De santos encapotados y religiosos melancólicos

teresa sonríeDe Teresa de Jesús es proverbial su sentido del humor. De hecho, su enfermera Ana de S. Bartolomé, cuenta de ella: «No era amiga de gentes tristes, ni lo era ella, ni quería que los que iban en su compañía lo fuesen. Decía: Dios me libre de santos encapotados»

En 1582, Jerónimo Gracián redactó una obrita titulada El Cerro: tratado de la melancolía en clave de humor. Es una sátira contra los religiosos melancólicos o falsamente observantes. Teresa de Jesús escribe en una ocasión a Gracián: «Harto más valdría no fundar que llevar melancólicas que estraguen la casa». De hecho, algunos autores sostienen la hipótesis de que esta sea una obra escrita con la colaboración de Teresa de Jesús:

Las reminiscencias teresianas son tan abundantes y fieles que no es difícil ver en ellas, además del fruto de la buena memoria del P. Jerónimo Gracián, la presencia de la misma Madre Teresa de Jesús, que comenta, corrige y completa sonriendo las ocurrencias de su discípulo, quizás en el locutorio improvisado de una casa de Burgos (Ildefonso Moriones).

Estas Constituciones cumplen una doble función: advertir del peligro de la melancolía, dando recreación a los sanos, y ofrecer un remedio para quienes la padecen, si obran lo contrario de lo que se recomienda. Así se indica al comienzo:

Van en estilo de constituciones, mandándose todo al contrario de lo que conviene, para que juntamente sirva a la recreación de los hermanos y al examen de la conciencia

 El término “cerro” lo encontramos en el epistolario teresiano, en el sentido de desabrimiento, melancolía y pesimismo. Podría tratarse de una palabra del léxico familiar cifrado entre Teresa y Gracián: «aquella carta que me escribió llena de cerro y melancolía […]. Si con tan buena vida tiene ese cerro, ¿qué hubiera hecho con la que ha tenido fray Juan?» (carta a Jerónimo Gracián, de fines de agosto 1578).

Los temas que se tratan son los propios de la vida de los religiosos de ambos sexos, ya que la obra está dirigida por igual a las dos ramas de la Orden.

Puede leerse la obra completa en este enlace. Recogemos, a continuación, algunos fragmentos de cada uno de los apartados, a modo de ejemplo, actualizando la ortografía:

I. La obediencia

Sean amicísimos por extremo de no dar al prelado ni a otro cuenta de su interior, ni comunicar sus pensamientos, dejándolos pudrir dentro de su pecho (…) Ordenamos que si alguna vez el prelado le mortificare o reprehendiere, o diere algún disgusto, se aflijan demasiado y se pongan un capote, un ceño y un embotijamiento muy notable, para que el perlado se desconsuele y los demás hermanos se sientan y escandalicen. Y luego les dé dolor de cabeza o otras enfermedades, de que anden siempre quejándose.

II.  De la castidad y clausura

Sean en todo y sobre todo los nuestros súbditos tan castos, que si acaso vieren que cualquiera alza tantico los ojos o hace algún cumplimiento necesario con algún seglar, piensen que ya está perdido todo, juzgando siempre las cosas a mal fin; y así lo digan, gruñan y murmuren (…) Añadieron los Padres capitulares, que en todas las maneras se guardase en los pensamientos deshonestos un gran cerro, pensando que todos son consentidos, juzgándolo a pecado y afligiéndose demasiadamente. Y como el alma no puede impedir que no le vengan, pierdan la oración y el espíritu y dejen postrar la virtud, para que lo que antes no era pecado, sino guerra, se venga después a hacer pecado.

 III. De la pobreza

Tenga el corazón asido a niñerías, como un cordoncillo, o una crucetica, o una estampa, o disciplina, o cosas semejantes, y si se lo quitaren, reciban notable disgusto. Y mandámosles que si les reprehendieren por ello, declaren que no es imperfección aficionarse a una imagen, porque les mueve su espíritu, o a un rosario bendito o cuentas de perdones; y que la traigan escondida donde no la vea el prelado, por amor de la nuestra adversaria la mortificación.

 IV.  Acerca del oficio divino y de lo spiritual

Estatuimos y expresamente mandamos, que todas las veces que nuestros súbditos fueren a la oración mental, el fin para que se muevan sea para alcanzar gustos y regalos, y para que los hermanos los tengan por espirituales. Y en entrando en la oración, procuren con grande instancia, cerrando los ojos y apretando los dientes, hacer fuer cabeza para sacar lágrimas. Y no tengan paciencia en la consideración de lo que meditan, si se vieren con sequedad. Y si luego en llegando no les diere Dios gustos, por cuyo fin se movieron a ir a la oración, se inquieten y aflijan, comenzándose a entristecer y muden el pensamiento en cosas de sus tierras.

V. Acerca del ayuno, comida y penitencia

Siempre las comidas sean contrarias a la salud: en verano berzas mal cocidas y en invierno ensaladas, aceitunas zapateras; y beban mucha agua porque anden siempre encharcados. Coman siempre mucho vinagre en tiempo que les haga daño. Y finalmente, la olla siempre venga desabrida, sin sal y sin especias, para que la comida se aborrezca. (…) Los despenseros y provisoras sean de gran cerro, apocados, duros y desgraciados, y no les puedan sacar especias para la olla; y den las tajadas de queso trasparentes.

 VI.  Acerca del capítulo, visita, confesión y comunión

Primeramente, ordenamos que en cada uno de nuestros conventos haya uno de los más aventajados de nuestros súbditos, que sea la hiel del convento; el cual, so color de celo de aquella casa, de cualquiera cosa que vea, por pequeña que sea, se escandalice, y murmuren, y exageren en la visita, de suerte que fácilmente hagan desatinar al visitador o perlado que hace el capítulo. (…) Nuestros súbditos y súbditas tengan un ingenio muy vivo y agudo para ver las faltas e imperfecciones ajenas, que no se les escape cosa. Y nunca acaben de entender las suyas ni caigan en ellas, aunque sean viga de lagar. Y siempre que se las advirtieren, piensen que es por reñir y por mala voluntad que les tienen.

 VII.  Acerca del trabajo de manos y exterior

Primeramente, ordenamos que anden siempre atareadas, sin resollar un punto en el espíritu, y con una codicia y eficacia en el mismo trabajo, que se cansen demasiadamente, para que de ninguna manera puedan tener oración, ni ejercitar ejercicio espiritual, por fácil que sea.

 VIII.  Acerca del silencio y recreaciones

Instituimos y ordenamos primeramente y, si necesario fuere, expresamente mandamos, que todos nuestros súbditos sean enemicísimos de recreación. Y si les dieren licencia los perlados para hablar con sus hermanos para consolarlos, no lo quieran hacer, pensando que son palabras ociosas. O, ya que hablen, sea todo cuentos de siglo.

IX. De la humildad y paz

Cuando los nuestros súbditos fueren perlados, quieran con tanta instancia hacer perfectos a los que gobiernan, que si en cuatro horas les vieren con imperfecciones, se aflijan y congojen mucho y los desanimen, reprendiéndoles sin paciencia, pareciéndoles que, siendo sus súbditos, no han de ser imperfectos (…) Si en una casa hubiere dos o tres de los nuestros súbditos, se amen tanto y tengan tanta paz, que se junten a murmurar, juzgar y quejarse y hacer bandos y coligaciones y corrillos contra los demás.

 X.   De lo que cada uno y una de nuestros súbditos está obligado a hacer en sus oficios

El oficio del prior es: afligir mucho a los súbditos y decilles palabras que les escuezan y descomedidas; nunca mostrarles buen rostro; mostrar más amor a unos que a otros; andar siempre afligido y turbado y mostrallo a los súbditos; no compadecerse dellos, enfermos y flacos.

 

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