ojalá que muchos la imitasen!’…), sostuvo que –por ser una acción buena, digna y en toda regla– no había que deshacer el monasterio, sino apoyarlo y caminar en pos de la monja reformadora, imitando su conducta.

Desde esta intervención, Báñez quedó atrapado por Teresa de Ahumada, estando siempre a su lado y sintiendo la reforma como algo suyo. En veinte años de trato, pudo comprobar que buen número de creyentes marcharon tras la valerosa virgen, lográndose la fundación de diecisiete monasterios de monjas y quince de frailes. Por su parte, la Santa supo apreciar la defensa realizada por el joven dominico respecto de su convento y de la reforma, hasta el punto de sentir a Báñez como uno de los suyos y ayuda preciosa para ella y su obra.

No obstante, dentro de la Orden de Predicadores, no fue este el único fraile que apoyó la reforma de la descalza universal. También los padres Barrón, Cuevas, Chaves, Fernández, Ibáñez y Medina –junto con Báñez, dominicos del convento de San Esteban de Salamanca y quienes más la trataron en confesión y dirección espiritual– la secundaron. Además de sabios, estos dominicos fueron piadosos religiosos embebidos en la oración, el estudio, la predicación, las observancias regulares y la pobreza. Coincidieron con la mística abulense en la fe inquebrantable en la reforma, como necesidad para recuperar el ideal primigenio de las órdenes religiosas.

Todos ellos fueron excelentes teólogos de la universidad salmantina y de los conventos de estudios dominicanos, que supieron comprender, asesorar y respaldar a Teresa en su vida de contemplación, oración y en su tarea reformadora. Sin embargo –como señala Sastre Varas²–, aunque lo más frecuente es hablar de la influencia de estos dominicos en la Doctora de la Iglesia, hay que reconocer también  la influencia espiritual, santificadora y de conversión de esta en los hijos de Santo Domingo, especialmente en Báñez, en quien más impronta dejó tanto en su piedad, devoción y vida como en su teología tomista, hasta empaparla de la mística teresiana.

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¹ Cf. SASTRE VARAS, Lázaro, ‘¡Ojalá que muchos la imitasen! Teresa de Jesús y los dominicos’ , en SANCHO FERMÍN, F. J., CUARTAS LONDOÑO, R. y NAWOJOWSKI, J. (DIR.), Teresa de Jesús: Patrimonio de la Humanidad [Actas del Congreso Mundial Teresiano en el V Centenario de su nacimiento (1515-2015), celebrado en CITeS-Universidad de la Mística de Ávila, del 21 al 27 de septiembre de 2015], Burgos, Grupo Editorial Fonte-Monte Carmelo-Universidad de la Mística, 2016, vol. 2, pp. 185-207.

²Op. cit., pág. 200.


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